domingo, 29 de agosto de 2010

LETAL




"De la horca a la silla eléctrica y de ahí a la inyección letal: ¿cuánto más van a disfrazarlo? Y cuanto más lo disfrazan, más feo es..." Palabras pronunciadas en noviembre de 1997 por Scott Blystone, condenado a muerte en Pensilvania, Estados Unidos.

Era un asesino, un delincuente de alta peligrosidad, a muchas familias dejó enlutadas por la tragedia, para la sociedad no tendría jamás perdón ni para nadie, no sabía si tampoco para Dios; no podía haber misericordia para él, era un monstruo de esos en serie, violador, sádico; todos los vicios los había probado, todo el mal inimaginable anidaba dentro de ese cuerpo, de esa mente; ahora enjaulado como un ave carroñera; después de un juicio justo, ahora esperaba su sentencia de muerte en una cárcel de alta seguridad; la inyección letal acabaría con su vida, ese sería su fin; estaba consciente de todos sus crímenes, no tenía miedo a la muerte, únicamente deseaba que todo terminara rápido, que se no aplazara más ese momento. Ese era el sufrimiento peor, la agonía de la espera, pensar que hoy respiraba, que podía fumar, comer, caminar en su celda, hoy era, mañana ya no existiría, se podriría su cuerpo en un nicho cualquiera; ya no había regreso para redención, ni para arrepentimientos. Mató porque sí, porque desde muy joven ya había vendido su alma al diablo. No había excusas, posiblemente, recordaba instantes de su infancia, de su adolescencia, abusado por su padrastro, a los quince años cometió su primera fechoría, de allí pasó a un internado de menores y nunca más pararía su precipitada carrera hacia el crimen.

Eran las doce de la noche, no quería dormir para poder aprovechar hasta el último minuto; ya no vería el sol, su celda estaba en la parte más interna del penal, una muralla de barrotes sería la última visión que tendría hasta la hora señalada. Hubiera querido pedir como último deseo ver el cielo estrellado, respirar el aire puro de la noche, hubiera querido pedir una última noche con una mujer, satisfacer su deseo de hombre, de animal en celo. Pensaba en las víctimas que mató, como las gozó, no pensó en el dolor de esos padres, no tenía conciencia. No se le tenía permitido hablar con nadie, los guardias eran sus interlocutores; sabía que en su último camino a la eternidad vendría un sacerdote a darle la extremaunción. No quiso saber como sería la ejecución, sabía que tenía que morir, nada más. Faltaba un día para despedirse de este mundo. Allí en esa sala lo esperaba la camilla donde cerraría los ojos por última vez. ¿Cómo sería morir? ¿Qué lo esperaría del otro lado? Quizá el infierno, la oscuridad, quizá lo esperaban sus víctimas, quizá no habría nada. Recordó esa parte del Evangelio donde Jesús había perdonado a uno de los ladrones que murieron a su lado. Ni siquiera conocía mucho a ese Jesús, tenía el recuerdo de su abuela evangélica que lo llevaba al templo para oír la palabra de Dios. Quizá estaría su abuela esperándolo, eso le dio algo de consuelo.

Al día siguiente le llevaron el desayuno, le dijeron que se fuera preparando, que estaban disponiendo todo para la ejecución. Sus ojos no expresaban nada, eran dos témpanos de hielo de donde no brotaba ni una sola lágrima. No conocía el perdón, ni la misericordia, no quedaba mucho de humano ya en él. El odio era el único sentimiento que vivía dentro de su pecho, odio a todos los que lo odiaban, odio hacia esa vida que le tocó en suerte, odio hacia sí mismo por ser lo que era. Más tarde llegó el sacerdote para que pudiera hacer su confesión, para recibir la ayuda espiritual a la que tiene derecho todo ser humano; era un hombre bastante joven, el capellán de la prisión que cumplía siempre con esa misión, preparar a los condenados para su hora última. El religioso quedó a solas con él, no parecía tenerle miedo, su mirada era compasiva, le tomó las manos y le habló largamente sobre Dios, sobre la vida eterna que nos esperaría a todos los mortales. Lo alentó para que no tuviera miedo, que aunque la ley de los hombres lo había condenado a morir, había un Dios que perdonaba, que deseaba la salvación de todos los hombres. El condenado recibió los últimos sacramentos, ya había pagado su última deuda con la vida. El reloj seguía avanzando, los brazos de la muerte como un pulpo, lo aguardaban en la sala de vidrio para ahogarlo hasta expirar; allí delante de muchas personas diría adiós, su pulso se detendría en pocos instantes.

Despuntó el alba, sus ojos todavía permanecían abiertos, tratando de conservar los colores, los olores, pero para nada querría llevarse el recuerdo de esa celda fría, inmunda, ni de la gente que lo detestaba, quería retener los días de su libertad, no le quedaba nada para llevarse, descansaría finalmente de ese mundo podrido y el mundo descansaría de él, del monstruo que en pocos minutos entregaría su alma a la muerte.

También se encontraba el sacerdote, sintió bastante tranquilidad cuando lo vio, de todas las personas, era el único que lo veía como a un ser humano; le pusieron la primera inyección, el silencio se podía cortar con el aire, pronto terminaría el circo de su condena, en pocos segundos mandaría a la mierda a los que deseaban despacharlo. La ley de los hombres se había cumplido; la ley de Dios era la que daría su fallo final, en la eternidad habría un solo Juez para todos por igual; cualquier cosa sería mejor que esta porquería de mundo donde no hubo oportunidades y ni una pizca de humanidad. Sabía que no tenía justificación alguna, sabía que era lo que se merecía. Al instante comenzó a sentir asfixia, no podía moverse, solo podía ver el techo, las luces le lastimaban sus pupilas, un dolor extremo fue invadiéndolo, el veneno corroía, quemaba cada uno de sus órganos. Alguien lo agarraba fuertemente de la mano, era una mano cálida, amorosa, consoladora, fue lo último que sintió, sabía de quién era, de quien lo había perdonado sin juzgarlo; era lo mejor que se llevaba de este mundo, una caricia piadosa y humana; inmediatamente le pusieron la segunda inyección, después no sintió nada más, quedó muerto; sus ojos quedaron abiertos, apagados, mirando el vacío; el clérigo hizo la señal de la cruz en la frente del difunto, rogando por su alma; inmediatamente entraron unos empleados de la funeraria, retiraron el cuerpo de la camilla y se lo llevaron. Afuera la gente festejaba, reía, en el pueblo quedaba una basura menos.

La sala quedó vacía, a la espera de una próxima ejecución. Detrás de la puerta en el fondo del bote de basura, como mudo testigo y verdugo del asesino, quedó la inyectadora vacía, sin el líquido letal.

EL EXTRAÑO





Para qué voy a contar los años que la vida te llevó de mí; las horas se detuvieron en mi corazón aquel día de octubre, quizá fui envejeciendo, mi piel arrugándose, mis sienes poniéndose más blancas, pero aquí adentro, el tiempo no marchitó ese sentimiento que nada valió para ti.

Solo recuerdo el día que te conocí, quedaste estático en mis pupilas, con tu semblante serio, tus ojos relampagueantes, y a partir de allí mi amor te fue idealizando, te fue haciendo inmenso. De ti me quedó el sabor de los más dulces besos, esa entrega apasionada de tu cuerpo, las caricias más dulces de tus manos fuertes. Y pasó tan rápido el tiempo, que cuando me di cuenta, me anunciaste tu partida, te ibas, así nomás, sin importar lo que dejabas atrás. No quise demostrarte mi dolor, porque hubiera sido en vano, nada te detendría.

Después que te fuiste, quedé sumida en un silencio total, me sentía muerta en vida; me lo habías dado todo y me lo habías quitado todo. Te amé, te odié, rompí tus fotos para no seguir desangrando mi alma, te arranqué a jirones de mi corazón, a pesar de que algo de ti jamás quiso irse de mí. ¿Por qué? No sé, nunca encontré respuestas para ese absurdo final.


