jueves, 31 de enero de 2013

LA PECADORA



“…el que esté libre de pecado que tire la primera piedra…”

Quieren saber quién soy? Soy una de estas tantas… una de esas que vagan por esta vida, sin norte, sin brújula; ésa que lleva marcada sobre la frente una señal, para que todos me rechacen, me escupan, me señalen, me tiren piedras, ésa que por error, o mala decisión, torció el sendero de su vida. Tengo el oficio más viejo del mundo… no es necesario adivinarlo. Llámenme como quieran, prostituta, ramera, vaga, malandra, caminadora, callejera, como se les dé la gana. En este antiguo oficio no hay nombres, apodos sí, mi nombre de batalla es Irene. ¿Que por qué, cómo y cuándo llegué adónde estoy? Por todos los motivos y por ninguno. Quizá también porque se me dio la gana. Quizá porque quise encontrar una salida fácil a mis problemas. Quizá a causa este mundo hipócrita, puritano y fariseo. Un mundo machista donde sólo ganan los hombres, donde todo el derecho está a favor de los machos de la sociedad.

 Lo hice por todos los motivos menos por dinero, soy una callejera cualquiera, no soy de lujo, cobro una tarifa normal, soy ave nocturna que se recuesta en el poste de una avenida, de una esquina, a rifarme como una yegua en celo al primero que pase en un auto; salgo cada noche a pelear con uñas y dientes mi puesto en la avenida con otras p… o con los travestis; es en estas horas de la madrugada donde se puede apreciar el verdadero submundo de los que viven fuera de la ley, de la moralidad, de la decencia. Un submundo sin misericordia, sin amor, sin compasión para el que penetre en él. Aquí no valen los sentimientos, ni las lágrimas, aquí la vida humana no vale un céntimo. Todo lo más podrido de la ciudad sale a la oscuridad de la noche, ésos que hacen llamar señores, salen en sus lujosos autos a levantar a tipas como yo. Mayores y jóvenes, depredadores que de día visten trajes de oficina, de ejecutivos, de banqueros, de todos los rangos, en su mayoría casados, levantan a la que más les guste. Aquí me encuentro sumergida, para servir como una esclava del placer y la lujuria. Bueno, ya estoy acostumbrada a todo el degenerado que se me acerque, viejos babosos, puercos, cerdos; tipos sádicos, chicos vírgenes, impotentes, drogadictos, mafiosos, políticos, todos han probado mi cuerpo, con el único objeto de cumplir sus fantasías sexuales, porque las mías no son asunto de ellos ni de nadie.

Vivo sola, tengo un apartamentito bastante agradable, soy puta pero limpia, adoro los perfumes, sobre todo los franceses, las cremas; soy callejera pero me gusta vivir como todo el mundo, con las comodidades, con confort, comer bien, hacer ejercicio, me gusta la música, mirar novelas o películas; no terminé la secundaria, porque siempre fui cabeza dura para los estudios, pero totalmente ignorante no soy; la poesía me fascina, o ¿qué creen? ¿que por ser lo que soy, no tengo mis hobbies, mis preferencias? Mi apartamento pequeño es todo mi mundo, lo comparto con otra compañera que me ayuda sufragar los gastos. Eso sí, aquí no entran hombres, este lugar es sagrado, sólo para mis seres queridos más cercanos. Aquí descanso del libertinaje, aquí no soy esclava de nadie. Me pongo mis shorts, mis franelas punks, me hago mi cola de caballo y soy la mejor ama de casa, cocino una pasta a la carbonara estupenda, detesto las dietas, como lo que tenga ganas de comer. De noche, vuelvo a ser p…, de día, soy una chica podría decirse normal, apenas tengo treinta años, aunque a veces me siento de sesenta cuando me deprimo o me amargo; vivo con un perro y una gata, ellos son los que más me entienden, me cuidan, son los animales más humanos que haya conocido. Los animales son los otros, los babosos de doce a cuatro de la madrugada. 

¿Alguna vez alguien se habrá preguntado qué piensa una prostituta cuando está prestando sus servicios? ¿Alguna vez alguien se habrá preguntado si esa ramera tiene solamente una vagina, unas tetas, un trasero para usárselo? Me tildan de pecadora, pero me pregunto yo, ¿quién pecará más, la que presta el servicio o los que lo utilizan? Es verdad, es mi oficio, yo lo elegí, yo me metí en esto sin que nadie me obligara, pero ¿y los babosos qué? ¿Ellos no son pecadores? A lo mejor yo no soy tan prostituta como las otras. ¿Creen que no me gustaría tener una familia, un marido, hijos? También puedo enamorarme, pero mi corazón no se lo rifo a nadie; me enamoré una sola vez en la vida, vivimos algún tiempo juntos. Él, Ernesto, quería que me saliera de este basural, pero cuando una cae como yo, prostitución, drogas, alcohol, se entra fácil, pero para salir, amigos, ya no hay regreso. Aunque me reencaminara, nunca dejarían de señalarme; esa marca, una prostituta la llevará en la frente el resto de su vida. Una vez tuve una amiga, muy querida, y tuvo la suerte o la bendición de conocer un buen hombre. Se enamoró de ella, le propuso matrimonio y la sacó de esta cloaca asquerosa, y le fue muy bien, tiene hijos, una linda casa, claro que, la pobre tuvo que cambiar el nombre, irse de su ciudad. Hizo bien, la considero una mujer valiente, y por eso la envidio, verdad que la envidio.

Otras mujeres de mala vida, como nos llaman también, han tenido una suerte espantosa, porque en este mundo de oscuridad, florece sobre todo lo peor de los seres humanos, la maldad, la perversión, asesinos y sádicos abundan en manada. Muchas de mis amigas aparecieron muertas en un cuarto de hotel, en un barranco, violadas, acuchilladas, descuartizadas, pero como son prostitutas, la policía no se esmera mucho en investigar sus casos, total la vida de una prostituta ¿a quién le importa?. Mas bien, la mayoría piensa que nos merecemos un mal final por ser esas mujeres sin derecho a ser salvadas; nos consideran el desecho de cualquier sociedad, y puede ser que haya algo de cierto en eso, no defiendo lo que hago, no me escudo detrás de ninguna excusa, al fin y al cabo es un trabajo que elegimos por una decisión errada e irreversible; pero con eso nos ganamos la vida, damos de comer a nuestras familias, pagamos el alquiler, la luz, gastos médicos; desde que el mundo es mundo siempre hubo tipejas como yo. Antes en la antigüedad nos lapidaban, nos quemaban en la hoguera, ahora es otro tipo de inquisición la que nos juzga, la que nos aniquila, la que nos margina. Es la inquisición de una ciudad sin Dios, de los que se sienten mejores que los demás, de la gente falsa que no le importa un comino del prójimo, que tira una limosna de lástima en las misas y después salen a la calle a hablar mal de otros, a juzgar a quien no conocen. No crean que voy a hablar mal de la religión, porque es precisamente en la iglesia donde en muchas ocasiones encontré refugio, ropa, comida, y ayuda para liberarme de las drogas y el alcohol; mis mejores amigas después de mis mascotas, son unas monjitas con las que compartí algunas etapas de mi vida. Ellas atienden el hogar para las mujeres extraviadas, Sor Mariana, ella intentó enderezarme, lo intenté, y lo sigo intentando, siempre recuerdo sus palabras “no vendas tu cuerpo, tu cuerpo no es tuyo, es templo de Dios”, pero ya les digo es imposible salvar este cuerpo cuando se está metida en este pozo sin salida; es como un remolino que nos hunde más y más en el abismo. En el fondo es miedo, pienso, miedo a encontrarme con mi conciencia, miedo a mirar hacia atrás, a encontrarme conmigo misma. La gente me juzga sin saber lo que siento, sin saber quién soy, me condenan a una morir en una hoguera eterna, no los culpo, soy otra libertina más que ha contribuido a corromper sus vidas, sus calles, su oxígeno, sus maridos; aunque ser p… no significa ser mala, nunca le he deseado mal a nadie, ni le hecho mal a nadie, excepto a mí misma; yo me condeno más que ellos, me prohíbo buscar otra vida mejor, soy pecadora sin perdón, mostrando sus nalgas, ofreciéndose al mejor postor, el vicio es mi droga, mi único oficio para sobrevivir. Lo hago porque me gusta o porque ahora ya no me queda más remedio. Sin embargo tengo mis momentos de tristezas, de nostalgia, tengo los sueños de cualquier mujer, ganas de salirme de este lodazal, cambiar de nombre y esconderme en el fin del mundo. 

