lunes, 7 de marzo de 2011

MORIR POR AMOR



Se conocieron en una tarde de lluvia, en una esquina, él le ofreció su paraguas para acompañarla hasta la parada del autobús; y al mirarse una chispa se encendió, sonrisas, el roce de las manos; Ivana, de ojos negros inmensos, lo cautivó; Alberto, no podía dejar de mirarla, ella bajaba los ojos, un poco avergonzada; mientras hablaban de cosas sin importancia, mientras la lluvia cantaba una melodía de romance nuevo, un hombre y una mujer escribirían otra historia de amor anónima, corriente, mezclados entre la gente, nadie parecía notar que debajo de un paraguas, entre murmullo de besos dos prometían quererse, anhelarse, amarse.

Después de una semana Alberto la llamó, ella aceptó, salieron a tomar un café, a hablar, a conocerse; sentados en la mesa de una confitería, entre café y café, no fue necesario hablar demasiado, solo querían mirarse, fascinados el uno con el otro. El rozó sus manos con una caricia suave, Ivana sintió la primera sensación de un deseo que prometía consumirla. Ella le devolvió la caricia pasando sus dedos por el rostro de ese hombre que la derretía con sus ojos, con el movimiento de sus labios que la besaban sin tocarla. No hablaron mucho más, salieron de allí perdiéndose en la noche estrellada, mágica, el mundo era de ellos. El amor vibraba en los árboles, en las aceras, en las plazas, tomados de la mano caminaron hacia donde el deseo de estar juntos los llevara. Alberto pidió un taxi, al acomodarse, él sin pensarlo y sorprendiéndola le robó el beso tan anhelado, la devoró con su labios, con su lengua; Ivana no podía casi respirar, pero qué importaba, él, su amor, sería su aliento, su oxígeno, desde ese momento supo que ya no podría vivir sin su hombre.

Así amanecieron en un cuarto tibio, desnudos, amándose, deleitándose entre caricias toda una noche, palmo a palmo conocieron sus cuerpos, cada poro de su piel, la chica ya lo amaba, no era virgen, pero había sido como la primera vez, fue suya en una entrega desesperada, que colmó sus ansias todas, se sintió mujer como nunca se había sentido. Le hubiera gustado saber como había sido para Alberto, que había sentido, pero él no decía nada, solo la volvía loca recorriendo con su boca todo su cuerpo. Después sintiendo la placidez de una noche de sexo, exhaustos, descansaron abrazados, mientras fumaban y se miraban con ternura.

El tiempo pasó, los encuentros dejaron de ser tan consecuentes, Alberto no la llamaba mucho, pero Ivana lo extrañaba, sentía celos, tristeza, miedo de que no la quisiera, -¿me dijo alguna vez que me quería, que me amaba?- ese detalle siempre la atormentaba, como un gusanito carcomiéndole el cerebro. A veces iban a comer pizza, al cine, y después terminaban haciendo el amor, pero ya no había esos besos robados, esa locura, esa magia, eso que la enamoró. Ivana sufría, en ella sí crecía ese sentimiento devorador, inquietante, poético, eso que llaman amor… A solas cerraba sus ojos y acariciaba su piel soñando que Alberto la llenaba, la desbordaba, la penetraba. Cuando despertaba, solo veía la soledad de las paredes, esa soledad de su apartamento en el 10º piso y el teléfono… el teléfono, callado, mudo… ¿Acaso había terminado todo así? No, no lo permitiría, así no, sin una palabra, sin una explicación. Hacía más de un mes que no la buscaba. Otra gusanito que la carcomía… nunca la llevó a su casa, nunca le presentó a su familia. Se sintió estúpida, insignificante, buscó en su agenda el número de Alberto. Pensó un poco si haría bien, se decidió y marcó 724.2887. Comenzó sonar el teléfono, sintió que el estómago se consumía de nervios, de angustia. –Aló? (atendió una mujer) – Por favor con Alberto - - No, no se encuentra, quién lo llama? – Es Ivana, una amiga- - Cuando él venga le daré el mensaje- - Con quién hablé si me disculpa? , dijo Ivana–. Contestaron del otro lado: - Yo soy la esposa.-

Ivana sintió que todo le daba vueltas, estaba mareada, un sudor frío corrió por su frente; era casado, casado, casado, casado. Lo repetía sin cesar. Casado, casado, casado. ¡Hijo de puta, miserable, bastardo, cabrón de mierda.! ¡Te odio, te odio, te odioooooooooooo!. Pronunció ese te odio que lleva todos los te amo, todos los te adoro, pero que nunca jamás sería odio. Buscó culparlo, pero sabía que ella se había confiado desde el principio, había dejado seducirse, ella lo quiso así, sin preguntas, ni explicaciones. Porque así es el amor, no permite esperas, se dejó caer en la vorágine de los boleros, de la cama, de la piel, de los orgasmos, quiso ser suya a pesar de lo que fuera. El después nunca se lo preguntó.