¡Cómo hubiera querido retener otro poco tu mirada! ¡Cómo hubiera querido guardar algo que me quedara de ti! Al menos la seguridad de haberme sentido amada. Pero ni siquiera eso me dejaste. Me quedó únicamente el sabor de las lágrimas que me tragué en silencio. Un adiós y luego la nada…

Siguió la vida también sin detenerse, sin piedad tejió su manto de olvido sobre nuestras almas. Así, pasaste a ser otro capítulo del pasado. Hubo amores, sí, pero nunca como el tuyo. Amores que se convirtieron dolorosamente en fracaso, pero siempre en un costado de mi vida, callado, imperturbable, se mantuvo tu historia que escribe mi nostalgia de a ratos. Tú me borraste, lo sé, así como quien borra en un papel una nota mal escrita. Quizá me olvidaste más rápido de lo que pensé. Fui la palabra mal escrita de tu vida, el error que no debí ser. Mas no te culpo, fuimos títeres del destino que tuvieron la ventura o la desgracia de encontrarse.

Preguntarme como serás ahora sería absurdo. Te imagino con tu pelo gris, tus ojos quizá, sin ese brillo de tus treinta años; un poco más gordo tal vez. Si volviera cruzarme en tu camino, de ninguna forma te reconocería, serías para mí un extraño y yo para ti una fulana desconocida. Eso es lo que hicieron los años de nosotros, dos soberanos extraños, como si nunca nos hubiéramos encontrado; pareciera que la vida sí quiso continuar para ti, hacia otro continente te llevaste tu equipaje de sueños, para construir una nueva vida y el pasado se quedó aquí, en este pueblo, donde nunca cambia nada, donde no existen ilusiones, ni vuelos que me lleven a empezar otra vida, aquí quedé perdida, en un túnel de recuerdos.

Seguirás siendo un extraño, un rostro perdido entre la niebla de los años, que a veces el sueño regresará para rendirte memoria. Un forastero fuiste que llegó un día a adueñarse de cinco meses de mi vida y como un gitano ladrón te llevaste la llave de mi corazón, embrujado como en una maldición. Como una maldición, sí, pues, a pesar de los años, del tiempo que corre marchitándome, nada me deja olvidarte, siguen clavado tus ojos aquí dentro, tan dentro del alma, para que mi recuerdo nunca pueda decirte adiós…

HISTORIA DE AMOR DE LA TERCERA EDAD



Esta es una historia que pasará inadvertida, una historia de tantas en que el amor llegó tarde, pero con las mismas esperanzas e ilusiones para quienes ya no lo esperan. Una historia de amor de la tercera edad, porque ellos también tienen derecho a amar, igual nosotros, algún día podríamos volver a sentirnos con derecho a volver a amar. Nunca es tarde, porque el corazón no tiene edad.

Ella, María Isabel Sánchez, viuda, setenta años, dos hijos y cinco nietos, ama de casa. El, Gerardo Bonard, viudo también, ochenta años, jubilado, una hija, un nieto, y un poco poeta. Dos seres solitarios, para quienes la vida ya no tenía mucho que ofrecerles; solo les quedaba el cariño de sus hijos, de sus nietos y un baúl lleno de recuerdos en su armario. Dos personas de la tercera edad que no tenían tanta importancia para el mundo, solo para sus nostalgias del ayer, para esa juventud que se fue y que únicamente les quedaba recordarlas.

Todos los días iban a la misma plaza, y se sentaban en un doble banco, ella de un lado y él del otro; desde hacía mucho tiempo seguían esa rutina; él todo un caballero cuando llegaba, se sacaba su gorra, la saludaba cortésmente inclinando un poco su cabeza y se sentaba a leer su libro o el periódico. Ella llegaba siempre a la misma hora, a las cuatro de la tarde con su perrito Tintin, contestaba al saludo de su compañero de banco y se sentaba a darle de comer a las palomitas y a respirar el aire puro, el aroma de las flores. Así transcurría la hora, sin hablarse, sin mirarse; luego al caer la tarde ella regresaba, se volvían a saludar gestualmente, sin saber cada uno su nombre y despedían otro atardecer de sus vidas.

Hasta que una tarde, la rutina cambió, María Isabel llegó al parque y tropezó sin querer con un brusco movimiento que hizo el perrito; don Gerardo se levantó para ayudarla y así iniciaron una conversación. Se presentaron, comenzaron a hablar de sus familias, hablaban del tiempo, del presente, del pasado que no compartieron, del futuro que les quedaba por vivir. Su amistad se fue estrechando, la cita en el parque se iba volviendo casi necesaria para cada uno, allí en ese parque, encontraron un motivo para no estar solos, para sentir un afecto que ninguno de los dos se daba cuenta iba naciendo.

Cierta vez Don Gerardo galantemente ofreció una rosa para María diciéndole “una rosa para una dama, que rápidamente se marchitará ante su belleza”; - ¡Ay Don Gerardo, usted sí es loco! – las mejillas de la dama eran como brasas encendidas. –“ Le ruego que me vea más como un poeta que como un loco” – respondió, evocando la frase de un antiguo poeta.

O se sentaban juntos a darle de comer a las aves, una intimidad estaba creciendo a paso lento entre los dos ancianos, con el correr de las tardes, cuando se despedían había cierta melancolía en sus ojos, deseando encontrarse nuevamente. O caminaban por el parque en compañía del perrito; algunas veces el casi poeta le recitaba poesías de Bécquer.

No se hizo esperar mucho tiempo la propuesta de Don Gerardo, cuando una tarde fría que presagiaba el venidero otoño. – Querida mía, cuánto tiempo llevamos paseando por este parque, mi memoria no me ayuda mucho, presiento conocerla de toda la vida, es usted la mujer más hermosa que he conocido, y después de mi difunta esposa no había vuelto a sentir algo como lo que siente mi corazón.

- Don Gerardo , es usted tan caballero, tan galante, realmente aprecio sus palabras, no creo ser merecedora de tanto aprecio.

Tomando su mano el anciano la besó delicadamente, - Es usted merecedora y mucho más, por eso quisiera preguntarle si no es una ofensa para usted. María, mi bella dama, ¿quisiera ser mi esposa?

Ella sintió latir su corazón muy aprisa, ¡cuánto hacía que no escuchaba unas palabras de amor!, ¡cuánto hacía que ya había olvidado las ilusiones de un sentimiento, la caricia de una mano sobre la suya, un beso dulce y delicado! Una tristeza la invadió, todo eso parecía un sueño, pero la realidad de sus vidas la devolvió al presente; eran dos “jóvenes” de la tercera edad, que habían encontrado una vieja ilusión al costado del camino de un parque centenario casi como ellos.

- Don Gerardo, le agradezco, pero no podría, ya estamos muy viejos, ¿qué dirían nuestros hijos, nuestros nietos? Se reirían de nosotros, o les parecería una locura. No, Don Gerardo, es imposible poder soñar con una relación a estas alturas. Nos encontramos demasiado tarde.

- Querida mía, adorada mía, nunca diga eso; además piense por otro lado. Sus hijos, sus nietos tienen su vida hecha; acaso ellos van a consultarle a Usted cuando toman alguna decisión, cuando quieren casarse por ejemplo? Sí, tal vez tenga razón, ya estamos viejos, y por lo mismo, significamos muy poco ahora en la vida de nuestros hijos, poco a poco nos irán dejando de lado, y algún día seremos una molestia, llegará la hora en que decidirán ponernos en un asilo; pero aún a Usted y a mí nos queda un camino, corto o largo no lo sé, que podríamos terminarlo de recorrerlo juntos. No me dé su respuesta ahora. Piénselo. Yo la esperaré, lo que sea necesario.

- Perdóneme – los ojos de María se nublaron de tristeza, se levantó y se fue caminando rapidito sin voltear su rostro para que no la viera llorar – El anciano quedó sumido en una profunda melancolía.

Así pasaron varios días, Don Gerardo iba al parque todas las tardes, con la esperanza de encontrar a su María que no había regresado más. Se sintió tan solo y lamentaba que esa amistad se hubiera quebrado por su propuesta, quizá no debió hablarle de su deseo de compartir su vida con ella. Ahora quizá ella no volvería a hablarle. Se preguntó si no había cometido una estupidez.

