domingo, 25 de abril de 2010

LA MUJER DEL BOXEADOR


Basado en un hecho real acaecido recientemente. Las situaciones son imaginarias.

Dedico este relato a todos esos Monzón y Valero que dejan huérfanos a sus propios hijos y dejan sumidas en el dolor y el rencor a tantas familias. Que nos demuestran que no existen los verdaderos ídolos, que el dinero y la fama no siempre serán el camino verdadero hacia el amor, sino por el contrario, serán el camino hacia nuestro propio abismo.

Apenas J... lo conoció, quedó deslumbrada de su cuerpo perfecto, de sus brazos musculosos que la abrazaban con la fuerza de un animal salvaje, pero al mismo tiempo la acariciaban con un incontenible deseo; de su boca que la inició en el despertar del amor, del sexo. La deslumbró ese poder que emanaba de su ser, cuando tendía el mundo a sus pies, con flores, alhajas, noches de aventura en alguna isla paradisíaca. Así comenzó a amarlo, a quererlo, a necesitarlo, a adorarlo. Lo conoció en una de sus peleas; después de tres luchas, lo coronaron campeón mundial en su categoría, peso mediano. Cuando fue a saludarlo junto con otros amigos, sus miradas se cruzaron, y supo que desde ese momento sus vidas estarían unidas; que de ese día en adelante, pasaría a ser la mujer del boxeador.

Esa misma noche se entregó a él, apagando con una sed insaciable sus íntimos deseos de mujer, era una muchacha inocente de veintidós años. Allí en la habitación la cargó entre sus brazos como a una niña; la depositó en la cama y la poseyó suavemente y al final hicieron el amor desesperadamente. Era el primer hombre y el último de su vida.

Su familia que vivía en el interior del país, lo recibió con buenos ojos al principio, pero preguntándose si sería el hombre ideal para su querida J.., tan joven, tan inexperta, se la entregaron en sus manos como el tesoro más preciado, porque en realidad lo era, un tesoro de chica. El campeón se la llevó para introducirla en su mundo de golpes, de derroches, de dinero, y de todos los excesos que se sumarían a su inflada vanidad de hombre provinciano.

Así comenzó su vida de mujer-amante; el estaba separado y no tenía intenciones de arreglar su situación. Pocos meses bastaron para que ese deslumbramiento empezara a caer al suelo. El hombre de su vida, poco a poco la iba descuidando; lo esperaba despierta siempre y cuando llegaba a la madrugada, estaba siempre borracho. No faltó mucho tiempo para que quisiera forzarla a hacer el amor, a gritarle, a insultarla, hasta que al fin una noche la niña inocente conoció el verdadero puño de un campeón. Cuando llegó al hospital, su familia recibió los destrozos de la bella J.., la cara desfigurada, el cuerpo amoratado, no cabían más heridas en ese frágil cuerpo. Poco quedaba ya de esa chica alegre y primaveral.

Mas no hubo denuncias, ni cargos, la infeliz mujer lo quería, lo amaba, le temía, quiso continuar a su lado, pese a los consejos, pese a las súplicas de que se fuera a otra ciudad, a cualquier lugar donde él no volviera a encontrarla. El campeón en sus horas de sobriedad le juraba que pediría ayuda, que seguiría un tratamiento, que no lo dejara. Todo era un círculo vicioso. Más golpes y posterior arrepentimiento. En los periódicos era primicia su vida alocada, prostitutas, alcohol, drogas; el super hombre había caído finalmente, en el más hondo de los abismos, había perdido su corona, su fama, sus trofeos, su reputación de hombre valiente y deportista, que llenó de orgullo a todos sus compatriotas; de él solo quedaban los músculos y su fanfarronería. La familia de la mujer agotaba los recursos para hablarle, pero el acceso a ella era más que difícil, imposible. Ya no volvieron a verla.

Pasaron algunos meses, cuando uno de sus familiares se dirigió a comprar el periódico matutino. Cuando lo leyó quedó petrificado, sin aliento, en primera plana aparecía un artículo que hacía sumir en el horror a todos los lectores, un artículo que daría que hablar por varias semanas: “En un hotel de la ciudad de C….., con gran estupor, en medio de un charco de sangre, se encontró el cuerpo sin vida de la mujer del ex Campeón mundial T… , presentando heridas de varias puñaladas en diferentes partes de su torso, senos y cuello; la causa de la muerte estiman que fue de degollamiento. El campeón T… se encuentra detenido en el Cuerpo Policial, donde será trasladado próximamente a la Cárcel de M….. para que se le procese debidamente y se le aplique la pena máxima que la ley contempla”.

Así terminó una vida sesgada por la violencia, por la indiferencia sorda de muchos organismos sociales y gubernamentales, que poco parecen poder hacer por los derechos de la mujer. Así terminó la historia de una bella joven, que recién nacía a la vida, pasando a formar parte de otra "crónica de una muerte anunciada", que confundió el deslumbramiento de la fama y el dinero con un amor eterno.

domingo, 18 de abril de 2010

MARIONETAS




¿Cuando fuiste realidad, cuando dejaste de serlo? Llegaste a estar tan cerca de mí, a vivir tú en mí, a vivir yo en ti, que perdí la noción del tiempo, de las horas, porque lo primordial era esperarte; mirando por la ventana ver caer los rayos del sol, apresurando las horas, derrotando el insomnio escribiéndote, anhelando el encuentro. La vida se hacía eterna hasta que tú llegaras, y cuando llegabas el mundo dejaba de existir, nuestro mundo era una caja de cristal, con el oxígeno de nuestros sentimientos, dando rienda suelta a la fantasía del deseo, de los sueños, y cuando te ibas todo se apagaba, mi voz callaba, como un títere a quien le dan cuerda, me quedaba arrinconada, sin vida, hasta esperar a que amaneciese otro día en que tú volvieses para nuevamente despertar.

Los hilos del sueño fueron quienes manejaron el destino de los dos, más el de mi corazón que el tuyo, porque tú decidiste escapar un día, callado, agazapado entre el silencio y la oscuridad, decidiste terminar el último acto, cerrando el telón sin despedidas; es lo que no puedo perdonarte, ese final sin chance, sin derecho a réplicas; que tenías tus razones, era ineludible, pero ¿de qué valieron ese tiempo, esas horas, esas esperas? ¿A dónde fue todo eso? Realidad virtual, sueño real, ¿que diferencia hay cuando el corazón llora, cuando se entrega de verdad?

De repente venías después como compadeciéndote de mi abandono, como si no quisieras irte del todo, pero el sueño ya estaba roto, mi corazón ya estaba roto, ni yo era la misma, ni tú el mismo. Sigues siendo aunque no lo quiera, un sueño real, un poema inconcluso, un dardo clavado en el centro de mi pecho, un capítulo sin cerrar, todo lo que no pudiste ser y no fuiste.

El pasado corre más rápido que el presente, se va tan veloz para que no volvamos a alcanzarlo más, y con él los mejores y peores momentos, las horas más felices, los infortunios, esos pequeños momentos de felicidad compartida, que si se pudieran guardar en un cofrecito con todos los besos y las palabras de amor serían como piedras preciosas que el alma atesoraría. Pero el pasado se va, huye, y con él todo lo que vivimos, todo se lo lleva el viento… De ti no sé que habrá sido, serás siempre un enigma por descubrir, un títere que el destino mueve en otro escenario. Yo, la marioneta sin rostro, sin futuro, en un rincón cualquiera, siempre oculta, callada, sin vida.

EL DÍA "D"




Amaneció otra vez, igual que el día de ayer, creyendo que algo cambiaría, que el sol amanecería distinto, que alguna señal del cielo terminaría con ese sabor de derrota, desaliento, desgano, debilidad, dudas, desesperanza, dolor, desánimo; ese día parecía haber amanecido maldito con la letra d. Dios también empieza con D, con D mayúscula; pero no encontró des positivas, que contrarrestaran las otras que lo aplastaban contra el suelo.

Dios que es Todopoderoso, que todo lo puede, que todo lo ve, ahora no lo sentía con él; lo sentía lejos de su corazón, de su vida, ¿dónde estaba? Ahora que más lo necesitaba, quería encontrarlo, preguntarle, que lo socorriera ó que lo llevara con él para terminar con tanta tristeza; su vida era como un barco a la deriva, sin norte, sin brújula; había tocado fondo, sentía que se estaba hundiendo en las arenas movedizas de la soledad, de destierro en un mundo que no existía para él, que lo tragaba cada día más la oscuridad, las arenas movedizas de sus dudas, de su apática fe, de su incredulidad; es que todo le salía mal últimamente, y ahora para más pesar sin trabajo, sin amigos, sin tener adonde ir, sin tener donde ahorcarse, y pedir prestado ya era lo último; ¿ya que más le podía quitar esta vida? Todo estaba perdiendo sentido, despertarse para nada, para seguir siempre en el mismo lugar. Estaba en el exilio de los abandonados, de los que no saben a dónde ir. Quería consolarse pensando que algunos tienen menos que él. Hubiera querido estar con esos y llorar ese infortunio que sentía, pero ¿dónde se hallarían? Habría muchos desparramados,gente pobre, en las calles, en las cárceles, en los manicomios, en las villas miseria; pero no estaba seguro si alguno de esos pobres se sentiría como él, el más miserable de los miserables, quizá ninguno se encontraba tan perdido en sí mismo, tan extraviado de su Dios como se encontraba este día, ahora...


Mañana.... mañana tenía que pagar el alquiler, comprar víveres para comer, pagar la tarjeta del teléfono, pagar...pagar...pagar... siempre el maldito dinero; sin ese dios dinero sin el cual nadie puede vivir, o nadie quiere vivir; mañana…, dice el proverbio “Dios proveerá”; el mañana lo veía negro, oscuro, ¿¡Dios donde estás cuando te necesito!? Te necesito ahora, ahora que estoy sin un peso, sin trabajo, sin más compañía que mis dudas y mi soledad. Rezar se le volvía inútil, ¿estaría perdiendo su fe? Igual no dejaba de pronunciar su Santo Nombre, Dios Altísimo, que es el Único que no lo dejaría de asistir, es al Único a quien podía acudir. Rezar, aunque el silencio es el que respondía; quizá no rezaba bien, quizá dentro de su corazón estaba tan vacío y por eso las oraciones caían en un saco roto. Más que rezar necesitaba hablar con Dios, contarle de este día "D" que se alargaba demasiado.