Sé que si hay alguien que pueda ser capaz de sacarme este infierno de las calles es Sor Mariana, una santa anónima que pocos conocen, una ser excepcional que ha sabido enseñarme así como a otras como yo, que la vida no es sólo ésto, viejos puercos babosos que al terminar de hacerme sus porquerías, o exigir que se las haga yo (porque en este negocio no se pide, se exige), me tiran el dinero en la cama y se van sin darse vuelta, sin preguntarme cómo me llamo, si lo he pasado bien, si desean verme otra vez, si tengo hambre, si no estoy enferma, la verdad una p… les importa una soberana mierda, perdón, sólo sé hablar el lenguaje de la calle; eso sin contar las palizas qué me han dado, (empezando por el proxeneta, que controla mis ganancias, ése sí que es malo, un ser siniestro), cuando no quedaron conformes con mi servicio, o cuando les cobro más caro; la verdad, si hay algo que odio en este mundo es a esos gordos, borrachos y viciosos que derraman su semen inmundo sobre mí y al día siguiente son capaces de ir a comulgar a una iglesia; si hay algo peor que esos patanes no tengo idea. 

A la iglesia me da cómo cosa entrar, nunca fui demasiado creyente, he ido alguna que otra vez, y las veces que he entrado, nunca los domingos, no me daban ganas de salir. Me daban ganas de quedarme horas y horas sentada en el banco, respirando ese perfume especial que hay en un templo. Perfume de paz, de reflexión, de cirios, de silencio, “perfume de Dios” lo llamaría yo. Quedarme un rato mirando las imágenes que me miran mudas, con una expresión tan viva en sus rostros, que no pocas veces me hicieron llorar; que al mirarme parecieran decirme: ”hija vuelve siempre, te perdono, te amo, te amé siempre”, eso me lo dicen los ojos de la Inmaculada, de Jesús Crucificado, del Divino Niño. Pero soy tan cobarde que salí corriendo esas pocas veces. Ese miedo a mí misma que me aterroriza, me hace cobarde, me hace negar toda idea de salvación, de acercamiento a Dios. Es horrible, pero es así, quizá porque me siento muy sucia por dentro, muy corrompida, pienso que Dios no se merece a alguien como yo, o mejor dicho, yo no merezco a Dios. Él tan puro, tan perfecto, yo tan pecadora. Incapaz de huir de esta vida que no es vida, que es una muerte diaria, que como una lepra va pudriendo mi corazón… No sé si otras que han elegido este camino sienten lo mismo; al menos yo tengo este sentimiento. Y hasta a veces me da por presentir que mi final no será feliz. Podría ser de dos maneras, acabar vieja y sola sin ninguna compañía, o muerta destripada en una zanja… Nunca se sabe lo que se puede encontrar en estas calles malolientes; nunca se sabe lo que levantaré en la próxima esquina… Porque no hay muchas maneras de terminar en este oficio. Lo cierto es que nunca tendremos un final feliz. Una vez vi esa película “Pretty baby” era como un cuento de hadas de una prostituta, que encuentra un millonario que la saca de su submundo. Si me hizo reír, me hizo acordar un poquito al caso de mi amiga, eso le sucede raramente a mis compañeras. ¿Quieren que les diga?, podrán encontrar su príncipe azul, que las rescate, que las salve, pero nunca dejarán de ser lo que son. Nadie se convierte de la noche a la mañana. El pasado siempre nos persigue adonde vayamos. Igual les deseo mucha suerte porque se la merecen. 

Por si acaso siempre llevo colgado un crucifijo pequeño de madera, regalo de mi monjita amiga, que por pedido suyo nunca me lo quito ni para bañarme. Lo llamarán superstición, o como quieran, pero si no lo llevo puesto siento que me falta esa protección divina que tan solo El puede dar. Eso es lo que más me hace sentir bien con Dios, con Jesús, que si es verdad como dicen las monjitas, perdonó a todas las Magdalenas que vivimos del pecado. Pero Jesús fue uno solo y tiene muy pocos imitadores. Pienso que Dios no importa en este lugar de la tierra, ni en toda la tierra. el hombre es un ser implacable, sobre todo cuando se sienten poderosos. Mientras tanto sigo deambulando en esta ciudad, caminando perdida como mi propia alma, sobreviviendo como una pecadora entre otros pecadores. Sin esperar, sin buscar, embarrándome cada día entre la suciedad de los hombres. No los culpo a ellos, nacieron así, como nací yo, eligieron la perversión como la elegí yo. Condenados a vagar en su Sodoma y Gomorra, situada en cualquier parte del mapa, condenados porque queremos; de día ellos son inmaculados caballeros, y yo una chica solitaria que le da de comer a su perro y a su gata. En algún lugar vive una parte de mí que no se encuentra, una niña perdida que se extravió en sí misma, que por mala elección se equivocó de puerta. En alguna iglesia hay todavía una imagen hablándome, “regresa, hija, arrepiéntete y no peques más”. Quisiera volver, arrepentirme, renacer con otra alma, ¿encontraré ese camino? Quizá esta crucecita me lo indique alguna vez, la beso, la aprieto con fuerza para no perderla y retorno a las calles de mi perdición….
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N I N A



La conocí una tarde abril en un parque, era otoño, cuando los árboles y las hojas se tiñen de dorado. Fue una tarde de esas que la vida parece detenerse; cuando la vi, también se detuvieron mi oxígeno, mis latidos. Fue como una aparición, ella también me vio y sus ojos me dejaron eclipsado, eran como dos soles ardientes, dos estrellas doradas que atravesaron mi alma, mi cuerpo; desde esa vez no pude alejarme de ella. Yo le dije –Hola; ella respondió con otro: -Hola. Observé su rostro, tan bello, como extraído de un cuadro de Boticelli. Su piel tersa, blanca, su nariz pequeña y recta, sus labios rojos, carnosos, que provocaban morderlos. Devoré los hoyuelos que se marcaban al costado de su boca cuando sonreía; desde ese momento la amé, la adoré, la veneré. Esa tarde nos miramos y seguimos caminando juntos. Fuimos a tomar un café, mi fascinación por ella se aceleraba, se desbordaba sobre la mesa; me tenía idiotizado, hasta hoy no puedo comprender como una persona puede ejercer tanto dominio sobre otra, ¿qué tuvo ella, qué vi en ella para haberme convertido después en lo que fui?


No me pregunten sobre su vida, porque siempre fue y será un misterio, para mí sólo fue Nina, una muñeca de carne y hueso, que me atrapó en las redes de sus brazos, de los cuales nunca más pude escapar. Tomamos un café y otro y otro. Estuvimos allí hablando de no sé qué. Mientras conversábamos sus ojos dorados y enigmáticos giraban, acariciaban, me envolvían, decían todo lo que deseaba saber. Nuestras manos también hablaban entre sí, sin pensarlo se rozaban, agarré sus finos dedos y los guardé entre mis manos, los apreté tanto que la hice gemir. El contacto con su piel comencé a volverme loco. Nina… Nina… Nina… Todo es ahora un vago recuerdo.

Anocheció después y seguimos caminando, perdiéndonos en la noche, sin preguntarnos nada, ya sabíamos adónde nos dirigíamos, desde que se cruzaron nuestras miradas, solamente podía haber un lugar donde acabaría o continuaría nuestra relación. Ella me llevaba, yo sólo la seguía como un autómata, desde que la encontré el mundo pareció dejar de existir; olvidé si tenía mujer, si tenía hijos, madre, hermanos, quería que solo estuviera ella, mi amada Nina, mi adorada Nina; la noche era fresca, la brisa traía olores mezclados, pero únicamente podía sentir el perfume de su piel, el aroma de su pelo largo y sedoso; llevaba puesto un vestido, que al vaivén de sus caderas, delineaba su trasero, ¡cómo la deseaba! y en pocos segundos sería una realidad; entramos a un cuarto, un motel que también olvidé donde queda, qué importancia puede tener el nombre del motel. Entramos, no encendimos todas las luces, sólo la luz del baño, allí nos derrumbamos en el lecho, la deseaba tanto que no sabía cómo acariciarla, no sabía si tenía derecho a profanar la belleza de su cuerpo. Nina fue la que tomó la iniciativa, ella comenzó a desvestirse, a invitarme a acariciarla, con sus dedos acarició sus senos, su vientre, más abajo… ya no pude más… di rienda suelta a mis instintos de fiera, caí sobre ella, devorando cada poro de su piel, sus pezones, toda ella, hasta llegar al centro de su excitación. Nina… Nina… Nina… al acariciarla, al tocarla, al excitarla, su nombre era lo único que salía de mis labios, la excité, la llevé al paroxismo del placer, hasta que sentí que explotaba, entonces allí la penetré una y mil veces. Hoy creo que más que hacerle el amor la violé, así la quise y la poseí, como un loco desesperado; como un vampiro deseaba lamer su sudor, su aroma, su sangre, su olor a hembra en celo. Ella no sé qué sentiría por mí, gemía entre mis brazos, luchando y entregándose al mismo tiempo; dándome el placer y la lujuria que ni en mis más absurdas fantasías podía imaginar. Mucho después, casi al amanecer nos quedamos dormidos, abrazados, desnudos, apretando nuestros cuerpos, yo seguía soñando que seguía haciéndole el amor; esa noche pensé que dejaría la vida que tuviera por estar con ella. No podía ya vivir sin Nina. La necesitaría para alimentarme de su cuerpo y de su amor cada noche. Un solo momento bastó para amarla. Un solo momento bastó para perderla.

