sábado, 26 de mayo de 2012

ENGENDRO



Un relato de ciencia ficción 

Lo vio cuando estaba tomándose un café; era uno de esos días insoportables, de un calor agobiante, un sábado aburrido como ningún otro, sin tener con quien hablar, con quien salir; lo miró disimuladamente sin que él lo advirtiera; era un tipo fascinante, de una belleza masculina que solo se pueden encontrar en las revistas, en el cine, en las fantasías de una mujer menos en la vida real; unos ojos tan grandes y oscuros que provocaba ahogarse en ellos; su barbilla cuadrada, su perfil griego, sus brazos musculosos. 

Era Apolo en persona. No podía dejar de mirarlo, hipnotizada, hechizada, hasta que sorpresivamente el encontró su mirada. Seguidamente volteó el rostro tratando de esquivarlo, pero era tarde, él lo había advertido y sonrió divertidamente. Marian continuó bebiendo de a pequeños sorbos su café, nerviosa, deseando correr hacia la puerta; al levantar la vista, observó que él venía directo hacia su mesa. Demasiado tarde. Ya estaba allí presentándose, tendiéndole su mano, se sentó a su lado, de repente entendieron que no había mucho de qué hablar, ambos mirándose desearon lo mismo, se dijeron con los ojos lo mucho que se deseaban, sus miradas se desnudaban, se absorbían, se comían, ambos sabían que necesitaban estar en un solo lugar para decirse sin palabras lo que sentían; de allí salieron juntos, apurados, a cualquier motel que los cobijara; era loco el asunto pensaba Marian, quería sentirlo, entregarse a él, acariciarse, devorarse... 

Era lo único que tejía en su mente, un deseo incontrolable, voraz, y de él respiraba el mismo deseo, sus manos lo confirmaban, la apretaban, querían meterse debajo de su ropa, la misma lujuria los estaba dominando. El tiempo se hacía interminable para caer en esa cama. Después de todo no era tan anormal esa situación, antes había hecho el amor con algunos de sus amigos, solo que este hombre “salido de la nada” despertaba en ella algo insaciable, lo que ningún otro había logrado. Tenía unas ganas locas de follar. Del futuro no tenía idea, ¿a quién le importaba eso ahora? Quería llegar a esa habitación y poder apagar esa sed que secaba su cuerpo... 

Cerraron la puerta para quedarse aislados del mundo, de la gente, del ruido, de la realidad... él comenzó a desnudarla, a meter sus manos dentro de sus pantys, ella desprendía su bragueta; en milésimas de segundo estaban en la cama sin deshacer, haciéndose el amor, gozando de su piel, de sus sentidos, besándose, lamiéndose, mordiéndose... la excitación crecía, su lengua acariciaba sus labios vaginales, arrancándole orgasmos pequeños después intensos; con el sudor de sus cuerpos se unían aún más; el éxtasis total, el placer indefinible, su ardiente apolo lamía sus pezones con suavidad, con ardor, los mordía hasta hacerla gritar; lamía su vientre, volvía a pasar su lengua por su vagina voluptuosamente, la llevaba al límite del placer y todavía más, no podía dominar su mente, ni sus sentidos, cuando la penetró el techo daba vueltas, era un orgasmo exquisito, doloroso, que atravesaba su ser, sus entrañas, le pedía que no terminara, que continuara, que siguieran así como estaban contoneándose lascivamente, era una lucha por darse placer; no era amor aquello, era una lujuria total, incontrolable y extraña a la vez... era el cielo y el infierno... 

Cuando abrió los ojos no se acordaba de nada, se vio desnuda, perdida entre las sábanas húmedas, que tenían olor a sudor, a sexo ¿estaba viviendo un sueño o una realidad? Un vago recuerdo llegó a su memoria, sí, ahora lo recordaba, había estado allí con ese hombre, tan apuesto, ¿qué locura la llevó a terminar con ese desconocido en ese motel? ¿tan loca estaba? Y del fulano no había ni rastros, desapareció en la nada de donde vino... ¿Cómo se llamaba? Sergio, Pablo, Pedro .... qué importancia tenía, no recordaba ni cuando se había quedado dormida, ni lo que habían hablado; -sí seguro que fue un sueño- intentó converse a sí misma. – Un sueño loco, lascivo, peligroso- Quiso correr de allí súbitamente, volver a su apartamento, ducharse, arrancar de su piel ese “sueño” que todavía la acariciaba... que todavía le arrancaba deseos de más... Quizá no volvería a verlo, no supo si lamentarlo o darle gracias al Cielo. 