La cama era el único lugar para sentirse seguro, allí todo empezaba y todo acababa. La muerte lo encontraría allí posiblemente algún día, cerrando los ojos se sentía bien, se olvidan los problemas, se huye del pesimismo, de la tristeza, no se piensa en el futuro, es como una pequeña muerte, cerrar los ojos y no pensar; dejarse llevar por el sueño, sentir el cuerpo más liviano; no acordarse de que estaba vivo, de que estaba solo, de nada...no acordarse de nada... A su lado estaba el televisor apagado, ¿para que encenderlo? Para qué ver las noticias del día, que traen más des, de desengaño, decaimiento, desinterés, desesperación, depresión; maldito día "d". Al lado de la televisión descansaba la Biblia, que hace tiempo la había dejado ahí, acumulando polvo. Para qué leerla – pensaba – pero ahí también descansaba Dios, descansaba de su indiferencia y de la tantos hombres como él que van a la deriva, con su fe extraviada por alguna parte.

Seguí allí acostado mirando ese libro pequeño, de tapas verdes, ¿cuándo fue la última vez que la leyó? la tomó para hojearla un poco, nada más. Releyendo sus ojos finalmente se detuvieron en San Pablo, ese gran santo, fanático perseguidor de los cristianos, el cual el Señor Jesús un buen día se le apareció en una visión, y Saulo de Tarso se convirtió en Pablo, quien pasó a ser llamado el “apóstol de los paganos”; siguió leyendo a Pablo, Corintios 12, 8: 
“…..Tres veces rogué al Señor que lo alejara de mí (el demonio), 9 pero me respondió: “Te basta mi gracia; mi mayor fuerza se manifiesta en la debilidad.” Y siguió leyendo al apóstol: “Con todo gusto, pues, me alabaré de mis debilidades para que me cubra la fuerza de Cristo. 10 Por eso me alegro cuando me tocan enfermedades, humillaciones, necesidades, persecuciones y angustias: ¡todo por Cristo! Cuando me siento débil, entonces soy fuerte.”

También Pablo conocía esas "d" de debilidades, y de la "d" a la "f", efe de fortaleza, fuerza, firmeza y de fe, sobre todo fe. Gran tipo ese Pablo, esas palabras que las volvió a releer, se quedaron dentro de él; tan dentro que no las podía arrancar. Porque su debilidad era tan grande, su debilidad de corazón, de hombre creyente, que ya no podía agrandarse más. Y Fe, una palabra tan cortita, pero que llenaba tanto. Jesús, un nombre tan simple, pero que significa "Salvador" también. Miró la cruz de arcilla colgando en su pared, allí descansaba el Señor con su cabeza hacia abajo, cargando sobre su cuerpo todo los pecados del mundo, todo el dolor, y la poca fe de los hombres, de hombres como él que lo niegan, que lo rechazan.

De su interior unas palabras brotaron, nacieron tímidamente hacia su propio corazón y luego hacia afuera, apenas oyó voz que suplicaba: 
“Señor, ayúdame a tener fuerza para vencer mi debilidad”. Una oración que casi parecía no tener mucho sentido, pero era lo que necesitaba decir, dejar a los pies de la cruz bendita. Cuando dejó salir esas palabras, sus ojos se aguaron como una nubecita gris; algo en él había muerto para renacer en algo nuevo. ¿Qué importaba el mañana –se decía- si en esa cruz estará su fuerza para volver a despertar, para seguir viviendo? De un salto se levantó, se vistió y salió a la calle para respirar un aire nuevo con D de día nuevo, de sol tibio, con D de DIOS.

EL CANTO DE DIOS


Lo espero cada amanecer, cuando aún no han salido los primeros rayos del día, sé que vendrá al árbol de mi patio a abrir el alba con su dulce melodía; jamás lo he visto, será tan pequeño; en su rutina diaria escondido entre las ramas de los árboles, quiebra el silencio con su trino, con el único acorde del viento que mece las hojas, el canto con que la madre natura nos obsequia, vestido de su plumaje escondido a mi vista; su canto acaricia mis oídos en múltiples tonos, que se van haciendo oración cuando se abre la bóveda celeste, no hay música comparable a la suya; generosamente me deja participar de su sinfonía matutina, para que juntos demos gracias al Altísimo que nos deja contemplar la belleza de la alborada, con los rayos del sol que comienzan a dar color a las flores aún dormidas, a las hojas húmedas del rocío de la noche, a las lagartijas que caminan sobre la tierra; su suave piar describe sin letra la poesía de la naturaleza, de la tierra, del mar, es un canto celestial como serenata de Dios, de los ángeles, que vacía el espíritu de soledad y de tristeza.

De repente calla, come de los frutos y va de rama en rama, por última vez da el trino final de su jornada; extraño su himno cuando se va con la tarde, antes de que se vaya lo despide mi corazón acongojado como si no fuera a oírlo más. Su cántico suave, melodioso invade toda la casa, es una alabanza al cielo, a su Creador que lo viste como a los lirios del campo, mi pobreza se consuela viéndome como él, sin nada, sin nadie y quiero glorificar el día que comienza; él en su pequeñez, alaba la tierra, tiene el don más preciado, su libertad, que lleva a las alturas. Y trae en sus alitas otros recuerdos del ayer, de mi niñez, de la casa adonde llegaban otros pajarillos a picotear, a revolotear, a posarse en la ventana cuando la guitarra de mi madre era también una alabanza de amor en sus manos.

Al sentirlo mi pensamiento lo sigue y mi espíritu pleno se regocija y asciende hacia el manto celeste que nos cobija; ese hermoso pajarillo que necesita tan poco para ser feliz, solo ir y venir en el verde ramaje a la hora más temprana, en su belleza, en su piquito que se abre y se cierra para cantar en diversos notas sin pentagrama, Dios se hace presente como en todas las cosas, grandes y pequeñas; se mezcla en la brisa y gorjea dulcemente por su corta existencia agradecido al Señor, por sus alas diminutas que van y vienen sin rejas, sin frontera; nosotros débiles criaturas mortales buscamos la felicidad material y egoísta, sin aprender a ser libres, sin apreciar cada gota de vida que respira en nuestros pulmones, desagradecidos con el Altísimo y con su Obra.

Cuando vuelve nuevamente mi pajarillo a posarse en el tupido árbol, a regar el suelo de las semillas que dispersa, la soledad se esconde para que la alegría de paso a la claridad, al sol, a las florecitas rojas, a los helechos que penetran a través de las rejas y lo recibe mi melancolía, por no poder descubrirlo nunca; criatura bendita que llena de gozo la vida, las nubes y el infinito azul. ¡Cuánto lo extraño ya! Ruiseñor de mis penas, calandria de la lejana patria, hornero de esa pampa verde, en él están todas las aves del cielo, volando y reverdeciendo como una primavera a mi alma gris y solitaria.

TRAS LAS HUELLAS - CAPÍTULO I



Dedicado especialmente al doctor Julio César Tagle (Jotacet) amigo entrañable y poeta admirado de estas páginas, a mi querida amiga y poetisa Amalia Rodriguez Perez (Ebelim), mi estimadísimo amigo Paulino Sevilla y a su preciosa perra "Furia", quienes fueron fuente de inspiración para este cuento; tenía pensado hacer la dedicatoria al final de este cuento de cuatro capítulos, pero para evitar malos entendidos vaya esta dedicatoria al principio. Gracias Jotita, Gracias Chiqui, Gracias Pauli, Gracias Furia por acompañarme en este nuevo reto. Los quiero.

17 de Enero, 2:15 pm

El teléfono no dejaba de sonar, a esa hora casi todos se encontraban almorzando. El edificio de la central de policía contaba con más de cuarenta empleados; ese día de verano, la oficina de investigación criminalística parecía arder de calor, no funcionaban los aires acondicionados, los teléfonos de los escritorios parecían el paroxismo de la locura, sonando todos a la vez; Ebelim una de las secretarias de los detectives del departamento llegó corriendo a atender el teléfono del escritorio de su jefe, secándose el sudor del cuello, atendió extenuada, la voz del otro lado de la línea transmitía mucha angustia.

- Aló? Central de Policía de Puerto León, quien habla por favor?

-¿Se encuentra el detective Pinzón? – era la voz de una mujer -

- Lo siento, bajó hace media hora, fue a almorzar, ¿quién le llama por favor?
- Disculpe es personal, le dejaré mi teléfono para que me llame. Le ruego no se olvide, es muy importante, muy importante…

- Sí señora le daré su recado, por favor espere un segundo que buscaré donde anotar… Ya, dígame el número.

- 0428 688 69 76 - Le agradezco - dijo al terminar, y colgó.

- Hola! Hola! Señora! Jesús, cuánto misterio!

Víctor Tagle, otro de los policías entró trayendo en las manos unas bolsas de perros calientes y unos refrescos. Puso todo encima de su escritorio atiborrado de papeles y órdenes.

- Ebelim aquí tienes tu perro y una seven-up, no me debes nada, gracias.
- Qué pesado eres!, la verdad no tengo mucha hambre con este calor agobiante.
- Qué ha pasado por aquí, alguna novedad? ¿Donde están las otras secres?, ¿no piensan venir a trabajar? Carajo! esto es el infierno, esos teléfonos no paran.
- Atendí un llamado para Pinchi, era una mujer muy misteriosa, solo dejó su teléfono.

-Bueno, cuando vuelva que la llame. Cielo, por favor le puedes llevar al dire estas órdenes, me olvidé de hacerlas firmar. - ¿Si? Gracias

- Está bien, dame acá, ummmm ¡Qué pesado eres! Pero hazme el grandísimo favor, hazte cargo de este pandemonium. ¿Sí? Gracias.