Cuando me desperté quise palpar su pelo, besar su cuello, tocar sus senos para excitarla nuevamente. Pero así como uno se despierta de un largo sueño, así fue mi despertar sin Nina. Estaba solo y abandonado en el lecho. No estaba, se había ido, me incorporé de un salto, la llamé pensando que estaría en el baño, desapareció como si se la hubiera tragado la tierra. Me vestí rápidamente, no supe si gritar, si llorar, si patear a todo el mundo; me sentí burlado, estúpido, un monigote usado en una noche de pasión; no podía ser, ¿de qué cuento había surgido esa mujer, con rostro de ángel y ojos de bruja? Nos amamos una sola noche, ahora Nina se había evaporado… Me sentía abrumado, desolado. Comprendí que no había significado nada para ella. Nunca supe de su vida, como dije, nunca pude comprender si fue realmente, un ángel o un demonio. O las dos cosas. Supe al mismo tiempo que nada podría detener el huracán que esa mujer había desencadenado…

Regresé cabizbajo a mi hogar, casi arrastrándome, de vuelta a mi trabajo, a mi aburrida rutina, continué viviendo, mas en mi mente un pensamiento me atormentaba, me perseguía, un nombre se repetía como un eco en mi cerebro. Nina…Nina…Nina… No podía olvidarla, ni arrancarla de mí, la vida debía continuar y no sabía cómo continuarla. Sin ella me faltaba el aire para vivir. Tenía que encontrarla, preguntarle por qué, de qué se trataba todo esto. Quería obligarla a que se disculpara, pero no había modo de averiguar su paradero. Fue un sueño fugaz de una noche loca y apasionada de sexo, un encuentro inverosímil, y yo… ya no sabía quién era yo, me miraba al espejo y no me reconocía, me sentía envejecido, me miraba como a un extraño; con el pasar de los días me convertí en una especie de zombi vagando por las calles, repitiendo estúpidamente su nombre. Y entonces la odié, la odié con todo lo que era capaz de odiar, me lo dio y me lo arrebató absolutamente todo en un instante. Algo comenzó a crecer en mi interior… una furia, un instinto desconocido que comenzó a poseerme igual que lo hizo ella; Nina me había convertido en lo que era, animal más que hombre, un muerto viviente, un pobre diablo, un pelele que soñó ser el dueño de su alma, su amante, su hombre, un imbécil iluso queriendo acabar su pesadilla, porque esto tenía que terminar de alguna forma. Esa rabia fue mi alimento diario para recordarla, el incentivo para buscarla donde fuera, sentía un deseo por Nina, pero más que un deseo de adorarla y poseerla, era un deseo de aniquilarla. No quise luchar contra mis demonios, su recuerdo se fue volviendo obsesión. Nina se sintió con derecho a robarme mi vida. Yo también decidí que tenía el mismo derecho a robársela. Y para siempre…

Así continué pasando mis días, preguntándome mil formas y maneras para volver a encontrarla, entonces recordé el café, donde estuvimos sentados, donde los remolinos de sus ojos me envolvieron para tragarme hasta el fondo del abismo. Y la odié más… Me dirigí al café; dicen que el criminal siempre regresa a la escena del crimen. ¿Ella regresaría también? Porque en ese lugar es donde Nina planificó arruinarme. Fui ese día, otro día y todos los días. Entonces un atardecer la vi, sentada en una mesa tomando café con otro hombre… Maldita. Puerca. Asquerosa. Puta. Ramera. Ya tenía otra víctima en su telaraña. Me quedé a la espera, afuera, para poder seguirla. Pasaron dos horas, ya había anochecido igual que la otra vez. Salieron los dos tomados de la mano igual que la otra vez; todo me sonaba a deja-vu; yo en calma, sereno, frío, en mi mente crecía una sola idea poquito a poco, crecía en mi mente una ira acerada y helada, una ira que iba tomando forma de puñal, de revólver, de cualquier objeto que matara, pero me dije no… con mis manos la hice mía, con mis manos la aniquilaré para que no vuelva a burlarse de nadie más, para que no arruine a nadie más.

¡Y qué casualidad, que los seguí hasta el mismo motel!, ¿irían al mismo cuarto? De repente me imaginé que ese imbécil era también yo. Uno igual a mí pero con distintos zapatos, otro autómata que se dejó arrastrar, siguiéndola como un perro a una perra calentona, siguiendo su perfume caro de prostituta de lujo. Mi piel sudó frío, ira y celos…sobre todo celos… Los vi tomar el ascensor, que comenzó marcar los números de los pisos, uno…dos…tres…cuatro… se detuvo allí también: ¡nuestro mismo piso! Mujer diabólica, víbora enroscada, callejera barata, sentí que mis ojos escupían llamaradas de veneno, de odio acumulado a través de los días que estuve sin ella. Subí lentamente… Nada me detendría. Sabía dónde estaban… No volverías a escaparte zorra... Toqué la puerta, una, dos veces, pasó un minuto… silencio… toqué otra vez… -¿quién es? dijo una voz- no contesté, volví a golpear esta vez más insistente, abrió el cabrón de mierda, estaba semidesnudo, cuando me vio se me quedó mirando, quiso cerrar la puerta súbitamente al ver que era un extraño, pero no perdí el tiempo, quise sorprenderlo, él no tenía la culpa, pero se había metido con algo que era mío, lo agarré, lo empujé hacia dentro le di una patada en los huevos, en la cabeza, otra patada en el culo y lo arrojé del cuarto. Cerré la puerta. En la cama, absorta, mirando la escena con el cabrón estaba ella; la mujer que amé una sola noche, el objeto de mi adoración, estaba en el mismo lecho donde fue mía, ahora sucia de sexo y lujuria entregándose a otro. Sus ojos esta vez no se arremolinaron, ni me hipnotizaron, no daban crédito a lo que veían, estaban paralizados de terror, de pánico. Nina comprendió que sus minutos estaban contados. No pensé más, no la dejé hablar, ni le pregunté por su abandono. No tuve memoria, ni cerebro para pensar: en una fracción de segundos mi ira ciega y descontrolada se desbordó sobre la desgraciada que arruinó mi vida, no llevé armas, para qué si tenía mis manos, que la agarraron por el cuello y la estrujaron con una fuerza descomunal, bestial; esas manos que fueron esclavas de su cuerpo, ahora serían el verdugo que la mandaría al más allá. Seguí apretando su fino cuello, hasta sentir que su último aliento escapaba de su garganta, se fue poniendo morada, en instantes sus ojos brujos se volvieron hacia atrás, quedaron blancos… Y allí la solté, estaba lívida, con sus ojos inexpresivos, sin vida, dos estrellas apagadas y la boca abierta, en su rostro quedó una expresión terrorífica, mirando al vacío, su cuerpo desparramado entre las sábanas aún tibio quedó sobre la cama; hubiera querido besarla por última vez, arrancar de sus labios algo de vida, era inútil, la presa de mi cólera enceguecida, era ahora un cadáver. Me quedé con ella sentado a su lado, con mis ojos secos, sin poder llorar, sin importarme nada, si había sufrido, nada… Fuimos dos víctimas del destino. Adiós Nina de mi alma… te amé tanto como te odié, te odié tanto como te amé. Fuiste el principio y el final de mi amor y de mi vida. No quise escapar, ni correr, me quedaría esperando a que me buscaran. Seguramente el cabrón fue avisar enseguida a la policía. Me entregaría. ¿Qué importaba nada si Nina ya no estaba? Ella se lo llevó todo.

Esa fue mi corta historia de amor, la maté porque la quise locamente, porque no pude soportar saberla en brazos de otro, la deshice entre mis manos estrangulándola. Del hombre tranquilo que fui, pasé a ser un asesino implacable, un psicópata, un ser despreciado por todos, sin embargo, ni con todo el mal que desaté pude matarla dentro de mí, no pude olvidarla; entre mis remordimientos vivirá acosándome, culpándome, sus ojos como nunca viven ardiendo en mí, como una hoguera. Hoy estoy aquí, en esta oscuridad pagando mi condena, sin ver el sol, sin saber qué día es, envejeciendo con el correr del tiempo. Nada espero, nadie me espera. Fui el arquitecto y el destructor de mi destino. Todos los recuerdos buenos se van esfumando, nadie viene a verme, nadie pregunta por mí. Mi mundo es ahora una celda sombría, vivo en el propio infierno de mi encierro y mis remordimientos. No sé todavía si Nina fue una alucinación de mi mente, si la imaginé, o si tal vez ella fue parte de un sueño del cual no logro despertar. Ya no me quedan motivos para vivir, sólo ver pasar lentamente los días, dentro de las rejas de esta cárcel, donde se extinguirá mi vida poco a poco. Y desde esta tumba , me aferro a los barrotes, repitiendo un nombre que como un eco trae la brisa mezclada de olores, Nina… Nina… Nina...