Hacía un mes y medio que no le llegaba la regla, Marian no quería pensar en eso, seguramente sería un retraso, un simple retraso, algunas veces le había pasado. Pero algo la inquietaba, ¿y si lo fuera? ¿qué haría? ¿cómo lo afrontaría?; es verdad que no tenía padres, pero tenía amigas, conocidos, su trabajo; el aborto era una opción... Primero debería estar seguro, cruzó a la farmacia que estaba a dos cuadras y pidió la prueba de embarazo. 

Le temblaban las manos, rezaba porque fuera negativo, porque todo volviera a su normalidad, se encerró en el baño como si alguien la persiguiera y procedió a hacerse la prueba. Regresó a la cocina inmediatamente para esperar a que saliera el resultado, se preparó un café, se refregaba las manos, apretaba su vientre, se mordía los labios, que saliera negativo, y sino qué? Al rato entró a ver que color marcaba el aparatito, si rojo o azul... tragó su saliva como si hubiera tragado veneno, era positivo... maldición... maldición... esto no podía estar pasando, un ser en su vientre, un ser concebido en una noche de locura, de éxtasis, con un perfecto desconocido, impresionantemente bello, pero un perfecto desconocido... No tenía otra opción, pediría cita con el doctor al día siguiente, y que fuera lo que Dios quisiera. Desechó el aborto, en el fondo de su alma sentía una ilusión, una nueva vida empezaría a crecer dentro de ella, un hermoso bebé, quizá sería parecido a ese extraño que la penetró, que la poseyó, porque más que hacerle el amor, la poseyó como un animal sediento de su cuerpo, de su piel, de su sangre... ese bebé sería el recuerdo de esa locura de una noche extraña. 

-Sí Marian, efectivamente, estás esperando un bebé. Te felicito. A partir de ahora tu vida cambiará, deberás alimentarte bien y cuidarte para que tu niño crezca fuerte y sano. Ya puedes darle la noticia a tu esposo y a tu familia. 

La nueva madre le explicó que sería madre soltera; salió del consultorio, entre alegre e inquieta; a partir de ahora no sería la misma, tenía un motivo para salir adelante, muchos sueños comenzaron a anidarse en su loca cabeza. Su primer impulso fue pasar por una tienda de bebés para comprar una ropita y algún juguetito. 

Y pasaron un poco más de cuatro meses, su barriga no había crecido demasiado; su embarazo no lo estaba llevando bien, según las experiencias que le contaban sus amigas madres, con el de ella no tenía mucho en común. No tenía náuseas, ni calambres, ni antojos; una noche sintió como si le clavaran dentro mil cuchillos, era un dolor inexplicable, que la hizo retorcerse de dolor, se paró como pudo y llamó al médico pero no estaba en ese momento. Después no lo volvió a sentir, no se lo contó a nadie, quizá no todos los embarazos eran iguales. Quería ver ya a su bebé, quería que terminara el tiempo del embarazo, tenerlo con ella y amamantarlo. En todas las consultas que había ido a su médico, el ginecólogo le preguntaba si se alimentaba bien, si no tomaba alcohol o drogas, si seguía los cuidados que él le había ordenado.  

-Vamos a hacerte una ecografía para ver cómo está tu bebé. Porque ya deberías haber aumentado de peso, más bien te veo más delgada, tu vientre debería estar un poquito más abultado . 

Marian se acostó en la camilla mientras el médico la preparó para auscultar su vientre. En la pantalla se observaba movimiento, se sentían los latidos. -Allí está tu primogénito. Parece muy intranquilo. Se mueve mucho, es raro. Su corazón late muy aprisa. Extraño... 

-¿Está todo bien doctor? – quiso saber Marian 

-Si está bien creo, solo que quisiera hacer más pruebas, para estar seguro. El doctor no quiso preocuparla más; algo no marchaba bien en esa pantalla, el feto se movía como si quisiera salir de allí.... – Vuelve en dos semanas para hacerte otros exámenes   

Había pasado una semana desde que fue al consultorio; una noche mientras se preparaba una ensalada, sintió repentinamente ese “dolor” horrible, ése dolor que quería “comerla” por dentro, que la partía en dos, vio que salía un líquido acuoso corría por sus piernas, un líquido verduzco...maloliente; no puede ser... ¿será que lo perderé? Pero su vientre también se movía, el bebé pateaba, sentía que quería atravesarla, salir de adentro como fuera e incluso le pareció ver uno de sus piecitos dibujarse en su piel... Llamó al doctor Montt gritando, llorando, sin poder controlar esa tortura que mordía sus entrañas. 