A la media hora llegó Pinzón arrastrando los pies, secándose el sudor de su frente, era un tipo de baja estatura, ojos color café, con dos entradas muy marcadas en su cabeza gris, no muy gordo, pero su barriga de cincuenta años le daba apariencia grotesca. Llegó a su escritorio atiborrado de notas, carpetas y papeles, vio la nota con un teléfono sobre su escritorio. Se quedó extrañado. -¡Ebelim! ¡Ven aquí!

-No está Sargento, la mandé con el dire para que me hiciera firmar unas órdenes. Gritó Tagle desde su silla.

-¿Y no podías ir tú? ¿Quien te ha dado atribuciones para meterte con mi secretaria?, la próxima vez resuelve por ti mismo, pedazo de alcornoque.

-Bueno Pinchi, no se sulfure. Fue solo por esta vez, quería almorzar no tuve tiempo.

-¡Sargento para ti! Y otra vez vete a comer más temprano, el olor a cebolla de tu perro me dan ganas de vomitar.

Tagle pensó para sí –“no está en su mejor día al parecer” – sí mi Sargento, lo que Usted diga mi Sargento- Pinzón lo miró con cara de odio. Deseaba que terminara este día, que arreglaran esos malditos aires, deseaba que llegara el otoño, el calor en ese pueblo mataba a cualquiera. ¿Cuándo vendrá esa mujer? Si tarda un poco más le bajaré el sueldo. Pobre chica, no la culpaba, tenía que aguantarle todas sus amarguras de poli fracasado, de hombre a punto de divorciarse. Este verano además de agotador, prometía ser aburrido, rutinario.

Del ascensor salió Ebelim, una mujer solterona de treinta y siete años, típica muchacha de pueblo, que todavía esperaba su príncipe azul, de apariencia impecable, con su blusa blanca, falda azul y su pelo recogido en un simpático moño.

-Ebe, mujer no puedes abandonarme así, mira lo que es esto, los papeles ya me llegan al cuello. Así no se puede trabajar, cuántas veces te he dicho que no le estes haciendo favores a ese carilindo de Tagle, que lo que menos ganas tiene es de ser policía ¿Qué es esta nota? No entiendo nada, un teléfono ¿de quién? Cristo! Ya me estoy cansando.

-Pinchi no te enojes, sí, tienes razón, la culpa fue de Tagle, me envió a hacerle la segunda, pero es la última vez, te lo prometo, enseguida ordeno todo. Hace como una hora y media llamó una mujer, preguntó por ti, solo dejó su teléfono, ah! Y que era muy, muy importante. Solo eso.

- Y no le preguntaste quien era? Como se llamaba, dónde vivía? ¿A que hora llamó?

- Ay no Jefe, lo lamento!, le quise preguntar y colgó demasiado pronto. Serían las dos y veintiocho.

- Ya, olvídalo, entre tú y Tagle me mandarán al manicomio un día de éstos. Llamaré a ver qué demonios quiere esa mujer. ¿No ha llamado mi hija?

-No jefe, no he atendido ningún llamado de Mónica. Lo lamento.

A Pinzón se le oscurecieron un poco los ojos, su hija era lo que más quería en este mundo, era lo único que tenía, para Moni a sus diecisiete años le era difícil aceptar el divorcio de sus padres. Casi no podía verla, entre el trabajo y su mala relación con su ex, se le imposilitaba cada vez más hacer tiempo para ella. Marcó el número 0428 688 69 76, sonó varias veces, hasta que salió la voz de una grabadora –Por favor no puedo atenderlo, deje su mensaje y devolveré su llamada a la brevedad- “Soy el Sargento Enrico Pinzón, estoy devolviendo la llamada que usted me hizo a la estación de Puerto León”, colgó después con fastidio. Ajjjjj, mujeres! Será alguna que quiere pescar a su marido infraganti.

20 de Enero, 7:35 am

El detective Tagle se iba caminando siempre a la estación, quedaba cerca de su apartamento, una residencia de alquiler para hombres solteros, era de esos solteros inconquistables, de unos cuarenta y cinco años, era de los que creían que amar a una sola chica era egoísta, él quería amar a todas; muy alto, de espaldas anchas, de brazos musculosos, bien parecido, vivía solo con su perro Furia, un hermoso pastor alemán que lo que menos representaba era su nombre, pero era su mejor amigo, su leal compañero, dormía a los pies de su cama en una alfombra, eso sí sabía llevarle las pantuflas todas las mañanas cuando se levantaba y lo despertaba para que lo llevara a su ronda perruna matutina.

Después de levantarse lo llevó al parque para que hiciera un poco de vida de perro, lo dejó otra vez en la cocina, sin querer imaginar que desastres haría ese día. Miró el reloj, Pinzón lo mataría, estaba retrasado veinte minutos. Caminó apurado hasta el kiosco para comprar unas donas, un jugo y el periódico local que para variar no abundaba mucho de noticias. Mientras comía la dona, leyó la portada, vio una foto, una crónica. La dona se le atragantó por la mitad. Le pagó inmediatamente al dueño y salió corriendo sin esperar el cambio. Cuando Pinzón viera esto, se armaría la de san Quintín.

-Jefe, jefe! ¡No se imagina lo que traigo! ¡Prepárese! ¿Ya desayunó? Ojalá que no.

El sargento miró el reloj de la pared, no tenía remedio ese Tagle, ni aunque le metieran un cu-cú dentro de la cabeza llegaría a la hora a la estación. – Tagle no me molestes desde ahora, solo dime cuando me harás el honor de llegar a tu trabajo, un minuto antes, solo un minuto antes.

-Lo siento Pinchi, digo, perdón, mi Sargento, bueno jefe, usted sabe, mi Furia ya está un poco viejo y me pide ir al parque a ver a otras de su especie. Se siente más solo que un perro. Pero jefe, perdone que lo interrumpa, mire lo que le traigo, lo acabo de ver, una primicia.

Pinzón le sacó el periódico de las manos, leyó la nota que se hallaba bajo la foto de una mujer muerta, desnuda, en la orilla del río Amarillo, a cuarenta kilómetros aproximadamente del pueblo, siguió leyendo, “Cadáver de mujer encontrado en el río Amarillo, aún sin identificar, su cuerpo fue hallado en horas de la tarde de ayer, sin señales de violencia, su caso está siendo investigado” ¡Maldición! Tagle, deja lo que estés haciendo, tenemos que ir a la morgue.

-¡Si Jefe! Yo lo sabía! Empezó la acción!- Guardó en su chaleco antibala su pistola calibre 45 y fueron rumbo al ascensor.


TRAS LAS HUELLAS - CAPÍTULO II



El edificio de la morgue quedaba al otro lado de la ciudad, de paredes grises y con una puerta inmensa estilo colonial siglo XIX, donde se podía leer en una placa dorada, “Edificio Central de la Morgue de Puerto León”. Pinzón y Tagle mostraron su identificación para poder entrar al depósito de cadáveres. Ya estaban acostumbrados a este procedimiento, - pero a un muerto uno no termina de acostumbrarse- pensaba Tagle. Pidieron hablar con el encargado, el médico forense, que se encontraba haciendo unas anotaciones.

-Venimos a ver el cuerpo que encontraron en el río. Soy el sargento Pinzón, él es el detective Víctor Tagle, ¿sería posible ver el cuerpo?.

- Sí, bueno,
 -respondió el forense- lo trajeron ayer a la noche, pero tendrán que hablar después con el Capitán Mercier, el Director que encabeza este caso. Es muy misteriosa esa muerte, acompáñenme, está acá al final de esta fila.-

El lugar estaba helado, de lado a lado habían diez filas de cajas mortuorias, el médico procedió a abrir la caja de metal que se encontraba en la fila número seis donde se guardaba el cadáver. Tiró hacia atrás fuertemente para sacar la camilla metálica, la mujer estaba envuelta en tela de nylon transparente, el forense procedió a mostrarles el cadáver – Les agradezco no toquen el cuerpo, aún no se le ha hecho la autopsia.- La mujer era como de treinta y tres años, de contextura delgada, de melena rubia, en vida parecía haber sido una hermosa mujer; Pinzón estudió el cuerpo, no vio nada que llamara su atención. Quiso levantar un poco su pelo porque creyó ver algo en cuello, pero el médico le recordó que no debía tocar nada, no sin antes hablar con el Capitán Mercier.

- Tagle, comunícame a la oficina del Capitán, para que nos reciba ahora mismo. - Si jefe, enseguida. Tagle marcó el número de la Sede principal y pidió hablar con el Capitán. –Gracias, allí estaremos. Listo Sargento, el Capitán nos espera.- Más tarde en las oficinas del Capitán Mercier, se encontraban hablando, y fumando sendos habanos que les convidaron.

- Estuvimos en la morgue y vimos el cuerpo, con su permiso nos gustaría visitar el lugar del crimen. ¿Tienen ya identificada a la víctima?-

-Su nombre era Natasha Nash Klugerman, esposa del doctor Silvio Klugerman, prestigioso cirujano plástico de la ciudad. Aunque el cuerpo no tiene señales de violencia, el hecho de haberla encontrado en el río evidencia que no es una muerte normal, tampoco hay señales que hablen de suicidio. Estamos agotando todas las posibilidades. El Dr. Klugerman no se encuentra en la ciudad, estamos esperando su llegada dentro de unas horas.-

-¿Quiere decir que no sabe todavía lo de su mujer? ¿Cuánto hace que está ausente?

- Hace una semana tomó un vuelo a Río de Janeiro para el XIII Congreso de Cirugía Plástica del Cono Sur Americano al que fue invitado. Ya fue notificado, por eso está regresando en el primer vuelo que salió de Río.

- Me gustaría hablar con él cuando llegue a Puerto.

-Pinzón, le voy a agradecer que guarde la máxima discreción. No debería permitirle meter sus narices en esto. Es un asunto delicado. Su cooperación será valiosa pero le agradezco me informe de todo lo que averigüe. Ah, otra cosa, entre las pertenencias de la víctima hallamos una cartera, entre las prendas que contenía había una libreta de direcciones, tal vez le pueda servir de utilidad.

Salieron de allí sin mucha información, únicamente la bendita libreta que tal vez pudiera servir de ayuda, y con el permiso de Mercier para poder visitar la zona del río; el Sargento le daba vueltas a su cabeza, había cabos sueltos que no podía unir. Deseaba centrarse en este caso especialmente, tal vez fuera la oportunidad que había esperado toda su vida.