LA CLARIVIDENTE - CAPÍTULO I



El hogar de la familia Nelson era muy sencillo; de condición humilde, pero sabían vivir con lo que ganaban, papá Boris, pescador de profesión, hombre de complexión fuerte, manos rudas, llevaba cada tarde su balde repleto de pescados para vender y para el sustento de la familia; mamá Clara, medio gordinfla, arrastrando el peso de sus cincuenta y ocho años, bastante abandonada en su aspecto, vistiendo unas alpargatas y una bata vieja; los trabajos en el hogar, los hijos, el marido, poco tiempo y ganas le quedaban para mirarse en un espejo. Tuvieron cinco hijos, dos varones, tres mujeres; en escalerita, todos seguidos; la vivienda era una chocita de madera que Boris Stogonoff, de ascendencia rusa, construyó al lado del río. Su vida era común, sin comodidades, pero tenían esa alegría que solamente conoce la gente pobre; vivir sin presiones, sin angustias, sin el materialismo que existe en los demás. Boris, Clara y sus cinco muchachos. Una casa pequeña, de madera, un río, los árboles, los pájaros, y el amanecer y anochecer de cada día. No necesitaban nada más. Los niños iban a una escuelita que quedaba a dos kilómetros, al menos llegarían hasta el sexto grado, luego los varones aprenderían el oficio del padre. Al mediodía era la hora sagrada para reunirse todos a la mesa a disfrutar del delicioso pescado que Don Boris proveía cada semana en el hogar, servido con arroz o en una suculenta sopa con verduras. A pesar de su humildad, su fe siempre se mantenía firme e inquebrantable, antes de dar comienzo el padre bendecía los alimentos dando gracias a Dios.


Ese mediodía había mucha algarabía, risas, Don Boris en la cabecera mientras Clara iba y venía con los condimentos, el agua, la sal, el perro y el gato también como miembros de la familia, esperaban impacientes el turno para ser convidados. El aroma al pescado frito llenaba el comedor.




-Pásame la sal Anita



-Alex, siéntate bien, no pongas los codos en la mesa- se dirigió Boris. ¡Mujer por qué no te sientas de una vez, siempre lo mismo, cuando estamos acabando es que tú te sientas a comer!


-Ya viejo, no gruñas, ¿cómo está ese dorado?

-Rico mami, mmmmm, para chuparse los dedos – decía una vocecita suave.

-Lisette por qué no estás comiendo? Hasta que no termines no te levantas de la mesa.

Lisette la penúltima de ocho años, miraba a todos comer, esa mañana estaba un poco calladita, en realidad su forma de ser era un poco retraída.

-Papá, no me gusta el pescado, tiene muchas espinas. Me comeré solamente las verduras.

-Vamos niña, yo te ayudaré le sacaré las espinas a tu pescado pero me haces el favor y te lo comes. – le dijo su madre Clara. –Pero te veo como medio rara, que te anda pasando? ¿estás enferma?

-No mami, no estoy enferma pero me siento un poco triste.

-Y eso? –Don Boris frunció el ceño – Todos pusieron sus ojos en la niña preocupados también.

-Es que me siento así, muy triste, -pequeñas lágrimas aguaron sus ojos- el hijo de los Román va a morir mañana.

Don Boris se atragantó, lo que le provocó una fuerte tos; a Clara se le cayó el vaso de las manos. Los demás niños se miraban unos a otros. Nadie entendía nada.

-¡Pero qué estás diciendo muchachita! ¡Acaso te volviste loca! Tú debes tener fiebre. Hazme el favor y sube a acostarte a tu cuarto. ¡Hábrase visto, por Dios!

No se volvió a hablar del tema. Lisette se quedó en su cuarto, llorando, y sin entender ella misma por qué había dicho tal cosa. Solamente pensó en lo que su mente había visto el día antes: Al pequeño Esteban Román de cinco años hundiéndose en el río.

A la mañana siguiente, muy al alba, Boris preparaba sus anzuelos, su caña y sus redes para comenzar su jornada. Era sábado, por lo que no habría escuela, las niñas mayorcitas ayudarían a mamá en los quehaceres de la casa, los varones a sacar la basura, nadie en la casa estaba nunca ocioso. Lisette y Anita de cuatro años, jugaban en el patio trasero, saltando, e inventando sus juegos de niñas. De repente Lis, como le decían a veces, empezó a ver imágenes, que iban y venían, como luces parpadeantes chocando en sus ojos, alguien cayendo por la colina… un niño… agua… mucha agua…. el niño se hundía hasta las profundidades del río. Sus pulmones se llenaban de agua. Ya no veía vida en él. Mamáaaaaa, el niñoooo!!! se ahoga!!!! ¡¡¡ se ahoga!!! Clara corrió hacia ella abrazándola, pero Lis convulsionaba en un ataque de nervios, descontroladamente.

Esa tarde esperó ansiosa el regreso de su marido, para contarle lo que había pasado, habría que llevar a la niña a un médico, a alguien que la revisara, tenía miedo que se le estuviera volviendo loquita, su niña tan pequeña, era imposible. Pero Boris tardaba más que otros días. ¿Qué pasaría? El nunca llegaba tan tarde. Ya iba ocultándose el sol, Dios mío, que no le hubiera pasado nada. Quizá no tuvo buena pesca y se quedó otro poco más para no volver sin nada. Pero a estas horas ni siquiera tenía lumbre, ni siquiera había luna llena, frotaba sus manos ansiosa, mirando el camino por si lo veía venir. Como a las nueve de la noche ya había acostado a todos los hijos, se quedó limpiando los trastos, poniendo orden en su cocina, cuando sintió la puerta que se abría lentamente. Apareció Boris, empapado de pies a cabeza, casi sin moverse cerró la puerta y se quedó parado, estático, mirando el suelo.

-¡Viejo! ¡Qué te pasó por Jesucristo nuestro Señor! ¡Pero si estás hecho una sopa!

-Ni te imaginas mujer, ni te imaginas. Estaba pescando hoy, me fui con el bote un poco más allá de mi sitio preferido, un poco más cerca de los Román, cuando vi un tumulto de gente gritando, entrando y saliendo del agua. Les grité: ¿qué pasa? ¿Necesitan ayuda? –Alguien me gritó enloquecido, Esteban, el más pequeño, cayó al río, no lo encontramos. Solté mi caña, todo… y me tiré para unirme a la búsqueda. Hace tres horas lo encontramos, con la cabeza abajo, flotando en el agua… muerto…

-Ay Señor!!! ¡¡¡No puede ser!!! ¡¡¡Qué horror!!! Viejo, Lis justamente tuvo una crisis hoy al mediodía, gritaba desesperada que veía en el agua, a alguien ahogándose… Viejo, acuérdate de ayer en la mesa, ¿cómo pudo saberlo?

-No sé mujer, tendremos que hablar con ella, que algún médico la vea, le hagan algunos estudios; yo seré ignorante, pero estoy seguro de que eso fue una premonición.

Así comenzaron para Lisette sus primeras visiones de clarividente. Un don que no la abandonaría en toda su vida, y que pasaría a formar parte de la vida de muchas personas.
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Como a las seis de la mañana Verónica Marall se dio una ducha; ese día se lo dedicaría todo para ella, saldría a caminar, trotar un poco; al mediodía tenía un almuerzo con sus dos amigas del alma, Patricia y Adriana, las tres eran una fórmula explosiva, “las tres mosqueteras” así les decían en la universidad. Cuando una estaba en apuros las otras se presentaban de inmediato, eran jóvenes, tres adolescentes de 18 y 19 años, Verónica comenzaba sus estudios de medicina, Patricia, odontología y Adriana informática. Ese mediodía tenían previsto almorzar para planificar las vacaciones de julio, o ir a una excursión a las montañas, o un crucero por el Caribe, o una gira París-Madrid-Lisboa. Aun no sabían, tirarían a cara o cruz, o un sorteo con papelitos, cualquier cosa, pero alguna parte irían, en búsqueda de aventura, de romance, de lo que el destino les ofreciera. A la noche aún no tenía decidido, si aceptar la invitación de David, o de ir a casa de sus padres para darles una sorpresa. Por lo pronto, salió de la ducha y mientras se iba vistiendo, fue a la cocina a preparase un croissant con jamón y queso, y unos huevos revueltos. Se puso el mono azul y blanco, las zapatillas rosadas, y su vincha negra de karate para atajarse el pelo en la frente.

Sonó el teléfono pero no lo atendió, esperó a escuchar el mensaje para ver quién sería:

-Vero, es Patri, dónde andas loca? Ya saliste? Quería contarte algo…

-Epa, boba, soy yo, estoy saliendo –Verónica había agarrado el tubo.

-Tan temprano? No quieres que te acompañe? La misma ruta de siempre?

-No, ya me voy, de regreso te llamo. Como a las once estoy de vuelta. Y que es eso que querías contarme?

-No, mejor te lo cuento personalmente. Te espero, no tardes loquita, corre bastante!! te voy a extrañar!!