-Trata de llegar como puedas a la clínica, estaré allá en unos segundos para revisarte- 

–Doctor creo que el niño quiere nacer- 

-¡Marian por Dios, nada de eso, posiblemente sea una amenaza de aborto, ven enseguida!- 

El taxi la dejó a la entrada de la clínica; la estaban esperando unas enfermeras con la camilla, la acostaron, mientras que el doctor Montt estaba preparando en el quirófano por si todo terminara en el aborto. Ya sabía él que había algo anormal allí, no era un embarazo común. Pobre chica, tantas ilusiones que se había hecho, pero más adelante tendría oportunidad de concebir, cuando superara su depresión. Nunca pudo arrancarle el nombre del padre de su criatura. Lo hubiera necesitado ahora, y él hubiera querido también hablar con él, para poder tener indicios de los genes de ese ser que iba a vivir o a morir. 

La trajeron mientras la chica se retorcía como una fiera, sus movimientos eran serpenteantes; gritaba desesperadamente pidiendo auxilio; examinó su vientre, ¿le pareció estar loco o la piel se movía? Como si quisiera salir hacia afuera el abdomen aumentaba de tamaño, arrancando a Marian gritos espeluznantes . 

-¡¡¡Doctor ayúdeme por favooor!!! No lo soporto, ¡¡¡me está matando!!! ¡¡¡sáquemelooo!!! ¡¡¡por favooor ayúdemeeee!!! – 

-¡Preparen todo, vamos a practicar el aborto! - - Lo siento Marian, pero eres tú o ese bebé, lo siento, tengo que sacártelo- 

Abrió las piernas de su paciente, para iniciar lo inevitable, pero repentinamente al mismo tiempo Marian comenzó a pujar de una forma incontrolable, inconsciente. 

-¡¡¡Que estás haciendo, quédate quieta!!!! , ¡¡¡no te muevas, no pujes!!! 

 -¡¡Doctor no soy yo, el bebé quiere salir de mí!!!! ¡¡¡Aaaayyyyy!!! ¡¡¡Ayúdenmeee!!!! 

-¡¡¡Es imposible, ¿que dices? ¡¡¡no hay ningún bebé que nazca a los cuatro meses!!! 

Pero Marian continuaba pujando, esa criatura o lo que tuviera allí dentro, quería salir a la luz sin ayuda de nadie. La madre continuaba gritando como si la estuvieran apuñalando, tuvieron que amarrarla con unas correas para que no se arañara, ni se arrancara el pelo, su cuerpo se movía como una serpiente. De repente de su vagina abierta algo comenzó a asomarse... 

Despertó después de muchas horas en su habitación, con la misma sensación que tuvo cuando se despertó aquella vez en el motel, aquella noche cuando su extraño le hizo el amor, sintió que un placer infinito y delicioso penetraba su cuerpo; ahora al despertar, recordó como si todo el suplicio de este mundo hubiera despedazado sus entrañas, sus órganos; se sentía débil, sin fuerzas, agotada, se preguntaba que habría pasado, ¿lo habría perdido? Palpó su abdomen, ya no sentía nada, pero un tormento más fuerte que el de su embarazo creció en su alma, ¿habría sobrevivido? no quería perderlo, era lo único que le importaba en esta vida. 

A las pocas horas entró el Dr. Montt. 

-¿Cómo te encuentras Marian? ¿No sientes dolores?, esperaremos un poco para que puedas tomar algo. Tienes que descansar ahora, necesitas mucho descanso. Le diré a la enfermera para que te aplique otro sedante. 

-Doctor, ¿qué pasó? ¿Perdí al bebé? Por favor dígame, no recuerdo nada. 

Por los ojos del galeno se cruzó una sombra que Marian advirtió. Algo no estaba bien. 

-Hija mía es mejor que olvides todo esto... Piensa en tu recuperación para que puedas volver a casa. 

-Doctor, ¿qué sucede? No me oculte nada. Creo que no está siendo sincero. 

-Ya hablaremos Marian, cuando estés mejor, te lo prometo. 

- No, nada de eso; quiero hablar ahora, ¿que pasó con mi niño? 

- Es muy difícil explicarte, el niño nació pero..

-¡Quiero verlo! Por favor doc, quiero verlo!!! Lléveme donde está. ¡Mi niño, mi niño!  

- Creo que no deberías hacerlo, créeme mujer, no lo entenderías. 

- Se lo estoy pidiendo, se lo ruego, se lo ordeno. –Marian sintió que se descontrolaba- ¡Quiero ver a mi hijo! 

- Como tú quieras, pero quiero advertirte que correrán de tu responsabilidad las consecuencias de lo que veas. 