Todo el otoño pasó, todo el invierno, el parque quedó solitario, cubierto de escarcha, de nieve, sin el canto de sus pájaros, sin el aroma de sus flores, todo se fue cubriendo de blancas ausencias, que duraría hasta que volviera otra primavera…

Los primeros brotes comenzaron a nacer, los árboles brotaron nuevamente de hojas verdes, en el parque renacía otra vez la floreciente primavera. Los niños llegaban con sus bicicletas, con sus patinetas, las parejas de enamorados a revivir el amor, había llegado la estación del amor, de la alegría, esa estación que nunca desea morir en el corazón de los que aman.

Y con ella volvió el dueño del mismo banco, que quedó desamparado, que seguía esperándolo, Don Gerardo, el anciano con corazón de poeta, que aún esperaba… ese día al llegar, la vio desde lejos, allí como si nunca se hubiese ido, estaba su antigua compañera; como si la hubiera visto el día de ayer, allí estaba sentada en el banco, ese banco gris, que les pertenecía, debajo del frondoso árbol, jugando con el travieso Tintin y dándole también miguitas a las palomitas; entonces su corazón volvió a la vida, volvió a latir, porque allí estaba la dueña de su corazón. Cuando llegó María le extendió su mano que él besó suavemente; no hubo necesidad de decirse nada, en una mirada se lo dijeron todo; en los ojos de su compañera leyó la respuesta que tanto había soñado. Más tarde se alejaron de allí tomados de la mano, por un sendero que bordeaba el lago, por un camino que los llevaría unidos un resto de vida o una eternidad…

DIARIO DE UNA CONDENADA



02-Marzo

Hace poco que lo sé, pero lo supe antes que ellos, hace tiempo, pero yo no quería saberlo, para evitar lo inevitable; esto que me niego a decirle al diario… que me estoy muriendo… que en poco tiempo todo se acabará. Un año como máximo. Hace una semana que me lo dijeron así, sin anestesia, sin compasión. Hace una semana que el reloj se paró en mis sueños, en mis esperanzas, en el aire que anhelo respirar, horas de un tiempo que ya ha sido restado a mi vida, porque sé que no tengo regreso.

Dentro de este cuarto me está esperando mi cama como siempre, con mis libros, mis peluches, mis cd, todo estará igual hasta que me vaya, esta cama que será mi sepulcro en vida, y yo contando las horas que me esperarán, el sufrimiento que ya ha nacido para matar hasta la última de mis células; que comerá mi piel y mis huesos. Poco a poco irá haciendo mella en mi carne.

Todas esas pastillas, esas drogas que empezaron a enchufarme serán mi desayuno, mi almuerzo y mi cena, ¿y de qué valdrán? De qué servirán si el fin llegará después de todo. Lo que no sé es cómo irá a hacer lo que me espera. Solo sé que a partir de ahora seremos este cuarto y yo, para conocernos, para contarnos secretos, para escribir lo que sienta en el momento. Decidí hacerlo porque alguien lo encontrará y sabrá lo que sentí desde el primer día.
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05-Mayo

Mamá y Nachi me invitaron a dar una vuelta. Como si nada ocurriera, ninguna se atreve a hablarme del tema, será que tienen miedo de enfrentar la muerte, o disimulan, sin mirarme a la cara, porque al fin yo soy la muerte con cara de mujer, con cara de pendejita, aunque todavía estoy entera, los cambios comenzarán a suceder paulatinamente. Yo también trato de disimular, para no verlas sufrir, para no verlas llorar. No quiero que lloren, no quiero llorar. Tengo diecinueve años y una rabia por dentro que no me deja gritar. No quiero nada, ni risas, ni lágrimas, ni caras hipócritas que me quieren convencer con sus ojos de piedad de que todo va a estar bien. ¡Estúpidos! Prefieren venderme su mentira para hacerme sentir mejor. Mis dos únicas amigas vienen una vez por semana para distraerme, son mis compañeras de la Universidad. ¡Y pensar que yo soñaba estudiar medicina! Parece una burla, una estafa de la vida, de Dios para conmigo, nunca nadie podrá contestarme por qué tuve que ser yo. Qué tuve yo de especial, de original, salir premiada con el billete gordo para unas vacaciones a la Eternidad. Pensarán que voy a sentirme destruida, que estaré hecha un mar de lágrimas, al contrario, me cagaré de risa de todos, y de todo.

Odio sí esa cama que me espera para tragarme entre las sábanas, ella estaba predestinada, conocía esta hora infausta, y ahí me está abriendo sus tentáculos para que cuando pronto caiga débil, no me dejará irme más; irá tomando olor a ataúd, ese olor asqueroso a podredumbre; no dejo desde ahora que me apaguen la luz, ya bastante oscuridad habrá después cuando me cierren los ojos. Quiero luz, mucha luz, la televisión prendida todo el tiempo; dormirme con ruido, con voces, con música. No quiero cerrar los ojos, quiero mantenerlos bien abiertos, ¿eso será miedo, pánico o terror? No, simplemente son ganas de aferrarme mucho a esta vida, a esta puta vida que me traicionó, que me está haciendo a un lado. Pero aún no estoy vencida, así sea puteando seguiré luchando, pataleando, en este lecho sin timón, en este viaje sin puerto, sin llegada, sin regreso.
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18-Septiembre

Estoy aquí todavía, dándole la bienvenida a los dolores, a los vómitos, a mis huesos que parecieran clavarse en mi piel; mi pelo se está cayendo a mechones, (me puse un gorrito que me tejió abuela); recién han comenzado las sesiones de quimioterapia; no puedo explicar lo que me causan, son como la antesala de la muerte. No voy a escribir de eso, ese tratamiento es otra enfermedad que me va matando lenta, lentamente…

Esa palabra no puedo separarla de mi boca, y sin embargo todavía no he podido gritar que quiero vivir, salir, irme a bailar, a bañarme a la piscina, a ver con películas con Beto, a reírme de esta porquería que me consume el cuerpo, quiero vivir, vivir, ¡¡¡¡Vivir!!!! No voy a hablar con Dios ni de Dios, ya hablaré después... cuando llegue el momento. Beto me dejó. No culpo su cobardía. Quien querría quedarse aguantando un cadáver viviente. No pudo seguir aguantando ver mi aspecto que se va demacrando. ¡La puta que lo parió! a esta cochina vida, a la gente, al amor, a todo lo que pude ser y no podré. A este destino, a ese maldito día que me convertí en una condenada, sin derecho a reclamar unos días, unos meses, un año más. Que alguien me diga como puede uno conformarse, de dónde se pueden sacar fuerzas para seguir. Lágrimas no hay, nunca lloraré, no le daré ese placer a quien me vea aquí, postrada, pelada, piel y huesos donde late todavía el corazón, mi corazón que es un verdadero luchador. (Beto, mi amor, te extraño, quiero amarte, que me ames, que me resucites con las caricias, que me hagas el amor, que me excites mucho, así sabré que todavía estoy viva…)
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25-Noviembre

Nachi se acostó al lado mío; me leyó unas poesías francesas, sabe que me gustan, que adoro la poesía de Verlaine, las de otros poetas también, le pedí que me leyera “Nevermore”,
"¡Ah, qué perfumadas son las flores
y qué sonido, qué murmullo encantador
el primer sí que sale de sus labios bienamados!"
Verlaine un poeta que llamaron maldito, porque se atrevió a desafiar los prejuicios, a esa sociedad imbécil de antes; después Nachi se abrazó a mí porque yo tenía frío, mi querida hermanita, te quiero con toda mi alma. Sé que no me olvidarás. Gracias por tu cuerpo dándome calor, hubiera querido robarte un poco de tu energía, pero el cansancio me va venciendo casi sin darme cuenta. Gracias por esos masajes que me das en la espalda cuando me das vuelta para que no se me hagan llagas de estar en la misma posición. Sé lo que estás haciendo por mí, que estás disimulando para hacerte la fuerte. Que estás dejando tus mejores horas para dármelas a mí. A mí que las fuerzas para luchar me van abandonando. Cuando tengo que ir al baño siento que tuviera que atravesar un desierto, no llego nunca. Cuando tengo que comer, apenas puedo abrir la boca. Mis brazos son un mapa violeta y negro, de las vías que me conectan para inyectarme una ensalada de drogas. La andadera es ahora mi fiel compañera para caminar y la silla de ruedas son mis otras piernas cuando salgo de este encierro definitivo.
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25-Diciembre