-No digo que eres una boba? Ni que me fuera a escalar el Everest. Nos vemos bobitaaaaaa. Te quiero muchoooooo.

Verónica terminó su desayuno, agarró su celular, su Cd, sus audífonos, no se olvidaba nada. A las once estaría de regreso.

El teléfono comenzó a sonar a las once y cuarto, habló la voz de Patricia:

-Bueno loquita que pasó, todavía no llegaste? Apúrate que tenemos que hablar!!!

El aparato siguió sonando de hora en hora, ya la voz de Patricia no parecía feliz:

-Amiga, pero qué pasa contigo? Te estoy llamando a tu celular y tampoco responde, ya me estás asustando caray!!! Si no me llamas dentro de una hora me voy a enojar contigo de veras. Adriana también te está llamando y tú nada caray!!!

Siguió sonando el timbre del teléfono hasta la madrugada. Adriana y Patricia se presentaron en el apartamento de su amiga, tocaron el timbre, pero nadie atendió. ¿Qué había pasado con Verónica? Ella no era así, nunca fallaba a sus compromisos, si decía que volvía a tal hora, a tal hora volvía. Algo no andaba bien. Solamente sabían que alrededor de las 6.30 o 7 de la mañana había salido a trotar al Parque O’Higgins, y que después regresaría como a las once a.m.; que quizá se reunirían las tres para planificar el viaje. Después de ahí se perdió su pista. Las jovencitas decidieron esperar hasta la seis pm. Si no había noticias llamarían a sus padres. Verónica vivía sola en ese apartamento que sus padres le alquilaron para estar cerca de la universidad. Las otras dos chicas vivían con sus familias, aunque la mayor parte del día se lo pasaban en lo de su amiga para dormir a veces, o para estudiar durante el día.

El celular de la chica Marall no volvió a contestar. Como muerto. Las dos amigas recorrieron el parque O’Higgins, por si la encontraban, pero era un parque muy extenso, con muchos árboles y callejuelas, a las 5 de la tarde lo cerraban. El cielo se tornó más oscuro, las dos adolescentes regresaron a la parada del autobús, tomadas de la mano, como dándose fuerzas. Ese cielo sombrío y sin estrellas, traía malos presagios. Verónica Marall estaba desaparecida.

En casa de los Marall estaba todo tranquilo, el reloj dio las 7 de la noche, cuando la criada le anunció a Beba Marall que tenía una llamada.

Beba atendió enseguida: -¿Si, quién?

Una voz insegura y apagada habló desde el otro lado de la línea:

-Si Beba, soy yo Patri

-Querida, ¿cómo estás? Me sorprendió tu llamada. ¿A qué se debe ese milagro?

-Quería preguntarle, por casualidad, Vero está con ustedes?

Beba se quedó asombrada de esa pregunta. Su Nanni, ¿cómo iba a estar con ellos?

-No querida, por qué me preguntas? Pero tú deberías saberlo mejor, tú y Adriana. Me quieres explicar? No se supone que ustedes se la pasan juntas.

-Si… ejem… lo que pasa es que como Vero me dijo que tenía reservada una visita sorpresa para ustedes. Y bueno… esta mañana hablé con ella por teléfono, se estaba vistiendo para ir a trotar y bueno…

-Patricia que pasa? Te siento como nerviosa. Y entonces? ¿No has ido a su apartamento?

-Si fuimos, se suponía que regresaría como a las once a.m. Llamamos a su celular y no responde. En el departamento no hay nadie aparentemente. Fuimos al parque también pero no la hemos visto. No quería preocuparla, pero como ya son las siete, no sabemos qué hacer. Y pensamos que podría haber ido hasta allá.

Beba calculó las horas, desde las once de la mañana hasta las siete de la noche, es mucho tiempo, no quería alarmar a la familia todavía, solo consultaría con su marido. El miedo se metió por sus poros. No quería ni imaginar, no quería pensar en lo que estaba invadiendo su mente. Tenía que conservar la calma, la serenidad.

-Está bien querida, yo te llamaré, creo que lo mejor será que viajemos hasta allá, es un viaje de cuatro horas, así que estaremos llegando a la madrugada. Le rezo a Dios que para ese momento haya aparecido. Ay esa niña!!! Dónde se habrá metido? ¿No habrá salido con alguno de sus amigos?

-Le preguntamos a David, pero al parecer, él no la vio en todo el día.

Ya habían pasado veinticuatro horas después de la desaparición de Verónica; Beba y su marido, Jean-Claude, salieron presurosamente a la estación de policía; iban tomados de la mano, consolándose mutuamente, dándose ánimo y esperanza de que su hija aparecería en cualquier momento. En la oficina del capitán los esperaba el Inspector Kossi, quien los recibió amablemente, se encerraron a puerta cerrada. El inspector cerró las cortinas y pidió que no le pasaran llamadas. Tristán Kossi era un hombre blanco, tenía unos cincuenta y ocho años, de contextura fuerte, vestía una camisa celeste de manga corta, llevaba puesto un chaleco antibalas, bluejeans, tenía algunas pecas en la cara, pelirrojo, ojos muy azules; pero no se parecía en nada a los detectives de la televisión; les pidió que se calmaran y que fueran respondiendo a sus preguntas, con toda la sinceridad posible.

-Cuándo fue la última vez que la vieron?

-Nosotros vivimos en Lago City, como a cuatro horas de este pueblo; a nuestra hija la vimos por última vez hace tres meses, ella estudia en la Universidad, por eso se vino a vivir a Loma Verde; le alquilamos un apartamento pequeño, que compartía muchas veces con sus dos amigas, Adriana y Patricia.

-¿De qué hablaron la última vez?

-Pues, de sus estudios, de sus proyectos, de asuntos familiares, nada fuera de lo común. Ella era muy alegre (inconscientemente habló en pasado, como si ya no viviera), perdón quise decir, es una chica alegre, divertida, optimista, como todas las chicas de su edad. Tiene 19 años.

-No tiene ninguna sospecha de que quisiera suicidarse, o quisiera huir hacia otro lado?

Beba no entendió esa pregunta, o el inspector no la entendió a ella. –Le digo Inspector, que era una niña optimista, sólo quería terminar su carrera de medicina y trabajar en alguna clínica, o poner un consultorio privado.

-Disculpe señora Marall, debo hacerle todas estas preguntas que son de rigor, para desviar cualquier sospecha, usted conoce a su hija, pero yo no. Hasta ahora no se ha encontrado ninguna evidencia de violencia, o de algo peor. ¿Tenía novio? ¿Conocía chicos?

-Eso se le pueden responder mejor las amigas, a mí en realidad no me contaba mucho sobre sus amigos; ya saben cómo son las jovencitas, por teléfono no había mucha oportunidad de hablar mucho sobre su vida personal.

-¿Mientras vivió con ustedes no hubo nunca peleas familiares? ¿Alcoholismo? ¿Drogas?

-Jamás Inspector, jamás. Es una niña decente, sana mental y físicamente.

-Sí señora, pero tiene diecinueve años. Usted misma ha dicho que no conoce mucho de su vida personal.

Beba sentía que perdía la paciencia, sus ojos se le llenaban de lágrimas. Jean-Claude la abrazó y la besó hablándole al oído –Cálmate querida. Todo se va a solucionar.

-Bueno señora Beba, señor Jean-Claude, por ahora no haré más preguntas. No quiero que se sientan peor de lo que están; sí les voy a pedir que me den una foto de su hija, la más reciente, para publicarla; y si en esta semana no se sabe nada, trate de distribuir por todo el pueblo de Loma Verde un volante con la foto de su hija, pidiendo que cualquier información que tengan se comuniquen a la estación de policía. No le recomiendo que ponga su teléfono privado. Si esta situación se prolonga, los medios de comunicación comenzarán a hacerle preguntas, a averiguar sobre su hija. Cuánto más gente colabore en esta búsqueda, contribuirá a encontrar a Verónica. Ahora vayan a su casa, deben conservar la serenidad, y rezar mucho para que todo esta investigación culmine positivamente. Que tengan buenos días. Les dio la mano al matrimonio, pero en cuanto salieron, una sombra cruzó por sus ojos…

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La vida de Patricia y Adriana no volvió a hacer la misma, era como si a cada una les faltara un brazo, o una pierna, o un miembro indispensable de su cuerpo; cuando pasaban por la calle de su apartamento, se quedaban mirando, como esperando que su amiga saliese por la puerta a abrazarlas. Habían pasado dos meses, nada volvió a saberse de Verónica, como si se la hubiera tragado la tierra. Ahora sí tenían la certeza de que algo horrible debió ocurrirle. Al menos no tenían la esperanza de volver a verla con vida. Ir a ver a sus padres era ahondar en ellos el dolor, porque eran como dos hermanas de la muchacha desaparecida. Las dos estaban seguras de que alguien se la llevó. Sabían de alguien que podría saber algo. Lo único que Patricia pudo decirle a la policía es que esa mañana habló con su amiga, quien tenía algo importante que decirle. No tenía idea de que podía ser. ¿Si tenía novio? Novio no, aunque le gustaba un chico de la universidad, un tal Tony, un chico bastante apuesto, simpático, alto, de pelo negro rizado, con un físico muy atlético, estudiaba Educación Física. Entrenaba en los colegios, y en algún gimnasio. Pero cuando la policía lo localizó, Tony declaró que no la veía hacía una semana, hablaban por teléfono, pero no se vieron esos días. Tenía una coartada bastante confiable. Esa mañana estaba entrenando en el Colegio San Ignacio.