- Tagle prepárate para ir mañana temprano al río Amarillo, es mejor empezar a buscar por el final, lleva a tu Furia, que podría sernos de utilidad.- El apuesto detective no cabía en sí de contento, -¡Sí jefe, ya verá, no lo vamos a decepcionar!-

....//.....

El sargento llegó a su casa, agobiado por el día que le tocó, era una casita pequeña con tres habitaciones, que logró alquilar después de la separación, casi no tenía muebles, habían almohadones por el suelo, unos viejos sillones de mimbre, la televisión de 20”, una cocina con lavadero, lo más económico que encontró; entró arrojando los zapatos por cualquier lado, dejó la chaqueta arriba de la silla y se tumbó sobre la cama; cerró los ojos pensando en el día de mañana. En algún momento se haría de unos minutos para llamar a Mónica, y poder invitarla a comer algo.

Repentinamente se acordó de la libreta de la occisa, se paró como un resorte y buscó en el bolsillo de su chaqueta la dichosa libretita; de cuero gamuzado, color negro; desprendía un suave y delicado aroma, tenía el nombre de la desdichada mujer, el número de su documento, de su pasaporte, algunos teléfonos de servicio público y su dirección: Avenida Roosevelt Edificio Boeing Piso 10-A, siguió repasando lentamente y de repente frunció el ceño, sintió helarse su sangre, en la información de teléfono personal aparecía “ 0428 688 69 76 “; no podía ser, era el teléfono de la misteriosa mujer que lo había llamado en la mañana, para estar más seguro esperaría a preguntarle a Ebelim al día siguiente. Si era así, ¿qué había significado ese llamado? ¿Un pedido de ayuda?, maldijo ese día, ahora más que nunca llegaría hasta el final. Si era un asesinato como su intuición de sabueso se lo decía, no dejaría que quedara impune el desgraciado o los desgraciados que lo cometieron.

21 de Enero – 9.45 a.m

Cuando el Sargento llegó, Ebelim y Tagle revisaban unos papeles, el detective se encontraba sentado en el escritorio de Pinzón, no se dieron cuenta de que venía entrando el gruñón policía, - ¡¡¡Tagle quita tu trasero de mi silla ahora!!! El detective saltó en la silla -Dios, ¡me asustó jefe! No se ofenda, le estaba cuidando su escritorio para que nadie venga a husmear. Jefe le presento a mi compañero, Furia saluda a tu nuevo jefe.- El pastor alemán asomó su hocico por debajo del escritorio de Pinzón. Era un enorme perro, de mirada inteligente, se quedó viendo al Sargento, moviendo su cabeza de un lado a otro. El sargento puso el grito en el cielo: - ¡Saca a ese pulguiento perro de mi escritorio!- Tagle se encogió de hombros - Vamos Furia, campeón, no molestemos al sargento.-

Comenzaron enseguida a realizar todos los preparativos para ir a la zona a investigar, a tomar huellas; Ebelim quedaría encargada de atender las llamadas o cualquier eventualidad que se presentara. El auto del departamento de policía ya estaba listo, parecía ser un buen día, con bastante sol. Subieron los tres, Furia se subió al asiento trasero como si ya supiera cual era su trabajo. Había sido entrenado en la escuela de Policía, pero como ya tenía más de diez años, lo habían pasado a retiro; Tagle se lo llevó con él porque le parecía que habían nacido el uno para el otro, para hacerse compañía y vivir aventuras. Pinzón durante el trayecto le informó al detective sobre el episodio de la libreta. -¡Vaya!, entonces ese llamado debe haber tenido que ver con su muerte, hubiera llegado una hora antes y quizá hubiera salvado su vida.- Pinzón siguió manejando en silencio, empezaba a sentirse un poco culpable.

Tuvieron que bajar por una especie de colina para poder llegar a la zona que se encontraba acordonada; habían cuatro policías vigilando la entrada y salida de agentes, de fotógrafos, de periodistas. Era un sitio tranquilo, en la orilla habían piedritas que al rayo del sol, refulgían con distintos colores. El nombre del río se debía a su arena de color intensamente amarilla. Pinzón trató de seguir rastros donde hubiera algunas huellas; Tagle hablaba con los agentes haciéndoles preguntas sobre el hallazgo del cuerpo, hora, día, posición en que la encontraron, todo lo que pudiera ayudar. Pinzón no pudo distinguir ninguna huella, ni de pisadas ni de vehículo.

De repente el perro comenzó a olfatear y caminar en zigzag por la zona donde había más hierba. - ¡Furia! Ven aquí! ¿Adónde vas?- -¡Déjalo! dijo Pinzón – Debe estar olfateando algo – Vamos a ver que ha encontrado.- Llegaron adonde estaba el perro, quien los miraba con las orejas paradas, como orgulloso de haber cumplido su misión. Tagle miró hacia el pasto, una pequeña ampolleta vacía sobresalía de la grama. –Tómala con cuidado, servirá como prueba, ¡llévala al laboratorio para que examinen huellas, contenido, todo! Vayámonos de aquí, no hay mucho que hacer en este lugar.- Tagle colocó el envase dentro de una bolsita plástica transparente, la selló y la guardó en una caja de cartón. Pinzón acarició el lomo del animal en señal de agradecimiento por su colaboración.

22 de Enero 12.10 pm


Centro Integral de Cirugía Plástica y Estética Klugerman y Asociados.

-Dr. Klugerman, aquí en recepción le solicitan el Sargento Enrico Pinzón y el detective Víctor Tagle, desean hablar con Ud. para hacerle unas preguntas –
 sonó la voz de la secretaria por la línea del teléfono -

- Señorita, le he dicho repetidas veces que a esta hora no atiendo consulta, ni doy entrevistas- Al instante la puerta del consultorio se abrió y el rostro ceñudo de Pinzón se asomó: -Disculpe Doctor pero esta no es una consulta ni una entrevista, yo soy el sargento a cargo de la investigación de la muerte de su esposa, puede haber algo más importante y urgente que eso?- y entró sin esperar respuesta. Tagle se quedó esperando en la recepción con Furia.

- Mire, sargento yo he respondido ya a todas las preguntas en el interrogatorio que me hicieron en la Central, estoy muy consternado con este asunto, no hay mucho más que pueda decir. Le agradezco que pregunte lo que necesite preguntar y se retiren enseguida. Estoy cansado, por favor sea breve.-

-Si Doctor Klugerman, seré muy breve, tan breve que no me tomará ni un segundo. ¿Cuándo dice Usted que viajó a Río de Janeiro?

- Viajé la semana pasada, el trece de enero.

- ¿A qué hora salió su vuelo? ¿Conserva aún el boleto?

- No sé, no sé, supongo que sí, Tengo que revisar, ¡demonios! pero ¿a qué viene eso ahora? ¿Sabe como es la cosa?, no diré una palabra más, sino es en presencia de mi abogado.
 – El médico se mostraba bastante alterado.

- Genial idea, doc, porque creo que lo va a necesitar...

TRAS LAS HUELLAS - CAPÍTULO III


Pinzón y Tagle salieron de allí para el laboratorio donde estaban haciendo los análisis a la probeta que encontró Furia. Dejaron al perro arriba de la camioneta, - “¿Tú que crees jefe, el médico será culpable?, lo vi muy nervioso “-, - “Quien sabe, por ahora es el único sospechoso, lo único que tenemos es esa libreta, también debemos investigar los hábitos de Natasha, a que hora salía, donde almorzaba, sitios que frecuentaba, sus amistades más frecuentes, etc, etc. Cualquier insignificancia puede ser importante.”- Llegaron al laboratorio, un edificio pequeño de tres pisos, pidieron hablar con el personal a cargo, los atendió una enfermera bastante antipática, que los escudriñaba detrás de unos lentes gruesos.


- ¿Qué desean los señores?

- Buenos días señora Olga
 (leyó su nombre escrito en su uniforme)

- Señorita… por favor, que buscan por aquí?

Los dos agentes le mostraron su credencial de policía, la enfermera cambió un poco el semblante, y trató de ser más amable.  Disculpe oficial, es que en estas épocas uno debe ser cuidadosa, no permitimos que entre cualquier persona al laboratorio.-

-Está bien, enfermera, venimos a buscar unos resultados que entregamos en la tarde de ayer. Tenemos realmente urgencia en que nos lo entregue, estamos investigando un caso.

- Un momento por favor, enseguida se los traeré.

A los pocos minutos volvió la mujer con un sobre en la manos, se lo entregó al sargento, que lo abrió en presencia de Tagle. –Lo que me imaginaba, encontraron una alta dosis de cianuro, lo que significa que el asesino se desenvuelve en el ambiente de clínicas u hospitales. Debemos examinar el cuerpo nuevamente, conseguiré una orden para volver a la morgue- Más tarde en la morgue Pinzón volvió a revisar el cadáver de Natasha, recordó el detalle que había observado en el cuello de la víctima y al observar vio uno pequeño punto rojo. Eso confirmó sus dudas, ahora necesitaba descubrir el móvil, y si realmente había sido el marido quien la había matado. Le seguía pareciendo demasiado obvio pero tampoco podía descartarlo. Mientras le daba vuelta a sus pensamientos, recibió un mensaje de texto en su móvil. “Doc, encontré algo importante.” Era Tagle, -¿Qué habría hallado?-, después de todo parece que Tagle sí se está comportando como un detective, se dijo - Salió a toda prisa del lugar, para encontrarse con Tagle en una cafetería del centro; cuando llegó estaba Tagle comiéndose una medialuna con un café express en la mano, Furia estaba sentado a lado de él en una silla. Pinzón refunfuñó.
-¿Tendré que tomar mi café con este monstruo peludo al lado mío? Tagle, tú y tu perro me tienen hasta la coronilla. ¿Qué encontraste?

-No te sulfures jefe, pues investigando en la libreta de teléfonos encontré la dirección de un gimnasio aerobics, estuve por allá y preguntando por aquí y por allá descubrí que la finada Natasha iba todos los días, tenía un entrenador y masajista personal, un tal Marcus; pero sus encuentros no se limitaban al gimnasio; una de las empleadas confesó que los vio varias veces entrar en algún bar. ¿Qué te parece jefe?