El después era este ahora desolado, esta realidad sin salida, solo quedaba olvidarlo. Olvidarlo? ¿Cómo? ¿Cómo se arranca de una vez lo más hermoso, lo más sublime? ¿Cómo reconocer que todo era una mentira, una burla? Que solo fue usada o que se dejó usar. Qué importaba, todo era lo mismo. Si al fin y al cabo no quedaba nada más que la estela de ese dolor. No quiso salir más, no fue al trabajo ese día, ni al día siguiente, ni al otro; no quiso atender el teléfono, ni la puerta; se tendió en la cama a inundar la almohada de lágrimas, de un llanto incontenible; bastardo ¿por qué? ¿por qué? - Yo te quería, yo te amaba – sentía como agujas clavadas en la cabeza, en la espalda, todo era un solo dolor; obnubilada de tristeza, de desesperanza. Sabía que nunca más la llamaría. - Cobarde. Traidor. Mentiroso. Pero yo te quiero ¿me oyes?. Yo si que no te podría olvidar. No me dejes. Vuelve a mí. Suena maldito teléfono, suena–. Todo fue silencio, olvido, despecho, el final. Le faltaba la respiración, el aire, la noche estaba oscura, cerrada. Alberto era una farsa que terminó sin un adiós, sin una llamada. Porque así obran los cobardes. Los que quieren tener una doble vida. Los que viven de la mentira, del engaño. El mundo de Ivana se hizo añicos allí en ese oscuro apartamento de un décimo piso. No pudo pensar más. Vivió por su amor, moriría por su amor.

Se asomó al balcón, miró los autos, la gente que se veían como bultos pequeños, era un sábado, un triste sábado para no creer en nada ni en nadie. Miró los edificios, los carteles luminosos. Ocho y cuarto de la noche. Buena hora para morir, para olvidar, para dejar de pensar, para dejar amar imposibles, para no ser más. Un cielo oscuro con luna menguante fue lo último que quiso ver. Se trepó por la baranda. “Adiós mi vida, no quiero vivir sin ti”. Se paró sin querer mirar hacia abajo. “Algún día sabrás lo que es morir de amor”. Abrió sus brazos hacia arriba, como queriendo alcanzar el cielo y cerrando los ojos saltó…

LA MIRADA DE DIOS



Desde su celeste ventanal miró hacia abajo, hacia el insignificante planeta tierra, más pequeño que los otros planetas, pero el más hermoso, el más perfecto, obra de su Creación, de su Perfección, que alberga a todas las criaturas que lo alaban, las maravillas del mundo, las pequeñas y grandes cosas, los animales, las aves, los peces, las plantas, los mares, los ríos, los árboles, la lluvia, la nieve, la selva, el bosque, el sol, la luna, las piedras, las montañas, las estaciones y de entre todas esas obras, el hombre, su más amada criatura; cuando lo creó era Adán y luego de su costilla la hizo a Eva, para que no estuviese solo. Pero un día desobedecieron y tuvo que echarlos de su presencia. Los condenó a pasar penurias en el mundo, a tener que trabajar para ganarse el pan, a parir con dolor, a envejecer y morir... Y así comenzaron a multiplicarse… hasta este siglo XXI; cuánto tiempo pasó y cuánto seguirá pasando pensó…hasta que decida el día final.

Sacó la cuenta en ese momento de los millones de años que llevaba en la tierra esa criatura débil e imperfecta, pero a quien tanto amaba, de cada uno se sabía su nombre, su dirección, sus pensamientos buenos y malos; su pasado, su presente y su futuro. Decidió darse un tiempo para echar una mirada, recorrer desde el sur hasta el norte, del este al oeste, todos los continentes, todos los rincones de la tierra, para observar hasta el último de los seres humanos y comprobar cuánto se acordaban de El; si alguien lo necesitaba, si alguien lo alababa, si a alguien le importaba, si alguien creía en El….