-¿A Tony no lo has vuelto a ver?

-No, recuerda que casi no lo conocíamos. Vero me le presentó –dijo Patricia- pero después casi no lo veía.

-No me resigno a no verla más, al menos si ya no vive, saber dónde está su cuerpo. Ayyyyy!!!! Me duele tanto amiga. ¡Qué injusta es esta vida!

-Tengamos fe, algún día la encontraremos. Algún día volverá con nosotros.

En la mañana de ese mismo día, una llamada entró en la central de Policía. El oficial de guardia Marcus Estrada, atendió, habló unos minutos, y luego se abalanzó en la oficina del Inspector Kossi

-Inspector, llamó una persona para denunciar que encontraron unas prendas y un celular en el parque.

Kossi se levantó inmediatamente. –Que esa persona nos espere en el lugar, que no se vaya, y que nadie toque nada de lo que halle a su alrededor. Seguramente es de la chica Marall. Aunque habiéndose cumplido ya tres meses y medio, no creo que pueda recogerse mucha evidencia, con la lluvia, y la gente que pasa por allí, habrá contaminado muchas pruebas. Que nadie de aquí divulgue nada, no quiero que la familia se entere hasta estar seguro. ¡¡¡Dios mío!!!! Con esta noticia, ya no me cabe duda de que la chica está muerta-.

Llegaron con dos patrullas al parque O’Higgins, un lugar muy extenso, boscoso, hermoso sitio, pero también un blanco fácil para depredadores humanos, que van en busca de mujeres. Ya habían acordonado el lugar con cinta amarilla, y marcando en la grama y en la tierra todas evidencias halladas. Había una chaqueta azul y blanca, muy sucia; más allá, un celular Blackberry; y un poco más lejos, un aparato de Cd. con los audífonos conectados. No había nada más. Colocaron todo en diferentes bolsas plásticas. Kossi revisó un poco más el sitio para buscar huellas de pisadas, de sangre, nada…. O la lluvia había borrado huellas, o alguien había limpiado el lugar... Pero dejaron esas pruebas. Quien fuera o quienes fueran no eran muy inteligentes.

Las pertenencias resultaron ser de Verónica. Se recogieron todas las huellas que pudieran haber de ADN, o digitales, pero fue inútil. Se las entregaron a sus dolidos padres que no encontraron conformidad. No había nada que hacer. Su hija debía estar seguramente por allí, enterrada o…. En la mente de Beba se dibujaban imágenes tortuosas, terroríficas. Nunca más podría volver a dormir con normalidad. Nunca más podría continuar su vida, no hasta que le entregaran el cuerpo de su Nanny, como fuera, como estuviera. Lloró amargamente. Su marido no lograba cómo consolarla, su vida se había hecho añicos; pero no quebrantarían su fuerza, ni su voluntad, no descansarían hasta encerrar a la bestia que les había arrebatado a su niña.

Adriana y Patricia fueron a almorzar, era el 24 de septiembre de 2002, dentro de poco se cumplirían cuatro meses de su tragedia. ¡¡Cuatro meses!! Cuatro años, cuatro siglos, no había sitio en Loma Verde donde no estuviera pegada la foto de Verónica con el mensaje: "Verónica Marall, desaparecida el 1 de mayo de 2002. Fue vista por última vez en el parque O’Higgins. Quien tenga alguna información les agradecemos notificar a los siguientes teléfonos: 00 800 51666778."Central de Policía de Loma Verde. Mucho se había hecho para extender su búsqueda, los vecinos del lugar también contribuyeron inspeccionando en todo el parque, en las partes más boscosas, en los pantanos. Las unidades caninas contribuyeron rastreando con el olor de sus ropas; habían agotado todos los recursos, la policía trabajaba con mucha presión y contra reloj. Cuanto más tiempo pasara, más tiempo costaría encontrarla, y averiguar quien la había secuestrado o asesinado.

Se sentaron a almorzar todos, y Adriana habló con cierta inseguridad, pues le incomodaba hablar sobre el tema. –Sabe Beba, mi madre conoce a una señora que es clarividente. No sé si alguna vez ha conocido a una clarividente. Ella podría ayudar a encontrar a Verónica.

-Hija, ¿me quieres decir que es una de esas mujeres que usan tabaco, té o café; no querida, te agradezco, pero no creo en esas cosas, esa gente solo le gusta sacarle dinero a la gente…

-No Beba, la interrumpió la joven de 20 años, una clarividente no es una adivina, o una bruja, ni espiritista; son personas especiales con un don muy especial; ellos tocando sus ropas, o su foto, sienten la energía de la persona desaparecida. Con probar no se pierde nada, ni estaría cometiendo ningún delito. Esas personas no actúan fuera de la ley, ni a escondidas. Si ustedes quieren puedo programarles una cita-.

Beba dudó. Era creyente, asistía a su iglesia casi todos los domingos. Le parecía una insensatez y un irrespeto a Dios, involucrarse en ese tipo cultura; en el fondo le inspiraban miedo esas personas. Mas… por su hija haría cualquier cosa. Ya habían recurrido a tantas formas de encontrarla, que una más…. No tenía nada que perder… Verónica se había llevado toda su ilusión de vivir. –Bueno querida, lo dejo en tus manos.

-Si Beba, en cuanto tenga la respuesta le aviso. Verá que no perderá el tiempo. Mi mamá y mi tía utilizaron sus servicios una vez para encontrar a un familiar. (Adriana no quiso agregar que por lo general estas personas casi siempre obtienen respuestas negativas del hallazgo, por lo general los buscados aparecen muertos)

El jueves siguiente Adriana acompañó a los padres de Verónica a la casa de la clarividente, quien se llamaba Lisette Nelson. Sí, efectivamente, era esa niña, la hija de Don Boris Sogonoff y su mujer Clara, la niña que tenía poderes especiales, que predijo la muerte a su amiguito Esteban en el río. Hoy Lisette era una mujer, de cuarenta y cinco años; muchos años habían transcurrido, y su don de conectarse con las personas desaparecidas se había profundizado mucho más. Cantidad de gente acudía a pedir su ayuda. Los resultados eran siempre positivos, es decir que pocas veces fallaba en sus visiones. Hoy llegaba a su puerta el matrimonio Marall. Lisette los recibió con mucho cariño, manifestándoles con palabras de consuelo por la desaparición de su bella hija.

Pasaron al comedor, Beba todavía se sentía algo cohibida, le costaba creer en esas cosas. No estaba segura si iba contra su fe, contra Dios. No estaba segura si esa mujer era un estafadora, como tantas otras.

-No tema señora Marall. No tenga miedo de contarme lo que piense. Sé que para usted debe ser difícil recurrir a este tipo de ayuda. Para todos es difícil la primera vez. Le aseguro que haré todo lo que pueda. Como ve no soy una bruja gitana, ni uso cartas de tarot, ni bola de cristal, mi trabajo no consiste en eso. Solo necesito que me dé una foto de su hija, un mapa, o alguna prenda que haya usado. ¿Cómo era el nombre completo de la niña?

-Verónica Estela Marall -. Le entregó al momento una foto muy linda de la chica. Cada vez que la miraba, sentía que le clavaban mil cuchillos, que se desangraba por dentro. Se la dio sin volver a mirarla.

-Les pido silencio por favor. Y otra cosa, no quiero que me comenten nada sobre su desaparición. Ni lugares, ni nombres, nada. Absolutamente nada sobre su vida. Sólo su nombre. Así, de esa forma, podré visualizar mejor que le pasó. Todos debemos tener fe y confianza en el Ser Superior.

Al instante tomó la foto de la jovencita desaparecida entre sus manos. Cerró los ojos. Miles de imágenes fueron a su encuentro. Su cuerpo se estremeció. Veía árboles, muchos árboles, en uno de los árboles estaban marcadas las letras F.N.A love A.M.L Se veía acostada en la tierra, el miedo y la angustia hicieron convulsión en ella. Ella era Verónica. De repente otras imágenes golpearon sus pupilas; un hombre la desnudaba; la manoseaba, estaba siendo violada, el violador le arrancaba sus bragas, eran sus últimos minutos de vida, lo sabía; ella luchaba, pateaba, intentaba arañar a su atacante, que luego golpeaba su cabeza con algo muy duro; el sujeto a continuación le puso una cuerda alrededor de su cuello; no pudo distinguirlo bien, su rostro estaba oscuro; no lo veía con claridad, los ojos de Verónica no se lo mostraban pero había algo en él... algo que no era totalmente desconocido; la respiración de la chica se agotaba; sólo podía ver los ojos de su asesino mientras la estrangulaba; el alma de Verónica Marall dejaba este mundo. Se había ido…

Lisette salió de su trance. Como en otras oportunidades sabía la respuesta. Y esta era la parte más dolorosa: comunicárselo a sus pobres padres.