Celebraron la Nochebuena ayer, vinieron mis primas a almorzar hoy, Mamá y Nachi me vistieron, me arreglaron un poco y me pusieron una manta para llevarme con la silla hasta la sala. Estaba todo iluminado, pusieron el árbol grande con las bolitas, los muñequitos, todos los adornitos y la estrella arriba resplandeciente. Mamá preparó pavo relleno de castañas, con puré de manzanas; su comida tradicional de los Diciembre. No tenía hambre pero comí un poquito de turrón blando, y probé una copa de champagne. No sé si podía o no pero me importa un carajo. Si no podía disfrutar ese pequeño momento de alegría, de un sabor exquisito en mi paladar cuando podría ser? La verdad lo que digan los médicos a estas alturas me importa un forro. Los detesto con sus uniformes blancos, estoy cansada de verlos acercárseme con su olor a hospital, hago como que no existen para mí. Quería preguntarles si me bajaron para celebrar la última Navidad con ellas. Quizá esta pudiera ser la última noche y no se han dado cuenta de que…. bueno que caso tiene. Tal vez es mejor, que todo siga igual, que no haya despedidas, ni pañuelos, ni caras trágicas. Beto me llamó por teléfono. Lo mandé a la mierda. De verdad que este mundo es una basura, es para lo que me ha servido haber llegado a esto. Pero no me importa, lo conocí a tiempo, y tampoco intenté llorar por él.
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02-Febrero

Tuve una leve mejoría, el tratamiento parecía estar causando efecto, el cáncer estaba retrocediendo, sentí una emoción, una alegría indescriptible, creí ese día que los milagros existían; casi lloro. Eso fue hace como un mes, creí que aún era posible lo imposible. Ilusa de mí, ayer fui con mamá al hospital, ¡pobrecita mamá! Ella se está muriendo conmigo también. Las radiografías y los análisis revelaron un regreso violento de mi asesino. Metástasis. No olvidaré esa palabra. Es horrible. Asquerosa. Repugnante. Ya no doy más. Esta vez sí que no doy más. No creo en nada ni en nadie. Todo fue inútil, todo una vil mentira; yo luché, yo batallé, me obligaron a tragarme esas drogas, a someterme a esos tratamientos venenosos, y así me dejaron, con metástasis.
Si hubiera sabido no hubiera dejado que me tocaran, hubiera esperado el final ahí en mi cuarto, tranquila.
Regresé a mi cuarto desolada, vencida, acabada, sin hablar, le pedí a mamá que me ayudara a bañarme, para sacarme un poco ese sudor a inyecciones, a muerte venidera. Me sentó en la silla que me puso en la ducha, y con una esponja me acaricié todo el cuerpo, con el jabón perfumado, con el agua tibiecita. Estoy completamente pelada, así que no tengo que lavarme la cabeza, pero me la mojé igual para sentir la caricia del agua que me relaja. Estuve más de media hora, no me dan ganas de salir de la ducha, no quiero regresar a esa cama, no quiero… Quiero que mamá me ponga colonia, que me pase talco por la espalda, por este pobre cuerpo mío, que es un deshecho, parezco de esos que murieron en Auschitwz, de verdad, salvo que el “genocida” no tiene ojos azules y un bigotito ridículo; tiene un nombre científico, temible, que ha matado también millones de personas; no sé como mamá y Nachi soportan verme así. Yo me acostumbré a la fuerza, pero siempre evito los espejos. Están prohibidos en mi cuarto.
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07-Marzo

Ya se cumplió un año. Yo cumplí veinte el mes pasado. Soy una acuariana porfiada. No sé si sea característica del signo, pero yo soy así. No creo en los signos. Esa es una pavada para gente ignorante. Mamá, Nachi, la abuela y las primas me hicieron un festejo en el cuarto. Mientras escribo, lo hago con bastante dificultad, me ponen muchas almohadas en la espalda para sentarme un poquito. Esa posición acostada es una tortura. Me trajeron una torta, pusieron unos globos en la pared. Nachi puso un cd. de Gladys Knight que a mí me encanta. A mi edad debieran gustarme Ramazotti, Sting, Queen, Freddy Mercuri, pero adoro las baladas americanas de antes, mami me las heredó. Me cantaron las mañanitas, y soplé la velita (todavía puedo respirar). Unas lagrimitas de mis ojos me traicionaron, se escaparon al fin. Me abrazaron, me besaron, los ojos de la abuela empañaron sus anteojos. Yo las quiero, fueron mi tabla de salvación. Creen que no me doy cuenta, aunque ya la debilidad y el cansancio de vivir son vencedores. Aunque mi enemigo ganó la batalla, siento que hay una guerra que él no ganó. Me voy de esta vida con una gran satisfacción. Haber peleado.
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15-Marzo

Nachi y mamá me quieren......................

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martes, 13 de julio de 2010

SECRETO DE CONFESIÓN - 1ER CAPITULO - CUENTO GENERO POLICIAL



El sigilo sacramental es inviolable. El confesor que viola el secreto de confesión incurre en excomunión automática. La Iglesia Católica declara que todo sacerdote que oye confesiones está obligado a guardar un secreto absoluto sobre los pecados que sus penitentes le han confesado, bajo penas muy severas. Tampoco puede hacer uso de los conocimientos que la confesión le da sobre la vida de los penitentes.
El Código de Derecho Canónico, canon 983,1 dice: «El sigilo sacramental es inviolable; por lo cual está terminantemente prohibido al confesor descubrir al penitente, de palabra o de cualquier otro modo, y por ningún motivo».



http://www.seudexativa.org/Noticias/2005/03/SecretoConfesion.htm


15 de Mayo de 1.955


Ese día parecía ser extremadamente caluroso, hacían 38º pero se sentía el aire demasiado caliente, el verano había llegado prematuro e implacable. El pueblo tenía un aspecto desolado, el pavimento parecía derretirse con el sol refulgente. Era lunes, pero parecía que nadie tenía ganas de salir a trabajar, a cumplir sus obligaciones. Por un momento vio las calles desde el ventanal de su pequeña oficina, una soledad absoluta, ni siquiera había pasado el autobús de las 8. Le dio la impresión de encontrarse en un pueblo fantasma, de ser el único ser en el mundo. - Bueno basta de tonterías - , se dijo – a dar gracias a Dios por este nuevo y caluroso lunes y a empezar.

Se levantó con pesadez y un fuerte dolor de cabeza; tenía que programar la agenda de ese día, revisar la correspondencia la misa, la reunión con los grupos de la parroquia, la entrevista con el Obispo Carrión. Inés, su secretaria le había pedido permiso para faltar esa mañana, para solucionar un problema personal. Bueno, antes que nada, se prepararía un café bien fuerte para darse un poco de ánimo e iniciar su batalla, su lucha diaria; hacía quince años había jurado sus votos sacerdotales, había momentos que deseaba tirar la toalla, cuando los problemas se juntaban, cuando la soledad le pesaba demasiado en sus espaldas, pero en su interior llevaba esa fuerza, esa convicción que no lo dejaba caer. Su familia le había dado la espalda al principio, recordó, pero, su madre se mantuvo a su lado, siempre contó con su apoyo y desde el cielo sabía que lo seguía bendiciendo y protegiendo. El padre Gastón era un ser sensible, de un corazón muy generoso, con creces había sabido ganarse el cariño y el respeto de sus feligreses. Con el obispo habían tenido algunos roces, pero su humildad no lo dejaba perder nunca su ubicación. Siempre callaba, nunca se quedaba con la última palabra.