Marian sin hacerle caso, se levantó lentamente, agarrándose aún el dolorido vientre, apoyándose del médico, que la llevó a un cuarto que no era la sala de recién nacidos; seguidamente escuchó un fuerte sonido, que no era llanto, pero si solo tiene cuatro meses, ¿ qué sonido puede producir?; ¿qué tamaño tendría?, de repente el miedo la paralizó. ¿Qué había parido? En el cuarto, dentro de una cuna envuelto en una cobija de algodón algo se movía inquietamente; la joven no se atrevió a avanzar, miró al médico y volvió a mirar la cuna. Al acercarse, fue destapando cuidadosamente la manta y al mirar lo que había dentro lanzó un grito, un aullido inhumano que llenó todo la habitación, todo el edificio. 

-¡¡¡¡¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh!!!! ¡¡¡¡Noooooooooooooooooooooooooo!!!! 

Dentro de la manta se movía el ser más horroroso, inhumano, inmundo, que nadie pueda haber visto jamás. De un tamaño ni muy pequeño ni muy grande, con unos ojos que no eran de este mundo, sin párpados, sin pupilas, de un color profundamente negro, eran impenetrables... unos ojos vidriosos, malignos, aterradores; su piel verduzca, gelatinosa, pegajosa, movía eso que parecía ser una boca, que abría para asomar unos como diminutos dientecitos, como queriendo morder lo que fuera; la chica retrocedió aterrorizada, no quiso mirar más, no podía creer lo que había visto. No quiso saber como era el resto de su cuerpo. Esa cosa no era de ella, no era cierto, le habían mentido. Se abrazaba así misma. Lloraba desconsolada. 

- Marian, lo lamento querida, por eso no quería que lo vieras. Esto no tiene explicación alguna. No se qué es lo que concebiste; no es tu culpa; no te preocupes, no está sola. Lo único que puedo asegurarte es que jamás había visto algo así en toda mi carrera de profesional; me gustaría que habláramos más sobre esto, sobre el “padre” de ese “niño”, o sobre tus anteriores relaciones; por ahora solo en ti está la decisión, si deseas que lo sacrifiquemos. Lamentablemente en esas condiciones nadie aceptaría adoptarlo, ni siquiera una institución pública. Esto tampoco puedo callarlo por mucho tiempo. Cuando este caso salga a la luz, vendrán los medios de comunicación. Y tampoco sé como será su desarrollo, seguramente llegará a ser objeto de investigaciones, un animalito de laboratorio. Unicamente tú puedes darnos la autorización para que siga viviendo o no. Si decides eliminarlo, nadie te culpará, no puedo asegurarte cómo será el futuro de tu “niño”... 

Salió al pasillo sin querer oír más, queriendo olvidar lo que había visto, lo que ella había “parido”, recordó cómo lo había engendrado, con quién lo había concebido. ¿Quién había sido realmente ese extraño? ¿De dónde había salido? Un escalofrío hizo la hizo temblar. ¿Era del infierno? ¿Era de otro planeta? Nunca pudo notar en él en esa noche algo raro, era o parecía totalmente un ser humano. Tal vez nunca lo sabría. Solo sabía que allí en envuelto en esa manta, pateaba la criatura más espantosa, producto de una noche de sexo y lujuria, un engendro que aullaba para ser alimentado, amamantado, amado... un pequeño ser abominable, como salido del averno, que creció y salió de sus entrañas de una forma científicamente inexplicable. 

Lo cierto es que esa criatura era su hijo. Le pedían que diera autorización para eliminarlo, para matarlo. Volvió a entrar al cuarto, mientras nadie la veía, quería verlo nuevamente, aún se movía tapado en su sabanita; allí gemía ruidosamente, como llamándola, abría su pequeña garganta donde parecía albergar una cueva oscura, sus ojos al verla, creyó observar que en su boca se dibujaba una sonrisita cruel, perversa, ¿lasciva? estiró sus manitos, de dedos extraños, como diminutas garras, ella se sentía reconocida, el engendro sabía que era su madre, quería prenderse de ella y alimentarse de su leche, estiraba sus manitos buscando sus pechos, reclamándolos furioso. 

Marian, cerró los ojos, era su decisión, esa cosita era monstruosa, era demoníaca, era asquerosa, pero era su hijito; no podía matarlo; era de ella, de su sangre, de sus entrañas; lo tomó entre sus brazos y la criatura abominable calló, dejó de gemir. Se arrimaba a ella, buscaba inquietamente sobre su blusa abriendo su boquita insaciable de hambre. Lo envolvió dentro de la cobija y comenzó a caminar despacio, avanzando por el pasillo hasta la salida. Tomó un taxi que la llevaría a un destino lejos de allí, muy lejos, donde nadie la reconociera, sólo ella y su pequeño engendro....

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