- Habrá que investigar más, apúrate, iremos a hablar con el masajista. Veremos que tiene que decir.

Un poco más tarde estaban en el gimnasio hablando con el entrenador; un tipo joven de 28 a 30 años; los atendió amablemente.

-Es cierto, Natasha y yo teníamos una relación desde hace un año; su marido es un desgraciado, un tipo egoísta, materialista, que no la quería; yo sé que él tiene una amante, es doctora, pero Natasha nunca se lo pudo probar.

-¿Sabe Ud. –
lo interrogó Pinzón- por qué la Sra. Klugerman me haría un llamado tres días antes de morir?

-No lo sé en realidad, sargento, pero sí puedo decirle que Natasha hacía varios días había estado recibiendo llamadas anónimas; eso la tenía muy alterada.

-Está bien señor Marcus, le agradezco nos mantenga informados de lo que pueda saber, y por ningún motivo abandone la ciudad.

- Sí Sargento, no tengo interés en ir a ningún lado. Y deseo que este caso se resuelva, que a Natasha se le haga justicia.

Esa semana siguiente mantuvieron vigilado al médico, llegaba temprano a la clínica, siempre sin compañía, dejaba su lujoso vehículo Mercedes Benz en el estacionamiento; nunca hacía movimientos extraños, nada que levantara sospecha. Pero Pinzón sabía que la respuesta se encontraba dentro de esa clínica. Ahora tenía algo más claro, el médico sí tenía un móvil, su mujer le servía más muerta que viva. Decidió interrogarlo otra vez, quizá podría sacarle algo más. –Tagle, escúchame bien, mientras yo hablo con el doc, tú trata de encontrar algo, trata de que no te vean, llévate a Furia, a ver que puede olfatear. Te lo repito: con sumo cuidado. – Sí, señor, vamos Furia, muévete –

……//……

Tagle acompañado del perro mientras el sargento se dirigía a interrogar al médico, hablaba con una enfermera tratando de averiguar algo que sirviera para la investigación.

-Hola monada, ¿no te han dicho que eres la enfermera más preciosa de esta clínica?

-No sea zalamero, ¿qué quiere saber? Supongo que están averiguando sobre la muerte de la señora Natasha. Pobrecita, todos la estimaban mucho.

-Bueno encanto, aquí entre nosotros, te aseguro que no diré nada, me puedes decir algo sobre el doctor, ¿es verdad que tenía un romance con alguien de esta clínica? -

La enfermera miró hacia los lados – Shhhh, las paredes pueden oír, solo puedo decirle que con la doctora Norma Reynal había cierta amistad. Nunca se pudo comprobar, pero es lo que comentaban entre mis compañeras. Ella es médica bióloga, es todo lo que puedo decirle.

- Gracias muñeca, has sido de mucha ayuda.

……//……

-¿Otra vez Ud.? Creo que ya hemos hablado, hasta cuándo sargento? ¿Cree que mi tiempo es solo para responder sus impertinentes preguntas?

-Lo lamento doc, lamento que tenga tan poco interés en resolver este caso, usted debería ser el primero ¿verdad?, pero no se preocupe, creo que ya lo tengo casi resuelto. Solo me falta algo por aclarar.-
 Mientras decía esto sacó de su chaqueta la bolsita que contenía la pequeña probeta- -¿Dr. Silvio Klugerman, puede usted responder si reconoce este envase?

Klugerman miró extrañado el frasquito de vidrio. -¿De dónde sacó eso? –

-Fue hallado en el río cerca de donde fue encontrado el cuerpo de su esposa.

-Sí, es una probeta de laboratorio, ¿y eso que prueba?

-Podría probar mucho, y mucho más si averiguo que proviene de esta clínica. Pero eso no es todo mi estimado doc.

-¿Qué más? -
 El médico un poco pálido, trataba de esquivar la mirada.

-Lo más interesante de esta probetita, es que los análisis del laboratorio arrojaron una gran cantidad de cianuro, algo así como para matar un caballo.


-Escuche, cómo tengo que decírselo, yo no asesiné a mi esposa, y no continuaré hablando, mi abogado me está representando, diríjase a él.

- Será peor para usted doctor si continúa poniendo las cosas más difíciles. Si usted es inocente no debe de preocuparse, la verdad ya me estoy cansando de su prepotencia, tenga cuidado, no olvide con quien está hablando.

- Y usted tampoco lo olvide, no permitiré que su departamento ponga en tela de juicio mi buen nombre, ni mucho menos que ponga en peligro mi carrera.

- Me importa un demonio su carrera, ni su buen nombre; solo me importa encontrar a quien asesinó a Natasha Nash Klugerman. Y le aseguro que no descansaré hasta encontrar a él ó a los culpables. Buenas tardes Doctor.

TRAS LAS HUELLAS - CAPÍTULO IV-FINAL


Más tarde en el laboratorio del Centro Integral de Cirugía Plástica y Estética Klugerman y Asociados, el agente y la doctora Reynal estaban reunidos, la doctora una exhuberante pelirroja de inmensos ojos verdes, contestaba a las preguntas:

- Doctora ¿me puede contestar en dónde se encontraba Ud. el día diecisiete de enero a las 3.45 pm?

-Detective, por supuesto, estaba haciendo mi trabajo, puede usted confirmar con la secretaria de la recepción.

-¿Qué clase de amistad la une al Dr. Klugerman?

- Solo una relación estrictamente profesional, no espere que responda otra cosa.

-¿Conocía Ud a la señora Natasha?
 -La doctora empezaba a ponerse incómoda con el interrogatorio – Sí, la conocía de las visitas que ella hacía a la Clínica.

- Gracias Doctora, puede decirme, ¿maneja Ud diariamente esta clase de probetas?, -
mostrándole la evidencia que habían encontrado-; - Por supuesto detective, esa clase de material se maneja diariamente en cualquier clínica u hospital o farmacia; discúlpeme pero tengo una consulta que no puede esperar.

…///….

El detective salió de la Clínica sin grandes progresos, no había forma de probarle su complicidad, Pinzón lo esperaba en la camioneta policial, regresaron a las oficinas bastante desesperanzados, el caso estaba estancado, sin que arrojara ninguna nueva luz sobre el crimen. Sin embargo la culpabilidad del médico era difícil de probarla. No había huellas, no había nada en absoluto que lo implicara, algo se le estaba escapando de las manos…

Un mensaje de Ebelin sacó de su ensimismamiento a Pinzón “Jefe, ha sucedido algo que le sorprenderá, venga cuanto antes”. El sargento pisó el acelerador y arrancaron a máxima velocidad, -“Dios quiera sean buenas noticias”- Ebelim los esperaba bastante exaltada revisando en la computadora. “Pues verás Pinchi, llamaron de la compañía de seguros “La Seguridad del Puerto” para denunciar sobre una firma irregular en una póliza de vida de la extinta Natasha Klugerman, pero lo más interesante es el nombre del otro asegurado” -¿No es el marido? -, -“Ah ah Pinchi, siéntense porque es lo que menos se esperaban” -, -“¡Vamos por Dios suelta, ya ! - “ El asegurado es nada menos ni nada menos que un tal Markus Weifel” - ¡Maldición! Esa cucaracha. -Exclamó Pinzón.

-¡Vamos, hay que alcanzar a ese desgraciado! – “Atención a todas las unidades, habla el sargento Pinzón, nos estamos dirigiendo al Gimnasio Stylus, en la Gran Avenida León, por favor envíen refuerzos, el sujeto podría estar armado”. 
Hizo sonar la sirena para abrirse paso entre los vehículos que congestionaban el tránsito. Furia, como es lógico iba con ellos atento a todo lo que estaba sucediendo. Parecía haberse formado un nuevo equipo. Doblaron hacia la gran avenida a toda velocidad, bajaron los dos agentes, mientras tres unidades más venían detrás de ellos, Pinzón y Tagle sacando las pistolas entraron al lugar, los empleados del gimnasio levantaron las manos sorprendidos y espantados, “¡¡¡Donde está!!!, dónde está ese cretino?!!!-. -“Salió, salió hace veinte minutos, se dirigía al aeropuerto”- Los policías no dejaron que terminara de hablar, arrancaron velozmente hacia el aeropuerto, -“¡Será posible! Maldecía Pinzón “¡Como no lo vi! Como estuve tan ciego!”.

Justo cuando entraban al Aeropuerto Internacional, el agente Víctor divisó al entrenador que corría desesperado hacia la entrada principal para abordar el avión. -¡Allí va! Jefe se nos escapa!!!! Inmediatamente abrió la puerta trasera para que el perro saliera - ¡Furia! ¡¡¡Attach!!!! El perro no se hizo rogar, a toda la velocidad que le permitían sus patas corrió hasta el fugitivo; Markus Weiffel huía desesperado tratando de alcanzar la puerta, pero el noble animal lo alcanzó, se abalanzó sobre él y lo tiró, seguidamente se prendió de su cuello hasta que su dueño le diera la orden de soltarlo. Agotados, los dos agentes llegaron hasta donde se encontraban el perro y el criminal, “¡No lo sueltes Furia, ¡bien hecho! –“Comisario Tagle por favor léale los derechos a ese pajarraco” –“Si Sargento, con mucho placer, señor Markus Weiffel, tiene derecho a permanecer callado, todo lo que diga podrá ser utilizado en su contra…..” La labor había terminado, Natasha Klugerman podía descansar en paz.

EPÍLOGO

En la Comandancia, Pinzón hablaba por teléfono con Mónica, se encontrarían el fin de semana para ir a almorzar. Para el sargento habría un nueva oportunidad en su vida -además del ascenso que había ganado con este logro- no dejaría escapar esta vez el chance de poder recuperar el afecto de su hija.

Furia jugaba entretenido con un hueso de plástico, regalo de su dueño, el bravo perro lucía en su cuello una medalla con la siguiente inscripción “A Furia, en reconocimiento a su destacada labor en el departamento de Policía. De sus orgullosos compañeros”.