La cafetera empezó a chillar, fue a la cocinita, se sirvió en su tacita china el café bien caliente como le gustaba y sin azúcar. El clérigo fue hacia su escritorio abarrotado de papeles, donde lo esperaba infaltablemente su caja de cigarrillos; -ese era el único pecado que no había podido vencer, al menos por ahora- Sobres, cartas, facturas, mmmm, facturas, prefería no mirarlas por ahora, que se encargara Inés cuando volviera mañana. Tenía una hora para programar. Después lo esperaba el confesionario, la obligación ineludible de su amada vocación. El deber sagrado de todo sacerdote, perdonar los pecados para redimir las almas atormentadas y pecadoras. Por lo general se quedaba una hora, según la gente que estuviera esperándolo, pero no se levantaba de allí hasta terminar con el último que estuviera. Se sirvió otra taza de café, el cenicero ya estaba apilando las colillas. Miró hacia la calle, había un poco más de movimiento, el pueblo comenzaba a despertar. Su reloj daban las 8.45.

Antes de levantarse miraría el periódico que siempre dejaba sobre el escritorio don Paco, su fiel asistente, que hacía de portero, mayordomo, y hasta de confesor, pues no pocas veces Gastón se desahogaba con el viejo, de las penas y las adversidades que lo agotaban diariamente. Sin don Paco le faltaba como su otra mitad, así pensaba el sacerdote.

Extendió el periódico, no había nada de extraordinario, “Churchill renuncia como primer Ministro”; “se crea el pacto de Varsovia entre la Unión Soviética y la Europa del este”. Siguió pasando las hojas, noticias deportivas… comentarios económicos… lo normal…al pasar la hoja estaban las crónicas, todos los días había muertes violentas, en 1.950 y en los años que vinieran; - Dios no nos salvará nunca de este mal; la perversidad del hombre; el hombre destruyendo a sus hermanos, buscando su propia destrucción, en todas las formas posibles, guerras, asaltos, secuestros.- Uno de los artículos llamó especialmente su atención: “joven mujer es encontrada estrangulada, maniatada, amordazada, con signos de violación y tortura, en las adyacencias del parque Montserrat” – A pocas cuadras de aquí – pensó el padre. - Qué horror, Dios tenga misericordia de esas personas – No quiso leer más. Para qué. La morbosidad de la prensa amarilla lo sacaba de quicio, no tenían el menor respeto por las personas asesinadas, ni por sus familiares. Ordenó los papeles para que Inés se ocupara. Dejó adentro de la gaveta el dinero correspondiente al diezmo del domingo anterior, que poco alcanzaba para el pago de los gastos. - Nuestro Señor proveerá. Así sea.–

Fue a su habitación pequeña, sencilla, con una mesa de luz, un televisor viejo, un ropero bastante grande, y en la pared un cuadro de la Virgen del Carmen y un crucifijo muy lindo de plata, obsequio de la Arquidiócesis de Salamanca, durante la temporada en que fue llamado a trabajar en esa hermosa provincia de España. Comenzó a cambiarse, se puso su sotana, su estola y salió a comenzar la segunda parte de la jornada. La más larga a veces, pero la que mayor satisfacción le daba. Ayudar a sus hermanos, a reencontrar el camino perdido.

Don Paco ya había abierto las inmensas puertas de Santa Cecilia, la amada y vieja iglesia que todos los días hacía repicar sus campanas para llamar a sus fieles a cumplir con la más sagrada y hermosa de las obligaciones. Ir dar gracias a Dios - por lo menos así lo creía él, desde su humilde condición de sacerdote.

Ya lo esperaba su confesionario, su jaulita de madera –como la llamaba él- donde por una o dos horas estaría prisionero. Era un hombre bastante alto, 1,85 mts.; para entrar y acomodarse era todo un sacrificio para él; y mucho más en estos días de verano que sentía “cocinarse” dentro de su sotana negra y en esa caja que era como un horno. Se sentó a esperar mientras leía su misal; llegaron dos señoras, sí, Ernestina y Amalia, las conocía hace tiempo, devotas y piadosas, a descargar sus penas, sus culpas. como buenas cristianas. Después llegó Juan Luis, el pequeño diablillo de nueve años, que ya había tomado la comunión. Su madre lo enviaba todas las semanas para que Dios le perdonara sus travesuras, que eran semanales también. Así fue pasando la hora. Parecía que no vendría nadie más. Empezó a recoger para retirarse, cuando tocaron la rendija.

- Buenos días padre – Esa voz no le pareció conocida. – Ave María Purísima, buenos días hijo, ¿cuánto hace que no te confiesas?

- Perdón padre que le diga, pero nunca me he confesado.

El sacerdote no podía distinguir bien quién era. Solo escuchó su voz no muy gruesa, que no tenía mucho en particular, solo que arrastraba un poco las palabras. –¿Pero no has hecho la comunión?

- Ufff padre, supongo que no, le he dicho que no me he confesado .

- Bueno, mira, tal vez sería mejor que antes pasases por la sacristía para que hablemos un poco. Porque si como dices, no has hecho la comunión, no puedo darte la absolución.

- Mire Padre, necesito hablar, tengo un problema muy grande. Si no lo digo ahora, ya no habrá más oportunidad. (Su voz sonaba titubeante, nerviosa)

- Está bien ¿Qué problema tienes? Cómo te llamas? No sé en que pueda ayudarte.

- No padre. Sin nombres. Mejor para usted y para mí. Estos días hice algo muy malo, muy malo… Solo dispóngase a escucharme unos momentos nada más.

- Está bien. Dime, ¿que es eso tan malo que hiciste?

- Está bien. Ahí va. ¿Preparado padrecito? Maté a alguien.

Esa voz ya le estaba sonando cínica, burlona. Pero estaba clavado en ese confesionario, no podía moverse. Si don Paco pasara por allí podría tal vez verlo… - ¿Cómo lo hiciste? ¿Fue intencional? ¿Premeditado?

- Sí, muy... muy premeditado. No tuve compasión de la pobre chica. Me gustaba. La gocé bastante y después la estrangulé; no quise que ella me identificara por nada del mundo.

El padre Gastón recordó el artículo de la mañana. Será posible que ese sea el asesino del parque Montserrat? - ¡Dios! ¿En qué lío me has metido? ¿Qué voy a hacer?

El padre Gastón tragó saliva, tenía los ojos semicerrados y los entreabrió, trató inútilmente de mirar de reojo desde la rejilla del confesionario, solo podía distinguir unos ojos oscuros y brillantes que parecían atravesarlo. –Lo lamento pero no creo que pueda ayudarte. No puedo darte ninguna absolución. Como sacerdote solo puedo apelar a tu conciencia, y aconsejarte que te entregues a la policía. Tarde o temprano podrían encontrarte. Si te entregas voluntariamente el abogado podría conseguir ante el Juez que acorten tu sentencia.

- Eso es lo difícil padre, entregarme, jamás. no creo que pueda arrepentirme, siento que lo volveré a hacer. Es como una necesidad, como si mi sangre me lo pidiera.

- ¿Y a qué viniste aquí? No tienes miedo que se entere la policía? ¿Qué sacas con venir a contarme todo esto?

- Padre, quien sabe por qué vine aquí, será para no sentirme tan solo, bueno usted sabe, eso, lo del secreto de la confesión. Si usted habla, yo caería en manos de la poli, y usted saldría excomulgado. O a lo mejor, quizá, si habla, usted también pueda terminar.... ¿es necesario que se lo diga padrecito? Pero no se preocupe, no creo que volvamos a hablar, ni que vuelva a saber de mí. Aunque a lo mejor yo sí de Usted.... Adiós padrecito. Dios lo bendiga…

- ¿Pero en dónde….?- El sacerdote quiso preguntar algo más, pero cuando volteó la vista hacia la rejilla ya no había nadie. Salió del confesionario rápidamente para alcanzarlo, al menos tratar de ver algo más de ese tipo, pero había desaparecido, ni sombra quedó del pecador. - ¿dije pecador? Cristo crucificado, ¿a quién me enviaste? - Sin dejar de mirar hacia atrás y hacia los costados se encaminó a la sacristía lentamente, sus pies parecían pegados al suelo, su cuerpo temblaba aún de impresión, todo le daba vueltas. El dolor de cabeza aumentó, se tomaría la enésima taza de café, o a lo mejor se tomaría una copa de vino. Eso no podía estar sucediendo. No podía hacer nada, ni hablar con la policía, ni con nadie. Su boca estaba sellada por el sagrado secreto de la confesión. Todo seguiría normalmente, todo volvería a la rutina. Y sin embargo, sin saberlo, la vida del padre Gastón ya no volvería a hacer la misma…

SECRETO DE CONFESIÓN - 2º CAPÍTULO - CUENTO GENERO POLICIAL



23 de Diciembre, 2000
Prefectura Nº 5 de Altavista.