Su primera mirada fue para los niños, porque ellos , de su Eterno Amor, eran los predilectos, los consentidos; los veía nacer, crecer, jugar, estudiar, llenar de alegría el hogar con su inocencia, su candor, su amor desinteresado, niños ricos y niños pobres, ninguno tenía diferencia, sus ojos desbordaron el cielo de Amor. En sus pequeños aún no había malicia, ni malos sentimientos, solo la vida que comienza, en manos de sus padres, de su familia. En ninguno más que en los niños podría El reconocerse, porque serán siempre la belleza, la bondad y la ternura hecha humanidad. Vio a los abandonados, a los maltratados, a esas criaturitas que no tenían culpa de haber nacido, de haber sido llevados al mundo para pagar por los pecados de sus padres. Los estrujó entre sus eternos brazos, El no los abandonaría nunca.

Luego paseó sus ojos sobre los jóvenes, con su ímpetu, su alegría de vivir, sus idealismos, sus sueños e ilusiones, en muchísimos pudo leer su corazón, que pensaban, que lo amaban, que creían, que esperaban; pero en otros vio lo que no hubiera querido ver, malas intenciones, vicios, perdición, prostitución, alcoholismo, drogas, abortos, más y más excesos; pero también vio la incomprensión en sus familias, la falta de diálogo, la violencia verbal y física; aún había tiempo de hacer algo por ellos, si se dejaran ayudar, si lograran enderezar su camino, si lo buscaran, si le suplicaran, porque era su forma de hablar con sus hijos. Sus amados jóvenes tan extraviados. Vació su mirada de infinita misericordia para consolarlos, para acompañarlos, para hacerles saber que no los olvidaría.

No se olvidó de llegar hasta los asilos, donde en la soledad más desierta vivían los olvidados, los ignorados de la sociedad, los ancianos, esperando la visita de sus familiares o de alguien que quisiera hacerles compañía; diariamente recibían la ayuda espiritual de grupos religiosos o personas generosas, pero raramente iban los hijos y los nietos; ahí permanecían sentados o caminando lentamente, esperando la hora de reunirse con El. Pronto se abrirían las puertas del Cielo para coronar sus penas con el descanso eterno en el seno de su Gloria.

Ya atardecía, quiso observar a los adultos, solteros, casados, viudos, religiosos, laicos, hombres y mujeres, eran millones y millones, cuánto bien y cuánto mal vieron sus pupilas celestes y transparentes; cuánta soledad, amargura y desamor; sentimientos diversos por doquier en los hombres, en las mujeres, sentimientos de bondad, generosidad, altruismo, nobleza, sacrificio, renuncia; matrimonios consagrados ante su Altar, parejas concubinas, parejas divorciadas; allí en las familias quería vivir El, en la unión, en el amor fraternal, filial y paternal.

Recorrió las calles, las avenidas del mundo, las autopistas, demasiado para ver, para no olvidar, para tener siempre presente. Sonrió su mirada viendo a los hombres de buena voluntad, que santificaban su Nombre, que daban amor a los demás, que ayudaban a los desvalidos, a los pobres; que hacían del hogar un templo para el Dios que los creó, que llenaban las Iglesias con cantos, himnos de alabanzas y agradecimiento a sus gracias y favores.

Pero no pudo esquivar sus ojos de los sentimientos más oscuros del hombre, de ese ser creado desde su imagen y semejanza, al que su rebeldía lo hundía en los negros abismos del odio, la soberbia, la envidia, el rencor, las guerras, los crímenes, las violaciones, los abusos sexuales a niños y jóvenes, la eutanasia, la violencia familiar, la pornografía, las tratas de blancas, los secuestros y torturas, el abuso de poder, el lenguaje sucio, robos, estafas, mentiras, calumnias, falsos juramentos, usura, y sobre todo la indiferencia del hombre hacia sus propios hermanos, pobres, enfermos, indigentes, preguntó ¿cómo podía caber tanto mal dentro de su criatura? ¿cómo podría hacerles entender que el Amor, que su Amor lo es todo? ¿cuándo podrían aprender que al obrar con maldad, con mala intención, con burla, con negación, clavaban sin cesar en su Sagrado Corazón puñales, espadas, clavos y coronas de espinas. Que su autodestrucción era el infinito dolor que se hundía en su Espíritu? Dos mil años antes pagó el precio más caro, el que puede pagar el Padre por su Hijo Amado, que fue traicionado, rechazado, sacrificado, torturado, despedazado, inmolado en una Cruz por esos hombres de la tierra, a quienes tanto amó para darles la salvación y la Vida Eterna, a todo el que quisiera seguirlo, amarlo, vivir y morir en El.