Ebelim comentaba con Tagle ciertos detalles que surgieron durante la alocada detención. “Pues como te digo, de la telefónica pude averiguar que las llamadas provenían del teléfono de Markus, posiblemente la estaba atemorizando”.

-“Pues así es mi gente, -
se acercó Pinzón- el hombre resultó ser una joyita, tenía malos antecedentes por haber hecho uso inapropiado de las jeringas con ciertos pacientes en un psiquiátrico de donde fue expulsado. La verdad nadie se imaginó que en esa carita de niño bueno podría vivir semejante engendro.”

-Bueno chicos, nos veremos el lunes, cuídense –
dijo Ebelim mientras recogía los papeles del escritorio, ese fin de semana deseaba olvidar toda esa aventura y comenzar el lunes siguiente con renovadas energías. Tomó su bolso y se despidió de todos.

-Epa, epa, ¿por qué te vas tan rápido?, ¿no me dejas que te acompañe a tu casa? Dijo Tagle mientras la seguía hasta el ascensor.

-mmmmmm ¿que me irás a pedir? – “Nada princesa te lo juro, -decía Víctor poniendo cara de inocente- no seas mal pensada, es que solo me decía, ella está sola, yo estoy solo, no hacemos mala combinación.”

-“mmmmm no sé, no sé…. déjame meditarlo, bueno, pero solo hasta mi casa. Ok? –
 le advirtió Ebelim.

-Si bueno, hoy a tu casa, mañana podemos ir al cine, pasado mañana vamos a cenar, sí, sí dime que sí , ¿si? -insistió el agente.

-Hey! No te pongas pesado! Tú no corres, vuelas!

-Pero eso sí, necesitaremos la aprobación de alguien más, -
recordó Tagle- -¿De quién? -

-¡Pues del mejor policía de Puerto León!, ¿no es así Furia? - ¡Guau, Guau, Guau! -
 El perro se acomodó en medio de los dos y subieron al ascensor.

-¡El amor! ¡El amor! Se dijo Pinzón. Apagó las luces del escritorio y salió.


QUERIDA FURIA
GRACIAS POR INSPIRAR ESTE RELATO


GRACIAS JULIO CÉSAR

GRACIAS EBE

GRACIAS PAULI

Pido perdón por los errores que haya cometido en este largo relato, y espero poder perfeccionarme en un futuro.

GERARDO



Cuántos años me acompañaste sin vos saberlo, toda una vida fuiste mi compañero, mi recuerdo, mi ilusión escondida, el amor puro e inmaculado que vivió en mi corazón. Fuiste la primera vez de un sueño; en la escuela te veía desde lejos, esperaba impaciente el recreo para poder encontrarte en el patio, haciéndole bromas a las chicas, e incluso a mí; yo era tan flaquita, pecosa, insignificante, mis piernas eran como palitos, y de allí me bautizaste con ese apodo que me daban ganas de llorar amargamente; cuando me veías tratando de pasar aún más desapercibida, oía tu grito “¡Olivia!” por ese personaje, quería correr, quería estrangularte, e incluso algún “tarado” se me escapaba, a veces cuando regresaba de la salida de clases, con mis compañeras, también sentía que venías detrás con tus amigos, y volvía a oír tu burla hacia mí. Bueno, al menos no me ignorabas. De alguna forma existía para vos.

De mí no sabías nada, ni como me llamaba, ni cuántos años tenía, ni donde vivía, en cambio de vos yo sí, sabía tu nombre y apellido, donde vivías, preguntaba por vos a quien te conociera, por tu vida, lo que hacías, lo que no hacías, si tenías novia, todo para sentirte unido a mí; sé que eras un buen estudiante, un “tragalibros”, no una vaga como yo, que solo vivía pensando en vos; y esa manía que tenías de “quemar” a las chicas en el cole, si lo habré sabido yo…pero en mi cuarto estaba mi mundo, callado, retraído, privado, solo para nosotros dos; que me importaba llevarme unas materias, yo solo quería estar con vos, con esa ilusión de ser tu novia algún día. Mis primeros poemas fueron en tu honor, por esa quimera que me sembraste, no eran pocos y lamento no haberlos conservado; hasta una foto tuya tenía y se la mostraba a mis amigas, las tenía hartas, luego todo el tiempo se lo llevó, con los viajes, con las mudanzas.

No sé porque nunca me atreví a acercarme a hablarte, a decirte algo, te veía venir y me daba terror, escapaba a donde fuera, temerosa de oír ese apodo que me hacía sentir humillada, rechazada; no te imaginabas que mi corazón latía al galope cuando te divisaba, cuando te nombraba, ¡que rabia haber sido tan tímida!, no pude aprender a ser una descarada, a coquetearte; como aquella vez cuando te encontré en el boliche Kalahari, yo sentada tomándome un jugo de durazno (que boba) con las piernas cruzadas, esperando que alguien me sacara a bailar, "planchando" como se decía antes y vos parado adelante mío, sin querer te tambaleaste, te hiciste hacia atrás, chocando con mi zapato, te diste vuelta para ver con quien te habías tropezado, y me viste… por primera vez me miraste seriamente y de tus labios salió un “hola”, ¿será que habías reconocido a tu Olivia? El terror como siempre se adueñó de mí, o la sorpresa de oír tu saludo, no lo sé, solo sé que callé, que el miedo me paralizó y no me atreví a responderte; habré pasado por maleducada, total, la misma estúpida de siempre, que por timidez se dejó vencer ¿Qué habría sucedido entonces si te hubiera respondido? Tenía dieciséis o diecisiete, vos unos veinte, la vida no nos dio oportunidad de averiguarlo.

Tiempo después supe que te fuiste del pueblo a vivir a otra parte, entraste en la milicia, el río Luján te llevó lejos, lejos de mí, creo que volví a divisarte una vez en el terminal de colectivos, fue la última vez…pero mi corazón latió en cuanto te vio, en mi estómago volaron las maripositas de la ilusión, del amor ¿Sabés cuántas veces me imaginé un beso tuyo? Cuántas películas me hice soñándote, llevándome en tus brazos, bailando apretados; solo te quedaste viviendo en mis sueños. Cuando supe que te fuiste una parte mí se fue con vos, quizá no una parte sino lo mejor de mí, la inocencia, la candidez, esa pureza del amor platónico que solo conocí a tu lado. Después no te volví a ver, me fui del país, te borró el tiempo y la distancia de mi vida, pero no de mi recuerdo, allí te eternizaste, de ahí no te arrancó nadie.

La vida es cruel, cínica... Hace poco tuve la sorpresa de encontrar tu foto en internet, en esas páginas de ahora, donde todos se conectan y poco se dicen, la milagrosa cibernética te regresó después de un vendaval de años, te vi abrazado a una chica; sé que eras vos, aunque no el de antes claro, te reconocí por tu pelo peinado hacia atrás, tenías lentes de sol y una larga barba, ¡que lejos había quedado mi chico!, mi Romeo platónico de mis trece hasta los diecisiete años, me hiciste retroceder hasta mi adolescencia, hasta esos días de escuela, creí escuchar que me gritabas “¡Olivia!” y otra vez me dieron ganas de salir corriendo. Guardé tu foto para tenerte conmigo hasta que el tiempo quiera, para enseñársela a mi soledad nada más, te juro que cuando te miro mi corazón da esos saltitos, esos latidos que solo mi Gerardo supo arrancar, porque ahí sigues viviendo con tu cara de niño, en este corazón viejo y arrugado que nadie de verdad amó, este corazón que todavía puede lagrimear por ese muchacho que nunca alcanzó a conquistar.

CRÓNICA DE UNA MUJER ENGAÑADA



Hacía tiempo que lo sabía, demasiado tiempo hacía que se estaba guardando el secreto, que se estaba tragando ese dolor, esa rabia; treinta años no podían pasar en vano, lo conocía más que a ella misma; cada gesto de su rostro, su forma de caminar; de pensar, de estornudar, de callarse, de gritar, cada cana de su cabeza ella se las sabía; en esa rutina de treinta años no había nada de él que no conociera; era el amor de un matrimonio como tantos, que han sobrevivido con alegrías y con penas, viendo crecer a los hijos, a los nietos, pero un amor también gastado por la rutina, por el tedio de verse todos los días, de hablar siempre de lo mismo; por eso, de tanto conocerlo se daba cuenta de que no era el mismo de antes. Cuándo empezó el cambio, hacía unos meses cuando dejó de tocarla, de hacerle el amor; cuando comenzó a evitarla con la mirada, a responderle con evasivas; esas llamadas extrañas, a llegar mas tarde en muchas ocasiones, ella estaba acostada cuando él llegaba pero se hacía la dormida, ya ni siquiera se acurrucaba detrás de ella. ¿Lo estaba perdiendo o ya lo había perdido?

Comenzó a mirarse al espejo, a encontrarse las arrugas, a mirarse los rollos que le sobraban de su vientre, sus senos más caídos; odió al espejo de porquería, odió su cuerpo de vieja cincuentona; lo odió a él y a esa hija de puta que se lo estaba robando. Ahora solo tenía lágrimas para apiadarse de sí misma, quizá era culpa suya también, quizá en algún momento se olvidó de su marido, de su hombre. Empezó a torturarse imaginándolos desnudos, besándose, haciendo el amor, apretó los párpados para olvidar esa imagen asquerosa, después lloró...lloró...lloró...hasta quedarse sin lágrimas.

¿Contarle lo que sospechaba? Nada podía hacer, el miedo de perderlo la paralizaba, antes que nada su matrimonio; tirar por la borda toda una vida de recuerdos, de vivencias, de construir juntos una familia, la casa, tirar todo para que una yegua se lo quede, jamás...cornuda consciente como muchas, pero lo tendría a su lado. ¿Adónde podría ir sin él? No quería ni pensarlo, sin él sería como quedarse sin la mitad de su cuerpo, sin la mitad de su vida, sin la mitad de su alma.