- Como le decía Inspector, hemos interrogado a varias personas de la zona y nadie ha podido darnos ni siquiera una pista. La víctima tenía mala reputación, será por eso que prefieren lavarse las manos como Pilato. Sus familiares están muy reacios a hablar. – Así hablaba el detective Eddie Millán, sobre el caso más reciente que estaba llevando la policía de ese estado.

El Inspector fue al archivador repleto de carpetas con los expedientes que se llevaban. Sacó una carpeta amarilla, de bastante grosor, que estaba en la sección “F”. En la portada había pegada una etiqueta que tenía escrito: “Víctima: Cinthia Ferrari 15-06-2007”. Dentro de la carpeta se encontraba todo el historial del crimen; las fotos de la escena del crimen, varias instantáneas de la mujer asesinada, el cuerpo desnudo, en avanzado estado de descomposición, con una cuerda atada al cuello y con señales de tortura. El detective Serge Coparov, de ascendencia rusa, examinó el expediente, ya había perdido la memoria de cuántas veces lo había revisado. Pero era un sabueso duro de dejarse vencer y terco como su abuelo Nicolai. Algún cabo debía haber dejado suelto ese psicópata. No existía el crimen perfecto. Tarde o temprano lo encontrarían, tarde o temprano limpiaría este mundo de otro depravado criminal. Coparov era enorme de estatura, como un oso de la Siberia, tenía mejillas sonrosadas, usaba el pelo muy corto, de tierno corazón con sus amigos pero implacable con los que transgredían la ley, además era ateo convencido, su único dios había sido su abuelo de quien le había legado lo más importante de la vida, su sabiduría de viejo patriarca. Nunca lo olvidaría, como tampoco olvidaría los cuentos de pescadores o de cosacos de la vieja Rusia que le leía al atardecer.

Tomó el teléfono y marcó un número, mientras encendía un puro (lo prefería a los cigarrillos, pues según había escuchado, eran menos dañinos), - Aló? Martha, por favor comunícame con la doctora Deborah Lyon, la psiquiatra del Instituto Daborlan, y pídeme una entrevista para esta tarde. - , - Sí Inspector, enseguida lo hago y le confirmo – - “Algún punto débil debes tener, alguna vez vas a cometer un error, y ahí voy a estar pisándote los talones para verte caer y aplastarte como una cucaracha”, -se habló asimismo.

Llamó por el interno al detective Eddie Millán, su compañero inseparable –“te quiero listo en diez minutos, tenemos que salir” –“Sí jefe, estoy listo para cuando usted diga.”

Coparov apagó su puro, para no gastarlo todo. Era la única droga que lo tranquilizaba y lo ayudaba a pensar. Agarró sus credenciales, su Beretta calibre 96 y se puso la chaqueta de cuero negra. Era como su segunda piel, nunca la dejaba, adonde fuera iba con él. Salieron con Millán en la camioneta azul y blanca, -“¿adónde vamos Copa?” - (lo llamaba así por el diminutivo de su apellido, era al único que se lo permitía, por los años de amistad que los unía). – “A hablar con el Capitán Angus Flynch, ex comisario de la Cuarta Comisaría de Altavista. Me dijo que me tenía unos datos interesantes que podrían estar relacionados con estos crímenes.”

- Guau jefe, sería fantástico. Porque al parecer estos casos se nos están escapando de las manos. Pareciera no tener fin esta carnicería. Fíjese cuántos crímenes de la historia han quedado impunes. Acuérdese de Jack el destripador. Nunca lo pudieron agarrar.

- Por favor Eddie, ¿no te acuerdas en qué año estamos? La Scotland Yard en esos tiempos no contaba con las técnicas modernas forenses que hay ahora. Si en aquellos días se hubiera podido extraer ADN o las huellas digitales al cuerpo de las víctimas o de las escenas del crimen, ten por seguro que el Destripador hubiera sido otra historia. ¿no crees?

- Si Cop, seguro que sí. Pero en las víctimas de este caso, tampoco se encontró ADN ni huellas. El desgraciado se cuidó bien de no dejar pistas.

- No te preocupes que el que ríe último ríe mejor. El está ganando hasta ahora. Pero la guerra no ha terminado.

- Recórcholis jefe, usted sí que es duro de roer, no? - El policía gigantón hizo gesto de victoria con los dedos.- Bueno, estamos llegando, ojalá que Flynch esté de buen talante, para que nos ayude a salir de este berenjenal.

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Flynch, el viejo capitán de la policía de Altavista, contaba con setenta años, un viejo zorro, retirado del ejército, que había servido por treinta años al cuerpo policial; un hombre muy apreciado y admirado por sus compañeros y ex compañeros y odiado por sus enemigos. Coparov y Millán entraron a la lujosa oficina del capitán, decorada toda en madera, donde se apreciaban en la pared todas las medallas y condecoraciones del viejo Inspector.

-¡Caray! Továrishch 1 Coparov, dichosos los ojos. Que si no es por ese loco suelto que anda por estos predios, ya ni te veo. – Pero siéntense, les sirvo un trago?, ya sé. Por acá te guardo uno de los que me mandó Fidel hace unos años. Los tengo reservados para “továrishch” como tú, jajaja; Copa viejo amigo, me imagino que este es Millán, - extendiéndole la mano – estás en las mejores manos, de él podrás aprender todo muchacho, pero lo único que te aconsejo que no aprendas de tu jefe, es esa tozudez de oso ruso. – jajajaja, me han dado una gran alegría esta mañana. Pero bueno, al grano no?

- Sí, Angus, no queremos hacerte perder tiempo – Dijiste que tenías algunas pistas que podían ayudar a estos casos.

- Pues, espero que sí, por los datos que me has hecho llegar a mis manos, pude corroborar parece obra de un psicópata, el mismo patrón para matar, claro que cuando hables con la doctora Lyon, ella podría darte un perfil psicológico más claro de este monstruo insaciable en su sed de matar. – Mientras hablaba abrió una gruesa carpeta azul, donde se leía un nombre “Verónica Laram. 10 – 01 – 1955” - este es un caso muy viejo, que te lo daré para que lo estudies y compares con los expedientes tuyos, la mujer fue violada, torturada y estrangulada posteriormente; al leer tus notas, me acordé de este caso que nunca se pudo resolver. El cuerpo fue encontrado en el parque Montserrat, donde se encuentra ahora el Centro Comercial Altavista. Por lo que me contaste los crímenes fueron perpetuados en diferentes fechas, es decir, que este demente viene actuando desde vaya a saber cuándo. Habría que comparar con otros crímenes en otras ciudades. Ahí te lo dejo, cuando ya no lo necesites me lo devuelves para guardarlo en donde debe estar. Ya sabes, no me gusta que se me pierda nada.

- Angus, te estamos sumamente agradecidos. Te tendré al tanto, veré que resulta de la entrevista con la psiquiatra. Quisiera ser optimista, y creer que nos estamos acercando a la recta final de estos crímenes tan horrendos y que tienen alarmada a la población. No quisiera que se despertara el pánico, de todas formas hay que alertar a las mujeres para que no salgan solas, sobre todo a las de mala vida, que son las que más deben cuidarse.

- Spasiva! 2 Adiós muchachos! Que tengan mucha suerte. Cuando todo esto termine los invito para que nos emborrachemos con vodka.
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Más tarde en el Instituto Daborlain.

- Esperen un momento, enseguida comunicaré a la doctora Lyon, tengan la amabilidad de sentarse. –Informó la blonda secretaria de la psiquiatra.

Se sentaron en los cómodos sillones de la Instituto, pero enseguida salió del consultorio una joven mujer pelirroja, de pelo recogido con un lazo, como de treinta y cinco años, algo bajita, pero tenía un cierto atractivo con su mirada que escudriñaba detrás de sus lentes pequeños. – “Pasen por favor, encantada de conocerlos, soy la doctora Deborah Lyon, el Capitán Flynch me habló sobre su visita, trataré de colaborar de la mejor manera” Siéntense que enseguida los atiendo, se asomó por la puerta y llamó a su secretaria – “por favor Susy trae dos café para los detectives”.

