domingo, 18 de abril de 2010

LA PALABRA MÁGICA




Hablar de la felicidad es de lo que quisiera hoy, esa palabra de la cual todos quisiéramos tener la llave, la clave o lo que fuera preciso para encontrarla; pero en principio ¿que será la felicidad? Si alguien pudiera decírmelo estaría agradecida, muchos la definen como un estado de ánimo, una sensación de bienestar, un premio que nos merecemos en esta vida, y la más importante no tengo dudas, la que Dios nos reserva después de esta vida, la que no tiene comparación con otra, pero a la que nunca estamos demasiado apurados por conocerla, no? Felicidad, un nombre que algunos conocen a lo largo de sus vidas, y otros que nunca sabrán qué es.

Por ejemplo, ¿los niños y las familias de Africa la conocerán?, los pobres de nuestros ranchitos de las montañas en Venezuela, las villas miserias en Argentina y de otros países latinoamericanos sabrán de esa palabra que encierra todo lo más lindo, todo lo que deseamos o soñamos? Los que no tienen familia, ni hogar, o los que están abandonados a su suerte como los viejitos, los niños de la calle, ¿que tipo de felicidad podrán conocer?

El amor de las parejas, siempre se piensa que es la felicidad más deseada y a la que pocos tenemos acceso; el matrimonio con sus altas y bajas, no es tampoco un jardín de rosas, se necesita mucho amor, mucha paciencia y fidelidad para saber llevarlo a través de la vida que Dios les de para disfrutarlo. Supongo que la felicidad del matrimonio deben ser los hijos; como mis padres me enseñaron, son la culminación del amor.

Hoy me invitaron a ir a la playa, la verdad no tenía muchos ánimos, tenía cierto malestar y una tristeza indescriptible por una noticia trágica que sacudió a la sociedad de nuestro pueblo, un muchacho de veinticinco años, hijo de inmigrantes comerciantes libaneses, conocido de mi familia, fue secuestrado hace tres días por motivos que no hay tiempo de relatar aquí, y después de una intensa búsqueda fue encontrado maniatado, amordazado y el cráneo partido a tubazos, una muerte horripilante, la que nos afectó muy cercanamente; no tenía muchos deseos de unirme a las conversaciones.

El mar estaba tranquilo, apacible, el agua tibiecita, ideal para mí que detesto el agua fría, así que me senté en el agua, que estaba clarita, a disfrutar el sol, y los pececitos que se veían en cantidad, y algunos cangrejitos que se escondían debajo de la arena; me gustó esa sensación de sentirme fresca y acompañada por esas criaturitas de la Creación que pasaban entre mis piernas, por ahí sentía algunos mordisquitos en los dedos de los pies, casi creía que jugaban conmigo. Y por momentos sentí esa sensación de un momento feliz, me hizo olvidar por un instante esa tragedia, y ese malestar que tenía por algo que tomé o comí. Y pensé, en mi vida por lo menos esa palabra mágica la he podido apreciar únicamente así, en pequeños momentos. Aun en el agua miré a la bóveda celestial, pasó una bandada de pájaros en formación como un ejercito desfilando desde las alturas, siempre se pueden ver, pero en ese momento quedé maravillada apreciando esas otras criaturas del Creador y me acordé que en ese mismo instante estaban enterrando a ese pobre mártir, que la vida de esos pobres padres no volverá nunca a ser la misma. Quise llorar por ese joven que apenas tuvo tiempo de juntar culpas y pecados en este mundo inmerso en la violencia, en la maldad, donde la vida humana vale menos que la de un perro; una muerte que seguramente no va a tener la justicia que se merece. Hasta hace unos días la vida fue sonrisas y futuro, hoy la muerte les arrebató lo que más querían, ¡y de qué forma!

Me dije, ¿qué felicidad tenemos derecho a soñar cuando hay tantos que pasan por ese y otros tipos de martirio? Disfrutar esos pequeños o grandes momentos que vivimos en familia, con los amigos, con la naturaleza, con nuestra paz interior, alimentar nuestro corazón con amor para los que nos necesiten; esa debería ser la llave mágica para encontrar nuestras pequeñas y grandes alegrías.

Al rato llegó hasta mí uno de los pequeños de la familia, de un año de edad, un masacote de carne y ternura, que se roba siempre los besos y achuchones de todos. Y allí llegó con su sonrisa, con su trajecito de baño minúsculo, con su trabalenguas que solo entiende él, a disfrutar conmigo de los pececitos, y de repente me encontré con la verdad de esa palabra, allí para mí sobre todo, estaba esa sensación, ese bienestar que me hizo borrar toda la tristeza, todo el malestar de mi cuerpo, ese pedacito de cielo, de inocencia, de alegría, para mí ese gordito precioso reunía la felicidad suprema, que sin saberlo me hizo reconciliar con la vida; aunque fue por un ratito que lo disfruté, me dejó el corazón lleno de gozo, y me sentí agradecida de estar viva, de tener la familia que tengo, de poder creer que en algún lugar de ese cielo azul e infinito Dios me tendrá reservado un lugar donde podré conocer la eterna felicidad.

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