Todo seguiría igual, lo esperaría como siempre a la hora de la comida, lo recibiría con un "hola querido, como te fue hoy" , le alcanzaría el periódico, comentarían las noticias, las novedades del día, hablarían sobre los chicos, en fin, lo de siempre...comiendo en silencio, sin decirse mucho, pero allí lo tendría, frente a ella, junto a ella...disimulando su tragedia de engañada, haciéndose la boluda nada más, pero también odiando su mentira, su hipocresía. ¿Qué más podía hacer?

Lo sintió llegar a la madrugada, entrar en puntillas para no despertarla; sabía de donde venía, demasiados meses ocultando su verdad, solo para ella; tragándose una mentira que tenía nombre, bellos ojos y un cuerpo de veintitantos años; lo sintió sacarse la ropa, meterse entre las sábanas, pero alejado de ella, evitando darle su calor, su tibieza, al otro lado de la cama. Hubiera querido darse vuelta, apretarse a su espalda, sentir su olor, decirle que lo quería, que lo perdonaba. Quizá en la mañana hablarían, le contaría lo que sabía. No...para qué...tal vez lo perdería definitivamente. Se abrazó a la almohada para buscar el sueño, mientras dos lágrimas resbalaron de sus ojos.

IMBORRABLE


Más que nada son sus ojos lo que más recuerdo, no me explico por qué; habiendo pasado un vendaval de años, sus ojos me siguen por donde voy. El color almendrado que resaltaba en su rostro aceitunado, siempre seguirán allí, iluminando su memoria, su recuerdo; aunque de ese recuerdo solo queden cenizas que puede recoger el corazón. Olvidé su voz, sus gestos, bueno quizá no todos, olvidé cuantas veces me hizo el amor, (ayer viendo en la playa una pareja besándose lo recordé, cuando en la arena cierta vez nos amamos), como caminábamos por la calle, mas no podré arrancarme nunca su forma de mirarme, sus ojos al decirme que me quería, o a veces solo al mirarme se cerraban para decirme que me amaba hasta el dolor; sus lágrimas de hombre al decirme adiós por última vez. Pero irónicamente el último instante en que me abrazó, antes de perderlo definitivamente, sus ojos estaban cubiertos por lentes oscuros; quizá era para ocultar el dolor que emanaba, o para que no pudiera leer la verdad: que nunca volvería, que nunca me amó, no querré saberlo jamás.

No podré olvidarlos, en ellos vivía toda la tristeza, todo el pasado que lo atormentaba, todo el amor que quiso darme y no pudo. El tiempo voló tan velozmente, hubiera querido detener ese último día, al lado del ascensor que se lo llevaría para siempre, hubiera querido parar esos segundos y quedarme abrazada junto a él, dándonos el último beso, que el tiempo se detuviera allí con él. Hubiera querido quedarme algo más que con el recuerdo de sus ojos. Odio a veces ese tiempo tan implacable que se lleva tanto, que no deja nada; odio recordarlo y sentir sus ojos en mí como si no me dejara olvidarlo. El tiempo, la vida nunca tienen respuestas, se quedan callados, nunca hay explicación para responder cuando se pierde lo más querido, lo más anhelado. Solo queda burla, frustración.

Fue un amor de esos que pasan por la vida sin dejar rastro, ni dirección, un amor sin huellas para reencontrar su destino. Y hoy que perdí juventud, ilusiones, alegrías, hoy que me dejó la soledad atrapada en esta telaraña de recuerdos, siguen sus ojos atormentándome dentro del alma, persiguiéndome, buscándome a través del tiempo, como suplicándome que los deje aquí… guardados en mi ser, donde siempre se cerrarán para decirme de la tristeza que se fue con ellos...

MONÓLOGO CON LA SOLEDAD


Hablar contigo es hablar conmigo, de estos espacios vacíos entre el aburrimiento, la ansiedad y las horas que se hacen eternas; somos la cara y la contracara de dos que se aman y se odian, cuando te alejas mucho tiempo te extraño, se hace necesario tu silencio, tu imagen invisible que no conozco porque no tiene forma humana, la presiento pegada en las paredes, en la cama, a mi espalda, donde vayan mis pasos; cuando me peino ante el espejo, estás ahí mirándome cínicamente, burlándote de las arrugas que ya no puedo tapar con ninguna crema, de ese cansancio que asoma en mis ojos.

Cuando vuelves te detesto, lucho por arrancarte de mi cuerpo, de mi ropa, de mis zapatos que dejan tu huella también. Desde mis entrañas te llevo pintada de gris, de sombra, agazapada detrás de mis hombros, por si intento escapar de tus garras. ¿Adónde podría ir sin que me siguieras? todas las calles, todos los caminos, hemos andado y desandado, compañeras y enemigas; estoy hablando a solas pero también estás gritando desde el patio que te deje entrar, que son las ocho de la noche, que tú, soledad... irónicamente también te sientes sola.

Monstruo de mil cabezas que devoras los sueños, ahuyentando alegrías, destiñendo albas; dueña de mis miedos, de mis pecados, de mi desesperanza. Soledad milenaria, te parieron los amores imposibles, los recuerdos polvorientos, los versos acumulados en el alma, y las agujas del reloj que avanzan sin perdonar el pasado ni el mañana.

Esta pieza de paredes amarillas, se asemeja a un cuadro de Van Gogh sin girasoles, en la colcha amarilla estás sentada o acostada, dictándome el pensamiento, apoderándote de mi mente, tú inspiras, yo escribo como una autómata este desprecio que te ganas al correr del teclado. Tú tienes lástima de mi orfandad, de estas ganas de patearte, de tirarte por el abismo de una montaña, de ahogarte en una playa; de cuántas formas podría asesinarte... y si te mato volverías a reencarnar en otra como tú.

Porque ahí donde vivas tú estaré yo, ahí donde yo esté, invariablemente tú; a pesar de que me has arrancado tanto, lo mejor que tuve, lo que más anhelaba, el intento por odiarte es más que inútil, porque a pesar de todo te llevaste algún recuerdo más no el olvido. Trajiste un agridulce dolor que bebo con el cáliz de mis derrotas, que se mezcla en mi sangre y vierto entre lágrimas claras y resignadas. Y esos besos que murieron en mi boca, en cada aurora vuelven en rocío de antaño como gotitas de lluvia humedeciendo el papel, la prosa.

Eres definitiva, como la parca que más tarde o más temprano arañará el portal de mi tiempo. Definitiva mas no infinita, allí nos diremos adiós, distintos trenes tomaremos, tú irás a otros brazos desnudos, a otro cuerpo vencido de desamor y fracasos. En esa última estación veré por última vez tu faz esquelética, tus ojos sin pupilas, tus manos de humo y neblina; entraré a otra puerta desconocida, a otra galaxia de sueños, de esperanzas, y definitivamente allí no estarás tú... estarán quizá las respuestas que no sé, esperaré una voz que me guíe, que me anuncie que llegué al puerto final donde la eternidad te habrá vencido, soledad...

LA COARTADA - CAPÍTULO I



Iba a cometer la peor estupidez de su vida, pero esa chica lo tenía loco hacía algún tiempo; estaba seguro que había querido provocarlo; todas las noches, casi a la misma hora, corría las cortinas y comenzaba su ritual de desnudo. Se quitaba la ropa de forma lenta, provocativa, algunas veces se masturbaba un poco, luego pasaba a la ducha, podía ver a través de la puerta corrediza transparente su silueta desnuda que se enjabonaba lentamente todo el cuerpo, haciendo movimientos eróticos; el apagaba las luces cuando sabía que ella entraba, para poder observarla sin ser visto, al menos eso pensaba él. Pegado a la venta sentía correr las gotas de sudor sobre su cara, su miembro se endurecía, seguía el juego de la mujer, acariciándose los senos, los muslos, más al centro... al final no soportaba tanto ardor y se desahogaba frotándose desesperado.

Así comenzó a idear un plan para poder poseerla, sería de él; vivía en el edificio de enfrente, un piso más arriba; la mujer era enfermera, lo sabía porque la veía llegar con su maletín y el guardapolvo blanco entre sus manos; trabajaba en el turno de la mañana en el Hospital Central hasta las siete y algo de la noche; vivía sola, estaba separada, el marido era un cabrón que la había dejado por una mosquita muerta. No entendía como había podido dejar semejante lindura de chica; aunque pasaba los treinta años, volvía loco a cualquier hombre, de tez trigueña, cuerpo escultural. A veces trataba de encontrarle algún defecto pero la veía cada vez más apetecible.

No podía controlarse cuando llegaba la hora de verla a través de su ventana, casi no quería salir, dejaba de lado cualquier compromiso, para estar a su lado desde la oscuridad, y aunque podía buscar cualquier mujer en la calle, para poder quitarse esas ganas insaciables para desahogar su apetito voraz y animal, no lograba que ninguna le atrayera; esa chica se había convertido en su obsesión, y no podría vencerla hasta tenerla con él. Tenía que urdir un plan antes de volverse loco, -serás mía, toda mía...- lo repetía en su mente hasta el cansancio.

Ya sabía la hora que salía y llegaba, su coartada sería que nadie lo viera llegar al edificio de enfrente ni salir del suyo; no tenía ningún vínculo con su vecina, ni siquiera se habían visto por la calle, los datos que sabía era porque alguna vez la siguió hasta el hospital y había averiguado sobre su vida muy discretamente. Se llamaba Erika, Erika que lo trastornaba de solo imaginarla, de solo soñarla metida en la ducha, pasandose el jabón por su piel exquisita, por su vagina, por sus nalgas duras, por sus senos perfectos, redondos, que los devoraba con su mente, - Erika...Erika...Erika... –

Mañana sería el día, en su cabeza comenzó a urdir el plan para llevar a cabo lo que tantas noches lo tenía desvelado, sería de él y cuando lo conociera a ella también le gustaría. Seguro que sí. Estaban hechos el uno para el otro.