Una vez acomodados, en un consultorio decorado con plantas y esculturas exóticas, cuadros surrealistas, y en la biblioteca, cuadros de personas, seguramente familiares de la doctora.

- Gracias doctora Deborah, como usted sabrá por las noticias estamos tratando de “cazar” a un criminal en serie, muy peligroso, que tiene aterrorizada a esta ciudad. Posiblemente sea el mismo que mató hace muchos años en 1955, necesitaríamos que nos hiciera un perfil psicológico más profundo que el que describieron nuestros agentes.

- Bueno antes que nada ya sabrán el significado de psicópata, “son enfermos mentales, incapaces de relacionarse con otras personas, consideran a los demás como un medio para satisfacer sus necesidades, sólo sienten aprecio por sí mismos, son egocéntricos, se creen el centro del mundo y manipulan a los demás. Tienen incapacidad de empatía, no se emocionan ni sufren en sus relaciones familiares o de amistad, fingen emociones que no sienten, se excitan con el riesgo y lo prohibido, hay algo en ellos que les impide aceptar las normas e ir en contra de lo establecido, falta de sentimientos de culpa, algunos suelen ser muy inteligentes y tener encanto personal ficticio (pueden ser encantadores con los demás hasta que consigan satisfacer sus necesidades y conseguir lo que desean). Tienden a reaccionar con mucha frialdad y tranquilidad, suelen ser mentirosos, no se sienten culpables ni sienten vergüenza ante sus acciones, por muy incalificables que estas sean. Son perfectamente conscientes de la diferencia entre lo real y lo imaginario, y están perfectamente situados en el espacio y en el tiempo. Por consiguiente, saben lo que hacen y por qué lo hacen. Planifican sus crímenes, habilidosamente engañan y manipulan a sus próximas víctimas. Llevan, en apariencia, una vida normal, tienen su familia, trabajo, en la mayoría de los casos tienen puestos de alta responsabilidad: banqueros, policías, políticos, etc “ 3

Por la descripción de los crímenes, si es que está relacionado con el de hace tantos años, debe ser un hombre entre cuarenta y ocho o sesenta años como máximo, dependiendo su fecha de nacimiento. Es un hombre con una fuerte carga de agresividad, se podría suponer que fue abusado en su niñez o en su adolescencia, o que la madre haya sido prostituta. Este es una característica de muchos psicópatas. Odia a las mujeres a través de su madre. * Pueden tener también otra característica, estos tipos podrían tener también la costumbre, al menos una vez en su vida, de confesarle a alguien sus crímenes, ya sea por escrito o personalmente, no por sentimiento de culpa; por ejemplo como en no pocos casos, han enviado mensajes anónimos a la policía, o a un sacerdote o a un periodista, o alguien desconocido. Por qué razón? Podrían ser muchas, quizá eso lo excita aún más para seguir matando, para sentirse más poderoso, haciendo saber que nunca lo van a detener.

- Un sacerdote? – repitió Coparov – ¿Usted cree que podría haber hablado con un sacerdote? – No lo sé Inspector, posiblemente, de un tipo así puede esperarse cualquier reacción. Son imprevisibles. Es todo lo que puedo decirles, pero en lo que pueda seguiré colaborando con la policía para que lo atrapen. – respondió la psiquiatra.

Coparov y su compañero salieron después de la larga charla con la doctora. El inspector se subió a la camioneta, muy pensativo y callado. – Qué pasa Copa? Por qué se quedó tan mudo? -; - Nada Eddie, solo pensaba. ¿Cómo se llama la vieja Iglesia que está detrás del Centro Comercial?. – Santa Cecilia, Copa, ¿que está pasando por su mente ahora?. – Nada viejo, solo es una simple corazonada – Arranca, Iglesia San Cecilia…. sacerdote…. allá vamos…

1 Camarada en ruso
2 Gracias en Ruso
3 http://www.pulevasalud.com/ps/subcategoria.jsp?ID_CATEGORIA=103053&RUTA=1-747-1159-2212-103053 (Perfil de un psicópata)
* Este párrafo es fantasía de la autora.

SECRETO DE CONFESIÓN - 3er CAPÍTULO - CUENTO GÉNERO POLICIAL



La vieja Iglesia aún se mantenía con el paso de los años, estaba ahí en una esquina como testigo silencioso muchos amaneceres, del transitar de los pueblerinos que pasaban frente a ella; de paredes grises, y con amplios vitrales, todavía no había abierto sus puertas. Los detectives aparcaron la camioneta a un costado de la calle y se dispusieron a entrar por la entrada del despacho parroquial. Allí los recibió amablemente un sacerdote bastante joven, aunque se sintió extrañado al saber que eran policías.. - ¿En qué puedo ayudarlos? –

- Necesitamos hablar con el padre Gastón Bernal. Es muy importante.

- Lamentablemente el padre Bernal ya no sirve en esta parroquia, desde hace muchos años él pidió al Obispo de entonces, Monseñor Carrión, el traslado a otro lugar. Pero podría hacerles llegar su mensaje para que se comunique con ustedes.

- ¿Podría informarnos adónde fue trasladado? - insistió Coparova

- No creo que haya problema en informarles, el se fue a otra iglesia que queda a una hora de Altavista, en el barrio de La Florida, la Capilla del Sagrado Corazón de Jesús. Allí vive aunque no oficia como sacerdote por sus problemas de salud.

- Muchas gracias padre, trataremos de ubicarlo.

No tardaron en llegar a la Capilla, que era bastante pequeña, como escondida entre los árboles de un florido parque, parecía estar esperándolos. A lo lejos pudieron apreciar la figura de un hombre bastante viejo, que cuidaba las plantas, empezó a caminar hacia ellos con lentitud. –Buenas tardes, que desean los señores? – preguntó un anciano

- Por favor, deseamos hablar con el padre Gastón, soy el Inspector Sergei Coparov y él es el detective Millán.

El rostro del viejo Paco pareció oscurecerse, sabía que esos dos traían problemas. Los acompañó a la entrada de la capilla, -Esperen un momento, veré si el padre no está durmiendo – Pobre padre, -se dijo Paco- no le van a gustar nada estos visitantes. Se asomó en el despacho del sacerdote, que se encontraba leyendo, estaba quieto, muy sereno. – Padre, allá afuera lo buscan dos policías – El religioso quedó algo sorprendido, pero no le extrañó mucho esa visita, sabía que ese día llegaría, más bien habían tardado demasiado. El padre Gastón había envejecido ya, tenía unos setenta y cinco años, aunque conservaba una espléndida figura, con su pelo blanco, le daba cierta distinción. Recordó por un instante esos años de servicio en Santa Cecilia, fue dolorosa para él tomar la decisión de irse, pero el obispo estuvo de acuerdo, su vida mientras estuviera allí podía correr peligro, así como la de su mayordomo y la de Inés. Aunque nunca más había vuelto a saber de ese extraño, no quiso tomar ligeramente su amenaza. Lo que más lo atormentaba es saber que seguramente volvió a matar, y el no poder hacer nada lo sumergía en un mar de remordimientos. Por eso, nunca más quiso leer las crónicas amarillas, no quiso enterarse ni saber qué pudo haber ocurrido. Se encomendó a Dios y le dijo a don Paco que pasaran.

- Padre Gastón, lamentamos interrumpir su agenda, solo será unos instantes, necesito hacerle unas preguntas. – Le pidió a Millán que lo esperara afuera, para que la entrevista fuera más íntima, y no hacer sentir acosado al clérigo.

- Sí, siéntese, desea tomar un café, bebidas alcohólicas no consumo.

- Como desee padre, si usted toma yo también lo acompaño con un cafecito. – Gastón llamó a su viejo amigo Paco para que les preparara dos tazas.