-Lo siento pero Verónica se fue. Alguien la mató. La estranguló y le golpeó la cabeza con una piedra grande. Es todo lo que pude ver por ahora.

-¡¡¡Diooos!!!! Pero ¿cómo lo sabe? ¿Cómo puede estar segura? Ahhhhh!!!! Beba y Jean-Claude lloraron desconsolados.

-Hace treinta y siete años que tengo esa seguridad. Desde niña comencé a desarrollar el don de la clarividencia. Verónica fue asesinada en un parque, hay muchos árboles. En uno de los árboles están grabadas las letras F.N.A love A.M.L Continuaré trabajando en su búsqueda; de eso pueden estar seguros.

-Gracias Lissette, de alguna forma nos sentimos más tranquilos, al menos ahora sabemos que la policía tendrá otras herramientas para trabajar. Verónica fue vista por última vez en el parque O’Higgins. Usted nos dirá cuánto dinero debemos pagarle…

-No, mi trabajo no es lucrativo. Solo tiene sentido humanitario. Sólo me gusta ayudar a las personas. Mi ganancia es saber que esas personas pueden aparecer, ser devueltas a sus familias y enterradas en cristiana sepultura. Sigo estando a la orden, de ustedes y de la policía. Pueden llamarme o venir cuando lo deseen-. Se despidieron con un hasta pronto. Lisette sabía que volverían; el contacto con Verónica Marall la dejó temblando. No pudo ver al asesino, pero su don le dijo que estaba cerca, que Verónica lo conocía….

De ahí salieron inmediatamente a ver al inspector Kossi, quien no se esperaba lo que sabría después.

-¡¡¡¿¿¿Quéeeee?!!!! Una clarividente? ¿Pero ustedes creen en eso? Ay Dios!!! No lo puedo creer. Señora Beba, señor Jean-Claude… esto es algo muy serio, algo muy grave. ¿Cómo pueden tomar las palabras de esta mujer como algo seguro, confiable? Brujos, magos, espiritistas, clarividentes, para mí todo es lo mismo. Vamos, ya estoy viejo para estas cosas-.

-Inspector, nos importa un rábano lo que usted crea. Por favor vayan a ese parque y encuentren un árbol con las letras F.N.A love A.M.L

-Señora, ¿usted contó los árboles que hay en ese parque? No puedo poner a mi gente a revisar árbol por árbol. Sería como buscar una aguja en un pajar.

-Entonces por favor, ¡¡¡por favor!!! Hable con Lisette Sogonoff, se lo ruego, hable con ella, estoy segura que cuando la vea cambiará de opinión.

El 25 de septiembre, a primera hora de la mañana el inspector citó a la clarividente en la entrada del parque. Se la imaginaba con un pañuelo, con faldas largas hindúes, con blusas floreadas, con un puro en la boca. Nada de eso, era una mujer relativamente joven, muy elegante. Pelo corto, castaño claro, buena figura, lindas piernas. Era la “bruja” más atractiva que había visto en su vida. La esperaban con un pastor alemán por si necesitaba su colaboración canina.

-Buenos días señora Lisette, aquí estamos para ayudar en lo que usted diga. ¿Cómo podrá encontrar ese árbol? ¿Cómo pudo adivinar todo lo que ha sucedido?

-Inspector Kossi, no soy adivina, solo una mujer con dones clarividentes. Veo a través de imágenes, de energías que emanan a través de las fotos o ropas de las personas desaparecidas; no me pregunte por qué, ni dónde, ni cómo, no tengo respuesta para eso; solo me dejo llevar por ese sexto sentido o don o como quiera llamarle. Ahora le agradezco si me dejan caminar adelante yo sola, ni quiero cerca ningún fotógrafo, ni periodista, ni policía, todo eso puede causar interferencia; por favor déjeme tocar las ropas halladas de Verónica-. Le alcanzaron la chaqueta. Lisette rozó con sus dedos suavemente la chaqueta azul y blanca. Cerró los ojos. Empezó a caminar… Siguió derecho, luego dobló a la derecha, había un caminito angosto, sabía que la mano de Verónica la estaba guiando. Quería que la encontraran. Habrían avanzado como treinta metros. Al final del caminito había un grupo de árboles. Lisette se internó aun más. Se paró en un roble grande, inmenso. Tocó con sus manos: F.N.A love A.M.L . Ahí era. Ese era el sitio. Aquí la habían asesinado. Volvió a sentir las manos en su cuello. Vio la cicatriz en el rostro de su depredador y sus ojos nuevamente, sus ojos de asesino, de ira, de odio. Le atravesaba una ceja. Abrió los ojos. Aquí tiene Inspector, aquí está el árbol. Este es el sitio donde mataron a Verónica. Kossi abrió sus ojos como platos. Después de esto no podía seguir diciendo que no creía.

-Increíble. ¡¡¡Increíble!!!

-Y otra cosa más. El asesino tiene una cicatriz en la ceja izquierda. . No muy grande pero bastante visible. Tiene ojos claros. Verónica conocía a su asesino.

-Pero ¿cómo puede saberlo? ¿Ella se lo dijo?

-En cierto modo. Cuando entro en trance, la energía de esa persona se mezcla en mi cuerpo y me “habla”, me conduce, me dirige, me hace saber que quiere ser encontrada y devuelta a sus seres queridos.

-Sabe qué Lisette, nos gustaría contar con su ayuda en la Central; en casos como éste que no hay resultados. Cuando ya agotamos todos los esfuerzos.

-Cuando Ud quiera Inspector Kossi, siempre estaré a su orden. Cuando quieran llamarme.

-Cuente con eso.

LA CLARIVIDENTE - CAPÍTULO II




-Dígame Patricia, hábleme un poco de los amigos que tenía Verónica, había alguien especial en su vida? Hasta el menor detalle puede tener importancia.

-Vero tenía un amigo, David Lihn, es compañero nuestro, él es un poco serio, conozco poco de su vida, estudiaba Comercio, pero después dejó los estudios, le gustaba mucho la fotografía, así que sus padres le pusieron un local de revelado de fotos. No sé mucho más.

- Y alguien más? –volvió a preguntar el inspector.

- A Vero le gustaba chatear, hace dos meses conoció a un chico , se llama Tony, pero no sé su apellido. Creo que lo conoció, y se vieron una o dos veces. Supongo que la mañana que hablamos por última vez por teléfono, tal vez quiso contarme algo sobre él.

-Está bien, interesante información, habrá que revisar el correo de Verónica. ¿Me lo puede facilitar?

-veromarall@ ….com 

Más tarde el inspector se dirigió con uno de sus oficiales expertos en informática para revisar la computadora de la infortunada chica.

El sargento Prince comenzó su búsqueda en el correo que les dio Patricia. Había varios correos, de sus amistades, de la universidad, pero uno llamó su atención: tonylabinia@...com lo abrió:

Tony: -te extrañé lobita
Verónica: yo también, cada día más.
Tony: ¿cuando nos vemos?
Verónica: mañana, después de las 12.
Tony: ¿Qué harás hoy lobita?
Verónica: Caminar, trotar, correr….
Tony: ¿En el sitio de siempre?
Verónica: Si allí, donde nos vimos por primera vez….
Tony: Entonces mañana, no puedo esperar…
Verónica: Yo tampoco…. I L Y
Tony: T Q L

Inmediatamente le mostró el correo a Kossi. –Rastrea el correo de tal Tony. El conocía el parque, puede ser sospechoso. Pero también hay que investigar al otro, a David Lihn, qué tipo de relación tenía con Verónica. Consígueme las fotos de los dos presuntos. Quiero saber si alguno de ellos tiene una cicatriz cerca del ojo. Las necesito pero para ayer…

Corrieron a la Central, allí Prince se puso a la tarea del rastreo de los dos. En su computadora tenía varios programas especializados en búsqueda de personas, de correos, de páginas delictivas de internet; no tardó mucho en encontrarlo: Tony Labinia, de origen italiano, apareció su foto, de pelo moreno, ojos negros, no se distinguía alguna cicatriz. Pudiera ser que la foto no fuera muy reciente. Dirección: Calle Pentecostés – Edif. Surlan – Piso 9 – El Paso. Comenzó a rastrear al otro, David Lihn, su correo lihn.david@...com , tardó un poco más pero lo  halló, apareció el nombre de su negocio, Revelados Lihn & Co. Dirección: Av. Alameda, cruce con 3ª. Avenida – Loma Verde. No aparecía su foto.

-Inspector aquí tiene la información, Labinia vive en el Paso, no tiene cicatriz en la foto. Lihn, conseguí su dirección, mas no su foto.