Entendía que había hombres, mujeres y jóvenes para los que para muchos no habría salvación, porque no entendían la enseñanza del perdón, del arrepentimiento, que merecerían ser escupidos de su presencia, porque el amor nunca prevalecería en sus corazones; para ellos un profundo abismo hondo y negro se abriría a sus pies por toda una eternidad…

Pensó por un momento en sus Santos y Mártires que alguna vez moraron en la tierra, ¡qué poco aprendieron de ellos, qué poco los recordaron! Aunque era eternamente justo; sabía reconocer muy bien a quiénes lo querían, a los que acudían a su Presencia para pedir por ese mundo cruel, sanguinario y pecaminoso que había creado el propio hombre; había aún millones y millones de almas por salvar, almas que nacerían y morirían, una vida que todavía les regalaba, les obsequiaba con dones, talentos, alegrías y sufrimientos, tragedias, esperanzas y la fe que con el Espíritu Santo los iluminaba; en sus pequeñas e inteligentes criaturas, estaba la razón, el entendimiento, que les daba la oportunidad de tomar las decisiones más importantes, que mediante su existir, tendrían que adquirir la sabiduría para aprender a vivir; en cada uno estaba esa decisión, en su libre albedrío, la de condenarse o salvarse mediante su conciencia, bendito don con que El, Eterno y Omnipotente iluminó a toda la humanidad.

Le sorprendió, eso sí, oír las quejas dirigidas en cantidades industriales hacia El; lo culpaban por las consecuencias del mal que ellos mismos se ocasionaron; por todos los sufrimientos habidos y por haber; un sufrimiento que en la misma esencia del hombre había El infundido, del que nunca tendría escapatoria en su vida, porque era así la ley del hombre: nacer, vivir, recibir penas y alegrías, mientras transitara en su corto o largo existir; porque fue su Ley de Divina Justicia, escrita y decretada así; para que el mismo hombre conociera la humildad, la resignación, la fortaleza, la entereza, el valor, la valentía y la libre determinación de entregarse a sus Manos, a su Santa Voluntad, hasta el recibir el último aliento de su vida.

Lo culpaban por desastres naturales (terremotos, huracanes, epidemias) que con la destrucción del mismo planeta, al paso del tiempo, sus adanes y evas provocaron (contaminación, ruidos infernales, maquinarias horrendas destruyendo el campo, la montaña, los mares; bombas nucleares; desperdicios químicos; extinción de las especies); no previeron las consecuencias, que algún día la misma tierra y el mar reclamarían el precio; la herida que le hicieron. Lo culpaban por el hambre y la pobreza, mientras ricos y poderosos se lavaban las manos en cada país, de la injusticia del hombre para el hombre. Criatura soberbia, inconsciente - pensó- por eso siempre, siempre, siempre te perdono, porque nunca sabes lo que me dices ni lo que me haces.

Te perdono incluso antes de que vayas a obrar mal, porque tu Eterno Creador que todo lo ve, desde antes que nacieras, ya conoce todos tus pecados y ofensas. Mas antes de reflexionar sobre tus malos pasos, prefieres, provocar a tu Dios, lo hieres, lo afrentas, lo insultas, lo niegas, lo odias, le mientes, lo escupes, lo atacas, lo acusas sin tener una mínima ni remota idea de lo que irás a encontrar en el más allá. Porque no tienes alcance en tu pequeño cerebro de mi Grandeza, de mi Omnipotencia, de mi Superioridad sobre ti. Yo los perdono hijos míos, porque Yo soy la Verdad Absoluta, la Misericordia y el perdón infinitos. Yo los creé para que un día vengan a Mí a gozar de las maravillas de mi Reino y de mi Gloria.

Anocheció…en su pequeña y preferida Tierra; al día siguiente como cada vez, volvería a hacer el mismo recorrido por su obra, como cada amanecer y cada atardecer, sin descansar, sin abandonar jamás los pedidos, las oraciones, las súplicas, las lágrimas derramadas ante las imágenes, en la soledad y en las comunidades, su obra humana tan agradecida en muchos y tan desagradecida en otros. Cerró el ventanal de su arco iris, para darles a los hombres su descanso. El se sentaría a meditar, a pensar que podría hacer por ese mundo que estaba ahí abajo, ignorantes en su fe, en sus creencias, en sus divisiones, en sus racismos, en su ateísmo, sordos, ciegos y mudos de corazón. Bendijo una vez más a quienes se durmieron en santa paz, esperando con fe y oración a otro nuevo día. Recordó a esos infieles y malos corazones para quienes El no existía, ni importaba, para quienes no había un pequeño lugar donde cobijar al Dios Altísimo; sus ojos infinitos se nublaron de tristeza, sin dejar de mirar, de acariciar el desamor de muchos, muchos humanos e hizo llover sobre diversos lugares de la tierra su infinito dolor de Padre Celestial…