- Bueno padre, no quiero quitarle su tiempo, solo le haré unas preguntas esperando que pueda ayudarme, no sé si usted ha leído las noticias últimamente, en este pueblo se han estado sucediendo una serie de crímenes abominables, parece ser obra de un asesino en serie, no hemos podido encontrar nada que nos conduzca para atraparlo. Pero nuestras investigaciones nos han llevado a relacionar el caso con un crimen cometido en el año 55, el cadáver fue hallado en donde estaba Parque Montserrat, ya sabe bastante cerca de la Iglesia Santa Cecilia donde usted sirvió de párroco.

El padre trató de disimular su temor, no sabía como saldría de ese atolladero, aunque deseaba poder ayudar, su juramento debía mantenerse intacto. Aunque él no había podido ver al extraño, de la confesión no podía decir nada, por su deber de sacerdote y para no arriesgar las vidas de sus queridos amigos.

- Ud. dirá Inspector ¿en qué puedo ayudar? – tragó saliva, no le gustaba mentir, pero era necesario –

- Quizá por aquellos días cuando prestaba el servicio de la confesión, nunca nadie se acercó a Usted, ningún sospechoso, que pudiera contarle algún crimen?.

- Detective, yo no puedo hablar sobre eso, para un sacerdote el secreto de la confesión es sagrado, inviolable, lo lamento en ese sentido, yo no puedo ayudarlo.

- O sea que sí pudo haber algo de eso. Mire padre, yo respeto su sagrado deber, la verdad no creo en Dios, yo creo en esto solamente – le dijo mostrándole sus credenciales – si usted sabe algo que pudiera detener esos crímenes y no colabora, podría estar haciéndose cómplice de ese loco, estaría obstruyendo la justicia.

- Lo siento, no sé nada, no puedo decir nada... y además eso fue hace muchos años, aunque quisiera, cuánta gente ha pasado por mi confesionario, no podría recordarlo.

- Vamos padre, que no todos los días vendrá alguien a contarle que cometió un asesinato.

- Quizá, tal vez, pero créame quisiera ayudar, mas no sé nada sobre esos crímenes.

Coparov se sintió desanimado, no podía forzarlo, ni quería meterse en problemas con la iglesia, volvían otra vez al punto muerto. Sintió rabia, coraje, ¡maldición!. El sacerdote no hablaría ni aunque lo mataran. Admiró su entereza, su fe, pero no podía comprenderla. Para él antes que nada estaba su deber, la seguridad de los ciudadanos, respetar y hacer respetar la Ley, esa era su Biblia, su palabra sagrada. En realidad ¿el sacerdote estaría callando por no violar su juramento o sabía algo más que le impedía hablar? Decidió dejarlo por el momento para no presionarlo, pero no lo dejaría así. – “Yo a ti te encuentro porque sí, maldito” – Se despidió de Gastón pidiendo disculpas. –Está bien vuelvan cuando quieran, Dios los acompañe –

Gastón quedó a solas en su oficina, cerrando los ojos rezó en silencio, a solas con su conciencia, pidió perdón a Dios por esa culpa que llevaba sobre sus hombros hacía cuarenta y cinco años. El viejo Paco los vio irse, se dijo que era hora de hablar con el padre, sobre ese recuerdo que conservaba en su memoria, por qué no lo había dicho, no sabía, le restó importancia. Pero cuando vio a los detectives, algo le dijo que tal vez tuviera que ver con lo que vio. Fue al despacho, se sacó su gorra, y humildemente entró. – Don Gastón, puedo pasar un momento?

- Sí mi amigo pasa, ¿que ocurre?

- Padre, no sé si usted se va a molestar por lo que diga, pero tengo que confesarme.

- Pacooo!!! Qué sucede, ¿tú confesarte? Mi Dios, ¿a tu edad? Viejo ¿pillo que hiciste? Jajajaja – Le gustaba bromear con su amigo, con su media mitad, el día que le faltara, no quería ni pensarlo, siempre daría gracias a Dios por ese hermano que se mantuvo a su lado a pesar de los años.

- Sí padre, pero no es un pecado de esos… No, que va, ni aunque quisiera. ¿Ud se acuerda hace años allá en Santa Cecilia, una vez cuando usted me preguntó si había visto salir a alguien del confesionario?

Gastón se puso pálido como la cera, de qué estaba hablando este Paco, la única vez que le preguntó algo así, -en eso su memoria no le fallaba – fue cuando recibió esa confesión espantosa. – De qué hablas viejito? Sí, lo recuerdo, te lo pregunté pero me dijiste que no viste a nadie.

- Bueno Padre, ese día andaba medio apurado y creo que no entendí bien la pregunta. Pero sí recuerdo que esa mañana vi levantarse del confesionario y salir hacia la puerta a un tipo medio raro. Alcancé a ver su rostro. Se me quedó mirando un breve instante. Es de esas caras que nunca se olvidan. No sé por qué, presentí que algo malo había en él. Después con esta cabeza que tengo no le dije nada, le resté importancia.

- Está bien, Paco, no tengo que perdonarte nada, fue un pequeño olvido, ya no tiene importancia. Quizá todavía se pueda hacer algo. Te agradezco ahora vuelve a tus tareas. Si te necesito yo te avisaré. Te lo prometo.

El padre quedó ensimismado con la “confesión” del viejo mayordomo, que ya tenía casi noventa años, pero su salud era como un roble, había llevado siempre una vida muy sana, junto a sus árboles, sus plantas, caminando de aquí para allá. Pobre Paco, quizá él también había llevado su saco de culpas. Enseguida pensó, Paco no es sacerdote, él podría informar a la policía, si recordaba su rostro, podrían hacer un retrato del hombre, así podrían encontrarlo, pero yo también debería contar sobre eso a los detectives. Estaba en una encrucijada, en realidad deseaba que terminaran esos crímenes, que no volviera a matar. Decidió consultar al Obispo Carrión para no actuar por su propia decisión.

Más tarde el clérigo se encerró en su escritorio, marcó el teléfono del arzobispado para pedir una cita urgente con el Obispo Cordelle. Le contestaron que lo recibiría inmediatamente; tomó coraje y salió en su viejo coche, sin saber que lo estaban observando. No tardó demasiado en llegar, al antiguo edificio del Palacio Episcopal; - Buenas tardes padre, Monseñor lo está esperando, adelante – le informó la secretaria, una mujer bastante mayor, que tenía años sirviendo en esa Sede de la Iglesia. Monseñor Rafael Cordelle extendió sus manos, que el padre respetuosamente besó haciendo una breve reverencia. – ¡Hijo que alegría verte! Pasa para que hablemos y me cuentes eso que te está inquietando tanto. Inmediatamente pasó a la contarle la historia sobre esa antigua confesión, la visita de la policía, la conversación con Don Paco; sus remordimientos por no poder ayudar a la Ley a resolver esos crímenes horribles.

- Bueno hijo mío, en realidad tú no sabes de quien se trata, él nunca mencionó su nombre, no estarías violando directamente el secreto de la confesión. Lo sería si revelaras el nombre de la persona que fue hacia ti, o el de otras personas ligadas a ese pecado. Hablar sobre el pecado en sí no es romper el sigilo sacramental. Pero si en realidad, ese hombre te amenazó en el pasado, deberás obrar con cautela, pues no sabemos que podría suceder en el futuro; creo que tú y Paco tienen que hablar con la policía. Ellos sabrán que acciones tomarán sobre el asunto. Si deseas te puedo acompañar para que te sientas más tranquilo.

- No Monseñor, no se preocupe, le pediré al viejo Paco que me acompañe, porque seguramente los detectives querrán hacerle firmar una declaración.

- Muy bien, te agradezco me tengas al tanto, y elevaré mis oraciones al Señor para que todo se resuelva de la mejor manera, y no haya más asesinatos. Que Nuestro Amado Señor Jesús y la Santísima Virgen te acompañen. Ve en paz hijo.

Afuera ya caía la tarde, las sombras de los árboles cubrían enteramente la capilla, Desde la acera de enfrente, alguien observaba, vigilando los movimientos que sucedían en la capilla, la llegada y salida de la policía, la salida apresurada del cura. Esperó hasta que el padre volviera a entrar más tarde. Alguien que no había olvidado al padre Gastón.

“Yo me iré al infierno pero tú te irás conmigo, “padrecito”; tendré el placer de ahorcarte con tu propia sotana….