-Buenísimo Prince, que no aparezca cicatriz no quiere decir que no la tenga. Ve a El Paso a buscarlo. Vayan armados, y con mucha cautela. No sabemos qué tipo de sujeto será. Yo iré a ver si encuentro al otro.

Cada uno se subió a su patrulla. Prince y Estrada salieron a toda velocidad, era un pueblo a una hora de Loma Verde. Un pueblo no tan pequeño, con muchas calles y avenida, tenían que llegar cuanto antes. El tiempo se acortaba…. Kossi llegó en veinte minutos al local de revelado. Tocó el vidrio. Parecía cerrado. Esperó… No abrió nadie.  Se dirigió a la parte trasera. Creyó escuchar una música….

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Lisette estaba arreglando sus flores, su jardín era su mundo, allí hablaba con las plantas, con los pájaros, los recuerdos de su niñez acudían a su memoria cada vez que se sentaba a tomar el sol, a remover la tierra, lejos quedó ese río, esa casita de madera, sus hermanos, sus padres; Boris y Clara habían fallecido hacía diez años; de sus hermanos sólo quedaban Sebastián, Christian y su hermana Anita. De vez en cuando los veía, se reunían más que nada en Navidad, Año Nuevo o en los cumpleaños. Ella se casó con un escritor de novelas, Pedro Lever, pero su marido murió a  los cinco años de casarse, no tuvieron hijos; su muerte dejó a Lis en la más profunda de las soledades. No quiso volver a tener relaciones con nadie, se dedicó a honrar la memoria de su difunto marido. En esos pensamientos estaba, cuando repentinamente las imágenes volvieron a su mente… árboles, muchos árboles, un lago, y el número 9 Este. Se veía cargada, con los brazos y la cabeza hacia atrás… seguía viendo su rostro, su rostro que no olvidaría nunca; ahora podía apreciarlo con más claridad… yo sé quién eres… tú lo hiciste… ¿por qué? ¿por qué?.... después más agua…
Tenía que llamar urgentemente al inspector. Debía hacerle llegar esa información cuanto antes. Pero el inspector no contestó. Sabía que en ese lugar se encontraba el cuerpo de Verónica. Lo que no sabía es donde podía haber un lago.

……………………………….//…………………………

Prince y Estrada llamaron en la puerta del apartamento 9. Abrió una señora bastante mayor.

-¿Se encuentra Tony? Mostrándole sus placas de policías.

La mujer se quedó paralizada. No tenía idea de que por qué buscarían a su nieto. ¿En qué lío se habría metido?

-Sí, esperen un momento, por favor. ¡¡¡Tony!!!! Te buscan, ven rápido!

-¿Quién es?

-La policía….

Tony apareció caminando lentamente. Vio a los dos hombres de uniforme azul parados en la puerta. ¿Qué querrían?

-¿Tony Labinia?

-Si, yo soy, para qué me buscan?

-Nos gustaría que nos acompañara para hacerle algunas preguntas.

-¿Conoce Usted a Verónica Marall?

-La he visto dos veces, somos amigos de internet.

-¿Cuándo la vio por última vez?

-¿Por qué esas preguntas? Yo no he hecho nada. –respondió poniéndose a la defensiva.

-Nadie lo está acusando de nada. Responda. ¿Cuando la vio por última vez.? ¿Y en dónde?

-Fuimos al cine una vez. Pero eso fue hace unos meses. Después no la volví a ver. ¿Pero que está pasando? ¿Le pasó algo a Vero?

-Aún  no sabemos. Está desaparecida desde hace como cuatro meses. Tony tragó saliva. Estaba en problemas.

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Una vez en la jefatura se le hizo un intenso interrogatorio a Tony, le colocaron el detector de mentiras y pudo pasarlo. Hubo que descartarlo como sospechoso, el chico parecía sinceramente apenado por la desaparición de Verónica. Tampoco tenía cicatriz. Sólo quedaba David Lihn que aún no aparecía. La investigación del caso quedó en un punto muerto. Quedaba la esperanza de que la clarividente pudiera aportar otras novedades. El inspector Kossi decidió hacerle otra visita a la mujer, este asunto lo tenía muy mal, estaba contra la pared, soportando la presión de los medios y de la familia para que se aclarase el caso. Pero sin un cadáver tampoco podía probarse que hubiera habido un crimen. Estacionó en frente de la casa de Lissette, una casita muy bonita, con un jardín espléndido en la parte delantera, al entrar se respiraba mucha paz, la casa tenía de la esencia de Lissette, no bien tocó la puerta, la clarividente le abrió con una amable sonrisa y lo hizo pasar.


-Lissette, perdón que interrumpa sus actividades, necesito hablar con Ud. Este caso nos está volviendo locos. Será que puede ayudarnos nuevamente?


-Pase inspector, haré todo lo posible, pero pase por favor.


Se acomodaron en la mesa; Lissette puso delante de ella la foto de Verónica, tanteó con sus dedos y cerró los ojos… Imágenes que golpeaban sus ojos la hicieron sacudir, un cuerpo destrozado, heridas profundas en su cuerpo desnudo… Otra imagen se hizo presente, una calle ciega, un galpón, herramientas, carros viejos deshechos, un hombre con camisa a cuadros de espaldas acomodando el cuerpo dentro de una maleta…. un basural…. Otros nombres se fijaron en su mente Frontier, un número 2510. Ya no pudo más, el dolor le atravesaba la piel, Verónica dijo sus últimas palabras. Deseaba que la encontraran para volver con su familia a descansar en santa paz.


Abrió los ojos llorosos, tratando de reponerse, deseaba que todo terminara pronto, también se sentía sumamente afectada por lo sucedido, quizá más que ninguno. Solamente ella era la que podía sentir a la chica, vivir su dolor, su miedo, su muerte…

-Perdón Inspector, cuando entro en trance siento mucho sufrimiento. Verónica está muerta.


-Si Lisette, eso es algo que no cuesta adivinar, pero que pudo ver o sentir?

-Vi una calle con un número 2510, era una calle ciega, un nombre Frontier, vi como un galpón o un taller con carros viejos, vi el cuerpo de la muchacha, torturado, violado, lleno de heridas, el asesino lo puso dentro de una maleta. Por último vi un basural, posiblemente haya arrojado la maleta en ese sitio. No puedo decirle más.


-Frontier, carros viejos, hay una calle con ese nombre en la parte sur de la ciudad. Debe ser una chivera, usted sabe, donde se venden partes carros inservibles, o deshechos. Y el basural, creo que hay uno por aquí. Quería pedirle Lisette un último favor, si puede acompañarnos al basurero cuando realicemos la búsqueda. Se hará como usted indique. Es imprescindible que venga con nosotros para que podamos encontrar el cuerpo. Revisaremos el basural. Luego investigaremos la dirección.


-Si Inspector, cuente conmigo. Déjeme buscar mi bolso.


A las dos horas toda la caballería se dirigía al basural, con las patrullas caninas, los voluntarios, y por supuesto la prensa y la televisión que no se despegaban ni por un segundo. Era un lugar bastante grande, así que tendrían que armarse de paciencia y buscar. Al llegar el hedor comenzó a hacerse insoportable. Todos se colocaron máscaras o vendas en sus rostros para aguantar el olor inmundo. Lisette pidió poder ir delante de ellos para que no hubiera interferencia en sus sentidos. Pasaron como tres horas, turnándose, ya el sol iba ocultándose en la loma. Lisette iba caminando con Voraz, uno de los perros de la patrulla que la acompañaba, también siguiendo su olfato. Parecía como que la mujer y el animal siguieran el mismo rumbo. Como si los dos supieran donde podía encontrarse el cuerpo. De repente la clarividente divisó la maleta. De color marrón rojizo. Asomada entre unas bolsas. Señaló con el dedo. Voraz al mismo tiempo también corrió hacia el lugar. Y se sentó al lado de la valija. El también había cumplido su parte.


Llegaron corriendo Kossi y sus oficiales, pidieron a los demás que se mantuvieran a distancia. Ese momento iba a ser demasiado fuerte, aguantando el olor ácido y fétido del lugar, abrieron la maleta. Allí recostada en posición fetal, estaba el cuerpo descompuesto y maltratado desde hacía varios días de la infortunada Verónica. La colocaron en una camilla y envuelta en una manta para protegerla de las cámaras, de los curiosos que morbosamente deseaban mirar. Los padres desconsolados se abrazaron, descansando al fin de tanta angustia vivida. Su hija podría tener cristiana sepultura.


Kossi, se sintió conmovido, pensó en sus hijas, casi de la edad de Verónica, ya se podía probar que había un cuerpo. Solo faltaba el asesino, el desalmado que la violó y mató. Ese hombre tenía sus horas contadas, “seas quien seas, ya sé donde encontrarte, tus días se acabaron maldito”. De inmediato, dejó a cargo a su gente para seguir con los procedimientos que continuarían, de la inspección del cadáver, muestras de ADN, de sangre, fibras, todo lo concerniente. El hizo aparte a Medina, “vamos a la calle Frontier, alguien nos espera”…