Como a las 9 se levantó. Ese día no iría a trabajar, llamó a la compañía para dar parte de enfermo. En su edificio habían dos vigilantes, uno llegaba a las siete de la mañana y se iba a las cuatro de la tarde, el otro llegaba a las cuatro y cuarto y se quedaba toda la noche hasta el otro día en que volvían a cambiar el turno. Debía aprovechar una milésima de segundo para que no lo vieran salir; debería salir de allí a las cuatro y diez y escabullirse inmediatamente. Todo este plan lo tenía algo nervioso pero al mismo tiempo lo excitaba locamente imaginar el momento en que estaría con ella. Luego de salir del edificio debía encontrar la manera de entrar al apartamento de Erika antes de que ésta llegase y la allí la esperaría... "-Nena linda...como te deseo...-"

Las cuatro dieron en su reloj pulsera. Bajó sigilosamente por las escaleras, llevaba lentes oscuros, vio desde lejos al vigilante que estaba preparando sus cosas para irse, cuatro y diez comenzaba a dirigirse a la salida, cuatro y cuarto... el vigilante se fue hacia la puerta... él sin que el otro lo notara se abalanzó hacia la vereda y cruzó hacia el otro edificio ... nadie lo había visto... Respiró fuertemente, la primera parte se había realizado, se dirigió al edificio de Erika. Eran las cuatro y media, aún faltaba para verla, para tocarla, para hacer delicias juntos.

Todo iba perfecto, demasiado perfecto diría él, ya eran las cinco y dos minutos, la mujer llegaría como pasadas las siete, se dirigió a la puerta de entrada, justo cuando salía una vieja llevando con la correa a un chihuahua, el perrito quiso olfatearlo, eso lo puso nervioso...odiaba los perros... Disimuladamente dejó salir a la vieja y pasó, no hubiera querido ningún testigo, pero no había problema. Ya había averiguado cual era el apartamento de Erika, sin levantar sospechas, eran las cinco y media, quedaba como dos horas; subió por las escaleras para no encontrar a alguien en el ascensor, en el corredor del sexto piso no había nadie, solo se oían las voces de los otros apartamentos, niños que lloraban, el ruido fuerte de alguna televisión; caminó despacito hasta el 6-D, miró hacia los lados...nadie...sacó de su bolsillo trasero su tarjeta del banco, ya sabía como hacerlo...entró...

LA COARTADA - CAPITULO II -FINAL



Aún quedaba tiempo, comenzó a echarle un vistazo a todas las cosas que la chica tenía en su apartamento, sus fotos, sus adornos, cada detalle, le gustaba estar allí; luego pasó al lugar que más le interesaba, el cuarto de Erika; no podía encontrar un motivo como había llegado a eso, a obsesionarse así con esta mujer, fue metiéndosele en la cabeza, haciéndole perder la razón, su apetito insaciable por ella no lo dejaba pensar... entró a su cuarto, su cama medio desarreglada, aún conservaba las huellas de su cuerpo, la imaginó allí desnuda, sobre la cama estaban sus bragas, las tomó, las pasó por su nariz, olían a ella...

Erika entró al edificio, solo tenía en su mente entrar en la ducha, hacer su rutina de siempre, aunque esa soledad la estaba matando, extrañaba a su ex, el trabajo del hospital le quitaba mucho tiempo para distraerse; a veces el médico de pediatría la buscaba, algo habían tenido, pero el era casado, no podía prometerle ninguna relación seria. Llamó al ascensor.

Caminó hasta la puerta y metió la llave. Extraño...creía haberla cerrado. Cuando entró no entendía por qué, sintió algo raro, creía haber apagado las luces, raro, muy raro... O estaba tan estresada con ese trabajo, que estaba empezando a tener problemas con su memoria; fue a la cocina, abrió la nevera, tenía hambre, se haría unos sandwiches y con un vaso de leche calmaría su estómago. Pero antes...se metería en la ducha, a relajarse. Comenzó a desabotonarse la blusa mientras se dirigía a su cuarto. Buscó en su gaveta la ropa que pensaba usar, eligió su baby doll negro, era el que mejor le sentaba, pasó al baño para cepillarse un poco, abrió la ducha para que el agua fuera entibiándose, se miró en el espejo, aún se veía bella, con su cabello moreno y ondulante, el cristal comenzaba a empañarse con el vapor, pasó sus manos por el vidrio para mirarse otro poco más y entonces... lo vió...

Justo detrás de ella, vio su cara observándola, quedó perpleja, un frío helado recorrió sus venas, se dio vuelta lentamente tratando de agarrarse a algo, de pensar que podía hacer...

-...que...que...quiere...cómo entró aquí? -

- Hola Erika, tenía tantas ganas de conocerte. Siempre he estado cerca de ti. Perdóname que entré así, no quería asustarte. Vine a saludarte, la puerta estaba abierta y entré. -

- Le daré lo que quiera, pero por favor váyase, no diré nada a nadie. - Erika sabía que no tenía escapatoria. Estaba ante un loco maniático.

- Podemos llegar a conocernos linda, solamente quiero que me des una oportunidad -

Erika trató por todos los medios de pensar en una salida, el hombre alargó las manos para acariciarle el cabello, a pasarle los dedos por el rostro; a la chica le invadió una sensación de asco, de repulsión. -Muñeca no me rechaces, verás que los dos la pasaremos muy bien - En su desesperación Erika decidió seguirle el juego para poder distraerlo, dejó que siguiera acariciándola, mientras con las manos trataba de tantear en la cómoda del toilette para encontrar algo, recordaba que había unas tijeras que había dejado allí. Súbitamente sus manos dieron con ella, en un momento que el hombre intentaba quitarle el sostén, Erika agarró las tijeras e intentó clavárselas, pero su atacante reaccionó más rápido. -Eso estuvo muy mal muñeca, yo quise ser bueno contigo, mejor es que no intentes otra cosa... -

La amordazó con un trapo para que no gritara, ató también sus manos para dejarla inmovilizada y allí sobre la cama la desnudó, y la penetró una, dos, tres, cuatro, cinco, incontables veces con una furia enloquecida, se abalanzó sobre su cuerpo mordiendo sus senos, su cuello. Erika cerró los ojos, mordiendo su boca para soportar el dolor, y el horror de lo que estaba viviendo, no podía creer que esto le estuviera pasando. Sentía el sabor a sangre y las lágrimas que se mezclaban a través de su mordaza. - ¿por qué, por qué Dios mío , por qué? - No sabía cuántas horas habían pasado. No sabía cuántas veces la había violado ese degenerado. Solo sabía que no saldría viva de allí.

- Lo lamento nena, no puedo dejarte ir... sabes demasiado... perdóname - Lo último que Erika vio en vida fue una almohada hundiéndose en su cara.

¿Qué hizo? ¿Qué haría ahora? Fue al baño y vomitó. ¿Hasta dónde lo llevó su obsesión enfermiza? Tenía que salir de allí lo antes posible. Miró su reloj, las tres de la madrugada. No había nada que lo inculpara. Con su pañuelo limpió todo lo que pudiera haber tocado, en el baño, en los muebles, en la puerta, las cortinas permanecían cerradas, se acomodó su camisa y el pantalón, apagó las luces dejó a Erika allí inerte... qué lástima, no hubiera querido tomar esa medida pero la mujer lo había visto, no podía confiarse; apagó las luces, de repente sonó el teléfono, repicó varias veces y entró el mensaje - Eri, soy yo, Amalia, ¿estás en el baño? ¿te acuerdas los libros que te presté de anatomía?, necesito recogerlos, en cuarenta minutos estaré por allí, bye!!!; no perdió más tiempo, se asomó a la puerta, nadie...estaba de suerte... tenía que regresar como había salido, o dar una vuelta por allí hasta esperar que cambiara el turno de los vigilantes. Escogió lo último, caminó sigilosamente por las escaleras y desapareció en la noche.

Se levantó con dolor de cabeza, le parecía que había dormido meses, años, no tenía idea de la hora, solo recordó que era sábado, de repente recordó lo de la noche anterior, abrió los ojos mirando a un punto vacío. Erika...Erika... no estaba más, ¿la habrían encontrado? Se sentó pesadamente sobre la cama, no quería averiguar, seguramente ya estaría la policía haciendo las averiguaciones. Su coartada era perfecta, el había llamado a la oficina para decir que estaba indispuesto, el vigilante lo había visto llegar la noche anterior pero nadie lo había visto salir después. No creía que tuviera que preocuparse, nunca había tenido nexo alguno con esa mujer. Sin embargo desde que despertó sentía una sensación como de que algo se le escapaba. No podía por más que le daba vueltas a su cabeza, ¿qué era? Quizá más tarde lo recordaría. Fue al baño y se metió debajo de la ducha fría para poder quitarse esa pesadez, quizá después que todo aquello se olvidara, pediría unas vacaciones para borrar todo ese asunto de su mente. Aún le daba vueltas a su memoria, se estaba olvidando de algo y no podía recordar...

Decidió más tarde dar una vuelta por el centro, tomaría un café, pero antes iría por el cajero a retirar algo de efectivo, al salir del edificio saludó al vigilante que le respondió con unos "buenos días señor". Se subió a su Chevy azul que tenía en su puesto de estacionamiento guardado. Todo parecía ir normal, miró al edificio de enfrente pero no vio nada anormal, ningún movimiento raro. Tomó por la principal para dirigirse al banco. Se sentía tranquilo, seguro.
Estacionó el auto a pocas cuadras, y caminó hasta el cajero, sacaría lo suficiente para el fin de semana, aún no tenía planificado nada, solo quitarse de su mente lo de la noche anterior; si acaso llegaba algún detective a preguntar por su edificio su coartada lo salvaría. -No hay nada que temer- Llegó al cajero y buscó con su mano derecha como tenía por costumbre su tarjeta en su bolsillo trasero. Nada... tanteó en el otro bolsillo, nada, en su chaqueta, ¡maldición!, ¡la olvidó, pero en qué parte? estaba seguro que la traía... no! no! Entonces ató cabos. Erika! la puerta! estaba perdido.

Una voz resonó detrás de él.

- Sr. David F.? Es Usted David F?

- David se dio vuelta lentamente, un tipo de 1,85 mts. estaba parado detrás de él. Se puso pálido. Tembloroso.

- ¿Acaso es Ud. el dueño de esta tarjeta?

David bajó los ojos, se maldijo, maldijo su olvido, maldijo a Erika, maldijo su mala suerte, maldijo esa tarjeta de mierda, maldijo a ese maldito detective, maldijo su puta vida. Se quedó mirando al vacío. Ya no había coartada...